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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 88 | Ver Comentario al Salmo 88 |
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Este salmo es una lamentación y no concluye, como suelen acabar los salmos melancólicos, con la menor insinuación de consuelo ni gozo, sino que, de principio a fin, está envuelto en pena y tristeza. El salmista expresa aquí: I. La gran depresión de ánimo que está sufriendo (vv. 3-6). II. La ira de Dios, que es la causa de dicha depresión (vv. 7, 15-17). III. La perversidad de sus enemigos (vv. 8, 18). IV. Su oración a Dios (vv. 1,2,9, 12). V. Las explicaciones que, humilde y reverentemente, pide a Dios (vv.10,12,14). Versículos 1-9 Las primeras palabras del salmo son las únicas que indican un poco de consuelo, pues, antes de comenzar sus quejas, llama a Yahweh «Dios de mi salvación», lo cual insinúa que, por mal que le fuesen las cosas, todavía esperaba de Dios la salvación y dependía de Él como del autor de toda salvación. 1. Vemos primero a un hombre de oración. Su único consuelo es haber orado; pero se queja de que, a pesar de su oración, todavía está en aflicción: «De día he clamado en la noche delante de ti» (lit.); en otras palabras, su clamor diario se prolongaba hasta la noche (v. 1); lo hacía «tendiendo hacia Yahweh sus manos» (v. 9), como quien quería asir de Él con el anhelo de alcanzar su favor y con el temor de no conseguirlo. Y esto, «cada día» (v. 9). A Dios dirigía su oración, y de Él deseaba y esperaba respuesta (v. 2): «Llegue mi oración a tu presencia, para. ser aceptada por ti.» 2. Era un hombre de dolor y pesadumbre; por lo que algunos le hacen aquí tipo de Cristo. Clama: «Mi alma está saturada de males» (v. 3). También Cristo dijo: «Ahora está turbada mi alma» (Jn. 12:27). Y, en su agonía: «Mi alma está abrumada de una tristeza mortal» (Mt. 26:38), como aquí el salmista, pues dice: «Mi vida está al borde del Seo/» (v. 3b). 3. Se consideraba moribundo, como si el corazón se le fuese a quebrar de tristeza (v. 5): «Abandonado entre los muertos, como los pasados a espada que yacen en el sepulcro, de quienes no te acuerdas ya para protegerme ni para proveer para mí. Me has puesto en el hoyo más profundo (lit. v. 6); tanto mi situación, como mi condición y mi ánimo no. pueden estar más bajos; estoy en tinieblas, en los abismos.» De esta forma tan tremenda pueden ser afligidas las buenas personas por efecto de la melancolía y la debilidad de su fe. 4. Lo que le da el mayor motivo de queja es el desagrado de Dios hacia él (v. 7): «.Sobre mí pesa tu ira y (me) oprimen (lit. aprietan hacia abajo) tus olas» (comp. 42:7b). La mano de Dios pesaba fuerte contra él, de forma que estaba a punto de hundirse y desfallecer. 5. Otra circunstancia agravante de sus dolores era que sus amigos le habían abandonado. Cuando estamos afligidos, sirve de algún consuelo tener cerca de nosotros a quienes nos aman y simpatizan con nosotros; pero este buen hombre no gozaba de este consuelo (v. 8): «Has alejado de mí mis conocidos, esto es, mis amigos íntimos; me has puesto por abominación (como un leproso; comp. 31:12) a ellos; no sólo se avergüenzan de mí, sino que tienen asco de mí y me miran, no sólo con menosprecio, sino con aborrecimiento.» 6. Considera su caso sin remedio, deplorable (vv. 8, 9): «Encerrado estoy y no puedo salir, como un prisionero que no tiene escape.» Así que gime diciendo: «Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción; se nota en ellos lo mucho que sufro en cuerpo y alma.» Sin embargo, el llanto no ha de impedir la oración: «Mis ojos enfermaron... pero te invoco, Yahweh, cada día.» Versículos 10-18 1. El salmista pide humildemente alguna explicación a Dios acerca del deplorable estado en que se halla (vv. 10-12); « ¿Obrarás portentos por los muertos, devolviéndoles la vida? ¿Se levantarán los muertos para alabarle? En la mentalidad del Antiguo Testamento, los únicos capaces de alabar a Dios son «los vivientes», es decir, los que viven en este mundo. El salmista acumula todos los epítetos posibles para describir el estado de los difuntos: «sombras» (v. 10b. Lit.); «sepulcro» (hebr. québer) y «tártaro» (hebr. abaddón, lugar de destrucción), en el v. 11; «tinieblas» (hebr. jóshekh) y «tierra del olvido» (v. 12), donde se olvida y se es olvidado. 2. Decide continuar insistentemente en la oración, al ser diferida la liberación (v. 13): «Mas yo a ti he clamado, todavía no estoy muerto, he hallado consuelo en ello y, por tanto, continuaré orando; y de mañana mi oración se presenta delante de ti (lit. sale a tu encuentro).» Insinúa así que se levanta a orar antes que de ordinario, como diciendo: «Mi oración no espera hasta que me vea animado por un comienzo de tu compasión, sino que se anticipa con fe y expectación aun antes de que amanezca.» 3. Pide a Dios explicación por su tardanza en escucharle (v. 14): «¿Por qué, Yahweh, desechas mi alma? ¿Qué es lo que te provoca a tratarme así? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?» Ninguna cosa causa a un hijo de Dios tanto pesar como el que Dios le oculte su rostro, y de ninguna otra cosa tiene tanto miedo como de que Dios le deseche. Cuando se nubla el sol, se oscurece la tierra; pero si el sol dejase de alumbrar del todo ¡en qué calabozo se convertiría la tierra! «Me han abrumado tus (errores», continúa (v. 15b), aludiendo a las aflicciones con que Dios le aterra. De nuevo ve la ira de Dios pasando, como en oleadas, sobre Él (v. 16). Por lo que parece, padece una enfermedad crónica desde la juventud (v. 15). Muchas veces. Dios aflige de esta manera a quienes está preparando para servicios eminentes. Concluye el salmo, repitiendo sus frases melancólicas (v. 18): «Has alejado de mí al amigo (lit. al que ama) y al compañero, y mis amigos íntimos son las tinieblas.» Dice Cohén: «Así termina esta patética historia de agonía, sin expresión alguna de esperanza. No obstante, aunque no se escuche la nota de esperanza en el último versículo, se puede insinuar, en la convicción que corre a lo largo del salmo, que el paciente está todo el tiempo en las manos de Dios. Si Él hirió, también Él puede sanar.»
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