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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 73 | Ver Comentario al Salmo |Salmos 73 -El destino de los malos 1 Ciertamente es bueno Dios para con Israel, ____________________________________________________
Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Este
salmo, así como los diez siguientes, lleva en el título el nombre de Asaf.
Si fue él quien los redactó, con razón se llaman salmos de Asaf. Si fueron
dirigidos a él como a principal director de música del santuario, también
la preposición hebrea admite esta interpretación. Cabe una tercera
alternativa: Asaf pudo ser el compilador de cierto número de himnos, a los
que sus descendientes añadieron otros más. Este salmo nos refiere la grave
tentación que sufrió el salmista al ver la prosperidad de los impíos.
Comienza con un sagrado principio, gracias al cual no perdió pie (v. 1).
Luego nos dice: Versículos 1-14 El salmo comienza de manera abrupta: «Ciertamente es bueno Dios con Israel.» Aunque toda la humanidad recibe muchos beneficios de la munificencia divina (v. Hch. 14:17), hemos de reconocer que es, de manera muy especial, bueno para Israel. El salmista nos refiere luego la tentación de envidia que sufrió al ver la prosperidad de los inicuos. I. En primer lugar, sienta el principio que resolvió adoptar mientras luchaba con la tentación (v. 1). Cuando Job entró en una tentación como ésta, tomó como principio inamovible la omnisciencia de Dios: «Mas Él conoce mi camino» (Job. 23:10). El principio de Jeremías es la justicia de Dios: «Justo eres tú, oh Yahweh, para que yo dispute contigo» (Jer. 12:1). El principio de Habacuc es la santidad de Dios: «Muy limpio eres de ojos para ver el mal» (Hab. 1:13). El del salmista aquí es la bondad de Dios «para con los limpios de corazón» (v. 1b). Los limpios de corazón pueden estar seguros de que, cualesquiera sean las pruebas y tentaciones que sufran, verán el rostro, es decir, el favor de Dios (Mt. 5:8). II. Pasa luego a relatar la sacudida que sufrió su fe en la bondad de Dios hacia Israel, por la fuerte tentación de pensar que los limpios de corazón del pueblo de Israel no son más dichosos que los demás y que Dios parece portarse mejor con los impíos que con ellos. 1. Habla de ello como de un tremendo peligro de ser abatido por dicha tentación (v. 2): «Pero en cuanto a mí», aunque estaba satisfecho con la bondad de Dios hacia Israel, casi se desligaron mis pies; el enemigo estuvo a punto de pisarme los talones. ¿Por qué? «Porque tuve envidia de los arrogantes.» Hay tormentas que ponen a prueba las más fuertes anclas. Muchas almas preciosas que tienen vida eterna estuvieron alguna vez en ese «casi», en el que a duras penas escaparon con vida.
2. La tentación (v. 3b): «Viendo, dice, la prosperidad de
los impíos.» Parece como si no compartieran las angustias y calamidades
comunes de esta vida: «No pasan trabajos como los otros mortales (aun los
más santos y sabios), ni son azotados como los demás hombres (v. 5), sino
que parece como si disfrutaran de un privilegio singular que les exime de la
común suerte de penas y sinsabores. Parecen llevarse la mejor parte de los
consuelos y comodidades de esta vida. Viven tan tranquilamente que /os ojos
se les saltan de gordura» (v. 7). Hay muchos que tienen en sus manos muchos
bienes de este mundo, aunque no tengan en el corazón ningún bien del cielo. Son
impíos y, sin embargo, alcanzaron riquezas (v. 12). Y hasta parecen morir
en paz. Esto es lo primero que menciona, pues es lo que más extraño le resulta
(v. 4): «Porque no hay congojas para su muerte» (lit. según la versión
más probable). No sufren muerte violenta; ni siquiera les aterra su conciencia.
No se puede juzgar de la suerte de los hombres en la otra vida por la forma en
que salgan de esta vida. Hay quienes pueden morir como corderos y tener su lugar
entre los cabritos. Versículos 15-20 Cómo guardó el salmista sus pies de caer. 1. Reacciona a tiempo y se niega a hablar como aquellos del pueblo que habían sido seducidos a echar de sí la religión, vencidos por la misma tentación que a él le había acometido (v. 15). Ganó la victoria gradualmente. Después del primer impacto de la tentación sobre él, frenó su lengua para no hablar como los otros, viendo que, de lo contrario, daría mal ejemplo a quienes le estimaban como a hombre de excelente reputación y, por eso mismo, su mal ejemplo habría causado enorme daño a la fe de sus prójimos. Si había llegado a pensar mal, al menos siguió el consejo de Pr. 30:32: «Pon el dedo sobre tu boca.» Debemos pensar dos veces antes de hablar una vez, ya que, por una parte, hay cosas que se pueden pensar pero no se deben decir; y, por otra parte, los segundos pensamientos pueden corregir los errores de los primeros. Nada hay que cause tanto escándalo a la generación de los hijos de Dios como decir que es en vano servir a Dios. 2. Previo la ruina de los impíos. Al principio le resultó muy laborioso desenredar la madeja de sus pensamientos (v. 16). No acertaba a dar con la solución del problema que la felicidad de los impíos le presentaba. Su razón no alcanzaba a tanto, «hasta que, entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos» (v. 17). En la quietud de la casa de Dios, con los pensamientos que aquel lugar le suscitaba, trayéndole a la memoria porciones de la Santa Biblia que, en lo recio de la tentación, había olvidado, y moviéndole a orar para que Dios le diese luz, comprendió, por fin, que los impíos eran dignos de lástima más que de envidia, pues estaban atesorando ira para el día de la ira (Ro. 2:5). El santuario debe ser el recurso de toda alma que se siente tentada. Todo va bien si termina bien; pero lo que termina mal, nunca ha sido verdadero bien. La prosperidad de los malos es corta e insegura. Los lugares altos en que los pone la Providencia resultan deslizaderos y precipicios hacia una completa ruina (v. 18). Esta ruina es segura, grande, rápida, repentina, total y definitiva (vv. 18, 19): «como sueño del que despierta» (v. 20) ¡qué terrible despertar! Por eso, lejos de ser envidiados, deben ser menospreciados como sombras o fantasmas (v. 20b) que no tienen consistencia y pasan rápidamente (el mismo vocablo de 39:6). Dios los evalúa como lo que son: sombras sin realidad verdadera. Les pasa como al rico necio de Lc. 12:19, 20. Versículos 21-28 III. Se nos refiere ahora el beneficio que el salmista obtuvo de la tentación que había sufrido y que había estado a punto de hacerle caer. 1. Aprendió a pensar humildemente de sí mismo y acusarse ante Dios (vv. 21, 22): «Se llenó de amargura mi alma, y en mi corazón sentía punzadas»; era como la «espina en la carne» de Pablo (2 Co. 12:7). El salmista reconoce que era su ignorancia lo que le había perjudicado (v. 22): «Tan torpe era yo, que no entendía; era como una bestia delante de ti.» Las bestias no alcanzan a ver más allá del breve espacio que contemplan (el suelo que pisan) y del tiempo presente en el que se mueven; nunca llegan a ver lo venidero. Así se ve él. 2. Aprovechó esta oportunidad para reconocer su dependencia de la gracia de Dios (v. 23): «Con todo, yo siempre estoy contigo.» No se siente dejado de la mano de Dios en la tentación, como antes se había imaginado. «Me tomaste de la mano derecha.» No se había dado cuenta antes de que, si los pies casi se le habían deslizado (v. 2), no había llegado a caer porque Dios le sostenía de la mano. Si así somos sostenidos por Dios en nuestra vida espiritual, no tenemos motivos para quejarnos de las tentaciones, como tampoco de las adversidades. 3. Se animó a esperar que el mismo Dios que le había preservado de caer en la tentación, le preservaría también para su reino celestial (2 Ti. 4:18): «Me has guiado según tu consejo (o, tu propósito) y me recibirás después en gloria»; es decir—con la mayor probabilidad— me darás una posición honorable, en lugar de la humillación que ahora sufro de parte de los arrogantes. En efecto —nota del traductor—, como hace notar el Dr. Cohén, el vocablo «gloria» (hebreo, kabod), nunca dice en la Biblia referencia al más allá de la tumba. Por otra parte, el verbo laqaj (v. 68:18) significa primordialmente «tomar», en el sentido de llevar a una persona a su destino, al lugar que se le ha asignado (v. por ej. Gn. 48:1; Ex. 14:6). Entre los muchos modernos que niegan el carácter escatológico de este salmo, está mi antiguo profesor M. García Cordero, famoso escriturista. « El salmista —dice M. Henry— se daba cuenta de que había pagado muy caro seguir sus propios pensamientos durante la tentación y, por tanto, resuelve tomar el consejo de Dios en lo futuro. Si Dios nos conduce por el camino del deber, también nos hará comprender después todas las oscuridades de su providencia que ahora nos dejan perplejos, y nos aliviará del dolor que nos ocasionó alguna fuerte y amenazadora tentación.» 4. Con ello, se sintió avivado para tener una comunión más estrecha con Dios, y se confirmó y consoló en la elección que había hecho (vv. 25, 26). Aquí tenemos el aliento de un alma santificada por Dios y que encuentra en Él su reposo: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?» (v. 25. Lo de «sino a ti» no está en el original, pero se sobreentiende). Escasamente podemos hallar en los salmos otro versículo que mejor exprese los sentimientos devotos de un alma hacia Dios. Sólo Dios puede hacer verdaderamente dichosa a una persona. Como escribe nuestra Teresa de Ávila (más conocida como «Santa Teresa de Jesús»): «Quien a Dios tiene, nada le falta; sólo Dios basta.» Y si eso es así, a Él hemos de acudir. No sólo deben ir a Él nuestros deseos, sino que en Él tienen que terminar, no deseando más que a Dios, pero deseando cada vez más y más de Él: «Estando contigo —añade—, nada me deleita ya en la tierra» (v. 25b); no sólo en los cielos, de los que no hemos visto nada, sino ni aun en la tierra, donde están nuestros parientes y amigos, nuestros negocios y nuestros intereses, hay cosa que nos pueda dar verdadero placer. Es cierto que mis poderes físicos y mentales («mi carne y mi corazón») desfallecen (v. 26) por la edad y por la enfermedad, pero en Dios puedo hallar fuerzas y descanso seguro: «Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre» (v. 26b). 5. Estaba plenamente convencido de la miserable condición de los inicuos. Esto lo había aprendido en el santuario y nunca lo iba a olvidar (v. 27): «Porque, he aquí, los que se alejan de ti, esto es, los que se convierten en extraños para Dios por su maldad, de la que no se arrepienten, perecerán» (hebreo, yobedu; de la misma raíz que el «Aba-dón» = Destrucción, de Ap. 9:11). 6. Estaba muy animado a adherirse a Dios y confiar en Él (v. 28). El acercarnos a Dios es efecto del acercarse Él a nosotros (Ro. 10:20). Es entonces cuando se realiza el feliz encuentro que nos trae la gran bendición. Aquí tenemos una gran verdad: Que es bueno acercarse a Dios, pero es esencial, vital, aplicarlo personalmente: «es bueno para mí» (lit. ó, es mi bien, pues de las dos maneras se puede traducir). Si los malvados, a pesar de toda su prosperidad, han de perecer y ser destruidos, pongamos entonces nuestra confianza solamente en Dios y no en ellos (v. 146:3-5); en Él y no en nuestra prosperidad material; confiemos en Dios y no nos inquietaremos por la prosperidad de los malvados ni les tendremos miedo.
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