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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 66 | Ver Comentario a Salmos |Salmos 66 -Alabanza por los hechos poderosos de Dios-
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Este es un salmo de acción de gracias. Se invita aquí a todos a alabar a Dios: I. Por las pruebas generales de
su poder soberano en toda la creación (vv. 8-12). Versículos 1-7 1. En estos versículos, el salmista convoca a todos los pueblos a alabar a Dios (v. 1): «Aclamad a Dios toda la tierra.» (A) Esto indica la gloria que se debe a Dios porque es bueno para todos (145:9). (B) El deber del hombre de alabar a Dios; esto es parte de la ley de la creación y, por tanto, se exige a todas las criaturas. (C) Es también una predicción de la conversión de los gentiles a la fe de Cristo; llegará el día en que todos los países de la tierra alabarán al Dios verdadero. (D) El salmista quiere ser pródigo en alabar a Dios y desea que paguen a Dios el tributo de adoración todas las naciones de la tierra y no sólo la tierra de Israel. Hemos de ser fervientes y celosos en publicar las alabanzas de Dios como quienes no se avergüenzan de su Maestro. Esto se implica en el verbo que indica alabar con clamor, con gritos de júbilo. 2. Había convocado a toda la tierra a aclamar a Dios (v. 1) y ahora predice (v. 4) que lo harán: «Toda la tierra te adorará. » Le cantarán y salmodiarán a su nombre, es decir, a Él. Dice a su nombre porque nada podemos añadir a la gloria esencial de Dios, sino sólo a su gloria externa, a la declaración de su gloria por la que Él se da a conocer. 3. Se nos invita después (v. 5) a venir y ver las obras de Dios, pues ellas mismas le alaban, lo hagamos nosotros o no; y la razón por la que no le alabamos más y mejor es porque no observamos dichas obras con la debida atención y el espíritu apropiado. Veamos, pues, las obras de Dios, y hablemos de ellas no sólo a otros, sino también a Él (v. 3): «Decid a Dios: ¡Cuán pavorosas son tus obras!» (lit.). (A) Las obras de Dios son tan portentosas en sí mismas que infunden pavor, un asombro profundo y religioso; y así habría que considerarlas. Uno de nuestros deberes primordiales para con Dios es un temor reverencial a su Providencia. (B) Esas obras infunden también pavor, con frecuencia, a los enemigos de Dios, forzándolos a someterse a El: «Por la grandeza de tu poder se someterán a Ti tus enemigos» (v. 3b); es decir, se verán obligados, de grado o por fuerza, a hacer las paces con Dios bajo las condiciones que Él imponga. (C) Esas obras son beneficiosas para el pueblo de Dios (v. 6). Cuando Israel salió de Egipto, Dios convirtió el mar en tierra seca delante de ellos, lo cual les animó a marchar por el desierto bajo la conducción y guía de Dios; y, cuando entraron en Canaán, para darles ánimo en las guerras que se avecinaban, dividió delante de ellos las aguas del Jordán, y por el río pasaron a pie seco. Los gozos de nuestros padres son también nuestros, y debemos considerarnos partícipes de ellos juntamente con nuestros antepasados. (D) Con sus obras portentosas, Dios se enseñorea de las naciones (hay quienes aplican el versículo 7 a la época de los Jueces-nota del traductor-): «Él señorea con su poder para siempre; sus ojos atalayan sobre las naciones. » Su brazo se impone sobre todos, por lo que el salmista está seguro de que los rebeldes no levantarán cabeza (v. 7c). Esta frase podría traducirse también, y quizá mejor, en imperativo: « ¡No se enaltezcan los rebeldes!», los que desafían a Dios como Senaquerib (Is. 37:23). Versículos 8-12 Dos razones se nos dan aquí por las que deberíamos bendecir a Dios: 1. La protección que ordinariamente nos dispensa a todos (v. 9): Él es quien preservó la vida a nuestra alma, es decir, a nuestra persona, y no permitió que nuestros pies resbalasen. Él nos dio el ser y nos lo conserva por un acto constante de su poder creador. No es la existencia, sino la felicidad, lo que merece el nombre de vida. 2. La especial liberación de grandes apuros y angustias. Vemos: (A) Cuán graves eran esos apuros (vv. 11, 12). No se dice expresamente cuál es el apuro al que el salmista se refiere, pero es probable que aluda a la invasión de Senaquerib: «Nos metiste en la red, como una prisión merecida por nuestros pecados, pusiste sobre nuestros lomos pesada carga, un peso que nos aplastaba. » Y ¿hay algo tan peligroso como el fuego y el agua? «Pasamos por el fuego y por el agua», que son siempre símbolo de serios peligros (v. Is. 43:2). ¿Cuál fue este peligro? Lo dice en la frase precedente (v. 12a): «Hiciste cabalgar a hombres (lit. al hombre, al mortal débil y vulgar-hebreo, enosh-) sobre nuestra cabeza», lo cual es imagen del soldado caído en el campo de batalla, mientras caballos y jinetes pasan sobre él atropellándolo. (B) Cuán bondadoso fue el designio de Dios al sacarlos de tal peligro (v. 10): «Tú nos probaste, oh Dios; nos refinaste como se afina la plata.» Por medio de las aflicciones, somos probados como la plata y el oro en el crisol. Las gracias que Dios nos otorga, al ser ejercitadas con la prueba, se vuelven más fuertes y activas, y así podemos mejorar nuestro carácter como se mejora la plata cuando es refinada al fuego y se ve libre de la escoria; esto nos será de gran beneficio, pues así somos hechos partícipes de la santidad de Dios (He. 12:10). (C) Cuán glorioso fue el resultado; las aflicciones y angustias de la Iglesia terminan bien, «Pasamos por el fuego y el agua; pasamos, no nos quedamos allí, no perecimos en las llamas ni en la inundación. » Por grandes que sean las tribulaciones de los santos, bendito sea Dios de que hay una salida: «Pero nos sacaste a abundancia, en contraste con las privaciones que habíamos sufrido. » Versículos 13-20 Después de haber exhortado a todos a bendecir a Dios, el salmista se exhorta ahora a sí mismo: 1. En sus devociones para con Dios (vv. 13-15), (A) mediante sacrificios costosos (v. 13): «Entraré en tu casa con holocaustos. » Quiere que sus sacrificios sean ofrecidos en público y en el lugar destinado por Dios. Cristo es nuestro templo, al que hemos de llevar nuestros dones espirituales para que Él los santifique. Los sacrificios que el salmista promete son los mejores, los holocaustos, en los que la víctima era completamente consumida sobre el altar, y de los mejores animales (v. 15), de animales engordados... con sahumerio de carneros; es decir, con el olor suave, agradable, del incienso añadido en la combustión del animal. El incienso simboliza aquí la intercesión de Cristo, sin la cual lo mejor y más engordado de nuestros sacrificios no sería aceptado por Dios. (B) Mediante el cumplimiento concienzudo de sus votos. Esta era la resolución del salmista (vv. 13, 14): «Te cumpliré mis votos, los que pronunciaron mis labios y profirió mi boca, cuando estaba angustiado» (nota del traductor: Hay quienes opinan que estas frases aluden a la enfermedad y recuperación del rey Ezequías). 2. En las declaraciones a sus amigos (v. 16). Convoca a todos los temerosos de Dios a que vengan a escuchar el gran favor que Dios le ha dispensado: «Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma», es decir, a mi vida cuando estaba en peligro. ¿Y qué es lo que Dios había hecho por su alma? (A) Le había infundido amor a la oración y, mediante su gracia, le había ensanchado el corazón para el ejercicio de ese deber (v. 17): «A Él clamé con mi boca. » Dios nos ha dado permiso y mandato para orar, así como ánimos y corazón parar orar. Clamando a Dios, le enaltecemos de veras, pues se complace y se siente honrado con las humildes plegarias de los suyos. Al mismo tiempo que procuramos nuestro bienestar verdadero, estamos procurando su gloria (v. 17b): «Y fue ensalzado con mi lengua.» El original dice literalmente: «Y había alta alabanza bajo mi lengua»; es decir, estaba considerando con mi mente cómo ensalzar y engrandecer su nombre. Cuando tenemos oración en la boca, debemos tener alabanza en el corazón. (B) Había operado en él un gran miedo al pecado como a un enemigo de la oración (v. 18): «Si en mi corazón hubiese acariciado yo la iniquidad, el Señor no me habría escuchado»; esto es, «si yo hubiese amado el pecado y me hubiese permitido cometerlo, Dios no escucharía mi oración ni podría yo esperar respuesta de paz en ella. » (C) Le había concedido benignamente respuesta de paz a sus oraciones (v. 19). Al escuchar Dios su oración, le dio una señal de su favor. Por eso concluye (v. 20): «Bendito sea Dios. » Lo que obtenemos mediante la oración, hemos de llevarlo con alabanza y gratitud. Y para que nadie pensara que le fue otorgada la liberación en consideración a algún valor o mérito que tuviese su oración, lo atribuye todo a la misericordia de Dios, como diciendo: « No fue mi oración la que me obtuvo la liberación, sino la misericordia de Dios, que no me fue retirada. »
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