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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 58 | Ver Comentario a Salmos 58 |
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Hay quienes opinan que Saúl, antes de comenzar a perseguir a David por la fuerza de las armas, le formó proceso por curso legal, en el que David fue condenado por traidor sin ser oído, y proclamado por el gran concejo como «lobo fuera de ley», a quien cualquiera podía matar y nadie debía proteger. En este caso, se comprende bien la vehemente invectiva de David contra los jueces inicuos. Sin embargo, no hace falta recurrir a tal conjetura para comprender la indignación de David en este salmo. Aquí David: I. Describe el pecado de los jueces (vv. 1-5). II. Impreca y predice su ruina (vv. 6-9), la que había de redundar. 1. En consuelo de los santos (v. 10) y 2. En gloria de Dios (v. 11). Versículos 1-5 De dos cargos culpa aquí David a los jueces inicuos: 1. De corrupción en su gobierno. Formaban un gremio, por lo que podía esperarse de ellos que no fuesen capaces de aceptar soborno; con todo, parece ser que sí lo eran, puesto que el hijo de Cis podía hacer por ellos lo que no pudo el hijo de Isay (1 S. 22:7). A estos jueces que así abusaban del derecho y oprimían a los inocentes, se dirige David aquí (v. 1): «¿De verdad pronunciáis justicia, oh dioses?» (lit.). Los llama «dioses» -nota del traductor (v. Jn. 10:34, comp. con 82:6)- por la facultad de juzgar, autoridad delegada del único que puede juzgar: Dios (comp. Mt. 7:1). No obstante, el vocablo hebreo elem es oscuro, y ya Kimchi lo tradujo por «compañía». Tendríamos así el «gremio de justicia», al que parece aludir M. Henry. Cualquiera sea la traducción, vale la invectiva de David, como diciendo: «No, no juzgáis con justicia; vuestra conciencia misma os está gritando que no respondéis a la confianza que en vosotros se ha depositado como magistrados de la nación, pues (v. 2) de corazón maquináis iniquidades; hacéis pesar la violencia de vuestras manos en la tierra. » Cuanto más empeñado está el corazón en una acción mala, tanto mayor es la maldad de tal acción (Ec. 8:11). ¿Y cuál era esa maldad? Que empleaban la balanza de la justicia, que tiene que ser una balanza justa (comp. Job. 31:6), para hacer que la violencia tuviese mayor peso que la equidad. Lo hacían en balanza falsa, pero bajo color de justicia, que es aún peor. 2. De corrupción en su naturaleza. Ésta era la raíz de amargura de la que brotaba la hiel y el ajenjo (v. 3): «Torcidos están los impíos desde la matriz (lit. enajenados); enajenados de la vida de Dios (Ef. 4:18), y de sus principios, poderes y goces. Bien se les llama torcidos desde la matriz, de nacimiento; por lo que no se puede esperar de ellos otra cosa sino el que obren traicioneramente (1s. 48:8). Se extravían de Dios tan pronto como nacen (es decir, tan pronto como pueden); la insensatez que está ligada al corazón de ellos aparece con el primer funcionamiento de su razón. Tres ejemplos se dan aquí de la corrupción de su naturaleza: (A) Falsedad. Pronto aprenden a decir mentiras y, para ello, doblan sus lenguas como sus arcos (v. Jer. 9:3). (B) Mala intención. Su veneno (su mala voluntad) es como veneno de serpiente (v. 4), el cual nace con la serpiente misma y no puede menos de hacer daño, de lo cual no cabe curación: ni la serpiente puede ser sanada de él ni los que son mordidos por ella. (C) Mala conciencia. De la misma manera que el áspid se hace el sordo a las artes del encantador (vv. 4, 5), así estos jueces inicuos se hacen el sordo a la voz de la conciencia hasta que la tienen cauterizada (1 Ti. 4:2), es decir, insensible. Acerca de esta clase de áspid sordo hay una leyenda según la cual, cuando mediante la música u otro modo de encantamiento, se trata de hacerlo inofensivo, pega un oído al suelo y se tapa el otro con la cola, con lo que ya no puede oír la voz del encantador y así hace fracasar la intención de dominarlo. Versículos 6-11 En estos versículos tenemos: 1. Las oraciones de David contra sus enemigos, que son los enemigos de Dios y de su pueblo. (A) Ora que queden incapacitados para obrar más mal (v. 6): «Oh Dios, rompe sus dientes en sus bocas.» No precisa mente para que no coman, sino para que no devoren a otros (3:7). No pide que les rompa el cuello, sino los dientes; que vivan y se arrepientan, pero que no puedan hacer daño a otros. (B) Ora que fracasen los planes de ellos (v. 7): «Cuando disparen sus saetas, sean hechas pedazos» (ésta es la traducción más probable). No pide que se vuelvan contra ellos, sino que se conforma con que no den en el blanco. (C) Ora que ellos y sus afanes y negocios paren en nada: «Sean como aguas que se escurren y se quedan en nada durante la estación seca (v. 7), como la babosa que se deslíe (v. 8), aludiendo a la creencia popular de que el rastro que deja la babosa (o limaco) es la disolución de su propia sustancia; y como el feto abortivo (v. 8b). 2. David predice luego la ruina de sus enemigos (v. 9): «Antes que vuestras ollas sientan la llama de los espinos, verdes o quemados, que los arrebate la tempestad», dice aludiendo a lo que suele suceder en el desierto cuando un viajero, como dice el dr. Cohen, recoge espinos como combustible con el que cocer su comida, pero surge de repente un ventarrón que los esparce antes de que ardan lo suficiente. Del mismo modo pide David que los juicios de Dios sorprendan a los impíos en medio de su jolgorio. Dos cosas se promete el salmista como efecto de la destrucción de los malvados: (A) Que los santos se animen con ello (v. 10): «Se alegrará el justo cuando vea la venganza» (lit.), esto es, el castigo de Dios. La prosperidad y el éxito de los impíos son desaliento para los justos, les entristecen el corazón y, a veces, son una fuerte tentación pues les hace dudar del fundamento en que se apoyan (73:2, 13). Pero cuando ven el castigo de Dios, se alegran al ver confirmada su fe en la providencia de Dios y en la justicia con que gobierna el mundo. (B) Que los pecadores queden convictos y convertidos con ello (v. 11): «Entonces dirán los hombres (hebreo, adam =1a humanidad en general): Ciertamente hay galardón para el justo. » No cabe duda de que muchos lo dirán con plena convicción, pues, en contraste con los jueces inicuos, los hombres declararán que «hay un Dios que juzga en la tierra». No es un hombre, por poderoso que sea, no es un héroe de leyenda, no es un ángel, sino el Dios Todopoderoso y Justo quien juzga en el mundo. Nota del traductor: En la última línea del salmo tenemos el hecho extraño, insólito, de un participio en plural (shofetim = que juzgan), concertando con Elohim = Dios. El propio rabino dr. Cohen hace notar lo «insólito» del caso. Sin forzar la máquina, y supuesta la revelación del Nuevo Testamento, podemos compararlo con Jn. 5:22; 16:8, con lo que tenemos tres que juzgan.
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