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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 42 | Ver Comentario al Salmo |Salmos 42 (RV60)-Mi alma tiene sed de Dios. 1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." Si el libro de
los Salmos es, como algunos lo han descrito, un espejo de piadosos y
devotos afectos, este salmo merece, de manera especial, tal definición.
Deseos ardientes, santas esperanzas, temores reverentes, gozos y pesares,
se hallan aquí en contraste y hasta en conflicto, pero el sentimiento que
sale vencedor es la confianza plena en Dios. Podemos decir igualmente que
el conflicto es entre el sentido y la fe, poniendo el sentido la objeción,
y la fe la respuesta. Versículos 1-5 I. Un santo amor sediento, amor con alas, elevándose rápidamente al Cielo en santos deseos hacia el Señor y hacia el recuerdo de su nombre (vv. 1, 2): «Mi alma jadea, tiene sed de Dios, de nada menos que de Dios, pero más y más de El.» 1. Así expresa el autor del salmo su vehemente deseo de Dios, como lo hacía David cuando se veía privado de las oportunidades de acudir a la presencia de Dios en el santuario, allá junto al Jordán. Nótese que, a menudo, Dios nos enseña el valor de sus mercedes mediante la falta de ellas, y estimula el apetito de los medios de gracia acortando las posibilidades de disfrutar de ellos. 2. ¿Por qué va jadeante y de qué tiene sed? Busca jadeante a Dios, tiene sed de Dios, no del culto de Dios, sino del Dios del culto. Las almas que de veras viven no pueden hallar descanso en ninguna otra cosa, sino sólo en Dios (v. 2b): ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios? Quiere presentarse delante de Dios, como el siervo delante del amo. Ir a la presencia de Dios es el deseo del justo, tanto como el temor del malvado. 3. El grado de este deseo es mucho más alto que el que tenía David del agua del pozo de Belén. Lo compara al jadear de un ciervo; o, más bien, de una cierva, pues el verbo está en forma femenina y, como comenta Arconada, «se ha dicho que la cierva, cuando cría, tiene más sed que el ciervo>). La sed de la cierva se aumenta cuando corre presurosa huyendo de los cazadores, como parece indicarse en este caso. II. Un santo amor en lamento por la aparente retirada de Dios (v. 3): «Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche durante esta forzada ausencia del santuario de Dios. » Incluso el regio profeta era un plañidero profeta cuando echaba de menos el consuelo de la casa de Dios. No tenía otro apetito que las lágrimas, ya que se le había ido el apetito de todo alimento. Los enemigos le gastaban bromas todos los días, pues le preguntaban (v. 3b): ¿Dónde está tu Dios? Como estaba ausente del santuario, daban por sentado que había perdido a su Dios. Se equivocan los que piensan que, al robarnos nuestras Biblias, privarnos de nuestros ministros e impedirnos reunirnos en asamblea con otros hermanos, nos han privado de nuestro Dios. Sabemos dónde está Dios y dónde podemos hallarlo, aun en el caso de que no sepamos dónde se halla su arca ni dónde poder hallarla. Dondequiera estemos, hay un camino que lleva derechamente al Cielo. Al no presentarse inmediatamente Dios a librar al autor del salmo, sus enemigos concluían que Dios le había abandonado. Pero también en esto se equivocaban. El hecho de que un creyente haya perdido a todos los demás amigos no significa que haya perdido a su Dios. No obstante, con este concepto tan bajo de Dios y de los suyos, no hacían más que añadir aflicción al afligido. A un alma devota, nada le produce mayor pesar que el intento de sacudir la confianza que tiene en Dios. El salmista, en su forzado destierro del santuario, recuerda los días en que iba con la multitud, conduciéndola a la casa de Dios entre voces de alegría y alabanza (v. 4). Todas las circunstancias que antaño añadían gozo a la solemnidad le causaban ahora mayor pena al estar impedido de ir al santuario. III. Un santo amor con esperanza (v. 5): ¿Por qué te abates, alma mía, y te turbas dentro de mí? Aunque su gran pesar no era sin motivo, no por eso estaba bien que se excediera y no guardase los límites debidos hasta el punto de abatir completamente su ánimo. Mediante una figura literaria, entabla diálogo con su propio corazón, preguntándose, para alivio propio, por la causa de tal desasosiego. Nuestras inquietudes se desvanecerían, en la mayoría de los casos, si escudriñásemos a fondo en los motivos que tenemos para estar intranquilos: « ¿Por qué estoy abatido? ¿Hay algún motivo verdaderamente inquietante? ¿No tienen otros mayores motivos y, sin embargo, no hacen tantos aspavientos? ¿Acaso no tenemos motivos, en toda ocasión, para estar animados?» Una fe confiada en Dios es un soberano antídoto contra toda depresión de ánimo y desconfianza en la Providencia. Por consiguiente, cuando nos regañamos a nosotros mismos por nuestras depresiones, hemos de animarnos a esperar en Dios; cuando un alma se abraza a sí misma, se hunde; en cambio, cuando se ase del poder y de las promesas de Dios, conserva la cabeza encima del agua. Espera en Dios, porque aún he de alabarle (v. 5b); experimentaré tal cambio en mi espíritu, que no me faltará corazón para alabar a Dios. Versículos 6-11 Las quejas y los consuelos se turnan aquí, como el día y la noche en el curso de la naturaleza. 1. Se queja el salmista de la depresión de su espíritu, pero se consuela con el pensamiento de Dios (v. 6). Tenía el alma abatida y va a decírselo a Dios: Dios mío, mi alma está abatida en mí. Había recordado con frecuencia a Dios, y eso le había consolado; por eso, recurre ahora al mismo expediente. Se halla ahora en la tierra del Jordán, etc. Pero, adondequiera iba, su devoción a Dios iba con él. Se acordaba de Dios en todos aquellos lugares y a El levantaba el corazón, para mantener una secreta comunión con El. Ni la distancia ni el tiempo le hacía olvidar lo que tan íntimamente llevaba en el corazón. 2. Se queja de las señales del desagrado de Dios hacia él, pero se consuela con la esperanza de que Dios le devuelva su favor a su debido tiempo. (A) Veía que sus aflicciones provenían de la ira de Dios, y eso le desanimaba (v. 7): «Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas.» El escenario en el que se movía le sugería poderosamente la magnitud de la tribulación que le aquejaba. El deshielo repentino de las alturas del Hermón producía enormes aludes de nieve que descendían con estrépito de truenos. Todo este despliegue de las fuerzas de la naturaleza le hacía pensar en el alud de la presente tribulación que le abrumaba. Que no se extrañen las almas piadosas cuando son ejercitadas por Dios con diversas pruebas y tribulaciones. Dios sabe muy bien lo que hace, y ellas lo sabrán también después. (B) Esperaba que su liberación vendría por obra de la misericordia de Dios (v. 8): «Pero de día mandará Yahweh su misericordia. » Después de la tempestad vendrá la calma, y la perspectiva de ésta le sostenía cuando un abismo llamaba a otro abismo en prolongado eco. Ve el favor de Dios como la fuente de todo el bien por el que suspiraba No dice el texto que Yahweh enviará su misericordia, sino que la mandará, es decir, le dará orden de que acuda en socorro del salmista. Es una orden libre, pero soberana, de Dios. No podemos pretender que la merecemos, sino que se nos otorga por pura gracia de la regia soberanía de Dios. Al ordenar a su misericordia que acuda en ayuda del salmista, ordena Dios también a las olas y a las ondas del versículo 7 que cedan y se apacigüen. Esto lo hará Dios de día, pues la misericordia de Dios hará alborear el día en el alma a cualquier hora. Pero también por la noche estará con él el cántico de Dios, y con Dios la oración del salmista; se cierra así continuamente el circuito espiritual entre Dios y el alma devota. Llama a Yahweh «el Dios de mi vida», pues en El vivimos, y nos movemos y existimos (Hch. 17:25, 28). Así que, ¿a quién acudir en oración, sino a El? 3. Se queja de la insolencia de sus enemigos, pero se consuela en que Dios es su amigo (vv. 9-1 1). No prorrumpe en expresiones irreverentes, sino que derrama sus lágrimas en silencio, y por esto no podemos hacerle ningún reproche; es un hombre amante de su país y de su Dios, y se ve forzado al destierro de su patria y del santuario; perseguido como si fuese un enemigo de ambos. Pero de nuevo vuelve el salmista a recordarse a sí mismo que no tiene motivos para seguir abatido (v. 11). Podemos quejamos a Dios, pero no podemos quejamos de Dios. Repite el reproche que le hacían sus enemigos para desanimarle y hacerle perder la confianza en Dios (v. 10), pero su consuelo está en que Dios es su roca (v. 9), una roca donde edificar y donde refugiarse. A esta roca podía apelar, seguro de alcanzar audiencia. Por eso repite lo que había dicho en el versículo 5, y concluye con lo mismo (v. 11). Su fe sale vencedora y obliga a sus enemigos a abandonar el campo de batalla. Gana la victoria repitiendo lo que había dicho antes, regañándose a sí mismo por su depresión y animándose a confiar totalmente en el nombre de su Dios. De mucho nos servirá pensar una y otra vez nuestros buenos pensamientos y, si no alcanzamos a la primera lo que deseamos, quizá lo conseguiremos a la segunda.
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