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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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Comentario a Salmos 36 | Ver Comentario al Salmo 36 |
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Tomado de "Comentario Exegético-Devocional A Toda La Biblia." I. La pecaminosidad del pecado y los daños que causa (vv. 1-4). II. La bondad de Dios y su inclinación a favorecer: 1. A todas sus criaturas en genera (vv. 5, 6); 2. De manera especial, a su pueblo (vv. 7-9). III. Con esto, se anima el salmista a orar por todos los santos (V.10), por sí mismo en particular (v.11) y para conseguir la victoria sobre sus (v. 12). Si, al cantar este salmo, se enfervoriza nuestro corazón ene1 amor a Dios y el odio al pecado, lo cantaremos con gracia y entendimiento.Versículos 1-4 En el título del salmo, David es llamado «e/siervo de Yahweh», esto es, alguien llamado, y comprometido, a obedecer en todo a Dios, en contraste con los impíos, que se rebelan contra la santa voluntad de Dios. En estos versículos, David expone la raíz y los frutos de la impiedad. 1. Aquí tenemos la raíz de amargura, de la que brota toda maldad de los impíos (v. 1): «La transgresión dice (como un «oráculo», según el hebreo) al impío dentro de su corazón (hebr. libó, mejor que libí = mi corazón): No hay por qué tener miedo (hebr. pajad) a Dios delante de sus ojos» (Esta es la única traducción, con algún sentido, de este difícil versículo —nota del traductor. Comp. con 14:1; 53:1). Toda maldad dimana de cierto «ateísmo práctico», según la táctica del avestruz. El impío se lisonjea (v. 2) con el pensamiento de que su iniquidad no será hallada. Esto le lleva a una tremenda inversión en la forma de ver las situaciones y las cosas: Al pecar, piensa que actúa sabiamente y a su favor, sin acertar a ver (pues, en el fondo, no quiere) el mal y el peligro de sus malvadas obras; llama «mal» al bien y «bien» al mal (v.Is. 5:20); llama «libertad» a su libertinaje; «astucia», a sus fraudes; «justicia», a la persecución que emprende contra los buenos. Pero día llegará en que su iniquidad será hallada (contra lo que él piensa —v. 2). 2. Tenemos también aquí las ramas malditas que brotan de esa raíz de amargura. El pecador desafía a Dios (v. 3): «Las palabras de su boca son iniquidad y fraude, decidido como está a obrar el mal, aun cuando intente cubrirlo bajo capa de pretextos aparentemente plausibles. Se han extinguido las chispas de virtud, se han derrumbado sus mal cimentadas convicciones y los buenos comienzos han quedado en nada: «Ha renunciado a ser cuerdo y hacer el bien. Maquina maldad sobre su cama» (vv. 3, 4). Quienes cesan de hacer el bien, pronto comienzan a practicar el mal. Y al obrar ellos mismos el mal, no les desagrada en modo alguno el verlo en otros: «No aborrece el mal» (v. 4b), sino que, por el contrario, se agrada en él y se queda satisfecho cuando ve a otros tan malos como él. Versículos 5-12 Después de mirar en derredor suyo con la pena que causa el ver la maldad de los impíos, David mira ahora hacia arriba con el gozo y el consuelo que produce el ver la bondad de Dios. I. Sus meditaciones sobre la gracia de Dios. 1. Las transcendentes perfecciones de la naturaleza divina (v. 5):« Yahweh, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes.» Por malo que el mundo sea, nunca pensemos mal de Dios ni de su providencia, sino aprovechemos la oportunidad de admirar la paciencia de Dios en soportar a cuantos le provocan tan desvergonzadamente con sus maldades; más aún, en hacerles el bien, puesto que «hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt. 5:45). Su amor misericordioso es siempre fiel, y su fidelidad es siempre amorosa, como lo manifiesta el repetido binomio «jesed veemet» = misericordia y verdad, o «jesed veemunah» = misericordia y fidelidad, como es el caso aquí, y que corresponden al binomio «gracia y verdad» de Jn. 1:14, etc. La misericordia de Dios llega tan alto que no le alcanzan los cambios atmosféricos (y aun lo de «nubes» podría traducirse como «firmamento» o «cielo empíreo»). La justicia de Dios (v. 6) es como los montes de Dios (expresión superlativa) y sus juicios, esto es, los castigos que impone su justicia vindicativa, son como el gran abismo (el mismo vocablo hebreo de Gn. 1:2), fijos e inescrutables, sobre los cuales no puede extenderse la corta plomada de nuestra débil inteligencia. 2 El cuidado y la beneficencia universales de la providencia de Dios (v. 6b): «Oh Yahweh, a hombres y animales socorres.» No solamente les proteges de todo mal, sino que les proporcionas cuanto es menester para el sostenimiento de su vida. 3. El especial favor que Dios dispensa a su pueblo: (A) Su carácter (v. 7): Son aquellos a quienes de tal manera atrae la misericordia preciosa de Dios, que acuden presurosos a ampararse bajo la sombra de sus alas (comp. con Rut 2:12). (B) Su privilegio (v. 8): «Serán completamente saciados de la abundancia (lit, grasa) de tu casa. » Sus necesidades quedan satisfechas; sus deseos, cumplidos; sus capacidades, llenadas. En el Dios Todo-suficiente tendrán siempre bastante: todo cuanto pueda desear o recibir un alma iluminada y ensanchada. Un alma santa, aun cuando siempre desee más de Dios, nunca desea más que a Dios «Todo lo he recibido y tengo abundancia», dice Pablo (Fil. 4:18). Su gozo será perfecto y constante (v. 8b): « Y tú los abrevarás del torrente de tus delicias.» Los llama «tus delicias», no sólo porque vienen de él como de su fuente, sino también porque terminan en él como en su centro o meta. De esas delicias hay un torrente de aguas vivas, siempre lleno, siempre fluyente, porque lleva dentro de sí mismo el manantial (comp. con Jn. 7:37-39). Los placeres de los sentidos son como agua fétida de estanque putrefacto; los de la fe son como agua pura, clara como el cristal (comp. con Jer. 2:13; Ap. 22:1). Y continúa (v. 9): «Porque de ti brota el manantial de la vida; en tu luz vemos la luz. » Teniendo a Dios se tiene el manantial del agua de vida, y teniendo al que es luz (1 Jn. 1:5), se tiene la santidad: los ojos santos, puros, ven a Dios (Mt. 5:8) y en él ven todo lo que es luz. Esa luz divina que brilla en la Escritura (119:105) y especialmente en el rostro de Cristo (2 Co. 4:6), contiene toda gracia y toda verdad. II. Sus plegarias, intercesiones y expresiones de triunfo, basadas en estas meditaciones. 1. Intercede David por todos los santos (v. 10). (A) Las personas por las que ora son las que conocen a Dios, esto es, las que, por la constante experiencia de su comunión con Dios, son rectas de corazón, sinceras en su profesión de fe y fieles tanto a Dios como a los hombres. (B) La bendición que para esas personas pide es que se prolongue sobre ellas la misericordia (los favores generosos) de Dios, así como la justicia de Dios, que no es otra cosa aquí que su fidelidad pactada. 2. Pide para sí mismo ser preservado en su integridad y en su prosperidad (v. 11): «Que el pie del orgullo (esto es, del orgulloso) no me alcance, ni la mano de los impíos me empuje.» Nótese el matiz de los verbos «alcanzar» como quien viene pisándole los talones a uno, y «empujar» como queriendo apartar a uno del camino recto en que se mueve, o del camino cómodo en que se halla tranquilo. El peligro que aquí se avizora es el de la muerte, como lo prueba la unión con el v. 12. Dice Arconada: «La súplica del salmista tiende a pedir la propia conservación de la vida contra los posibles conatos de quitársela por parte de los perversos, que aún no han sido derribados allá (hebr. sham), con todo lo que ello implica.»
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