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Lícito por simple capricho o conveniencia egoísta, no lo es nunca; pues el
apóstol Pablo nos dice: «No mintáis los unos a los otros, habiéndoos
despojado del viejo hombre» (Colosenses 3:9). Sin embargo, puede haber
ocasiones en que mentir no solamente sea lícito sino necesario, como en este
caso de Rahab y en otros ejemplos que hallamos en la Sagrada Escritura y en
la Historia, teniendo en cuenta la ley de amor al prójimo y la virtuosa
conveniencia del mal menor.
Mentir es malo
en sí; pero dejar que alguien sufra quebranto o incluso una muerte injusta
por decir la verdad, sería un mal mucho peor.
Tomás de Aquino
dijo: «Abstraerse non est mentiri. Esto significa decir una verdad general
en la cual está encerrada tanto la verdad como la mentira, o sea que la idea
general hace olvidar el detalle que no se quiere revelar, sin necesidad de
negarla.
Algunas veces
cristianos de conciencia delicada se han limitado a decir una parte de la
verdad, sin extenderse en dar detalles innecesarios. En el curioso libro
«Aventuras de guerra y paz», de Pedro Van Woerden, nos cuenta que durante la
ocupación de Holanda por los alemanes era constantemente buscado por éstos
para llevarle a un campo de trabajo y en la familia se discutía qué deberían
decir en caso de un registro en la casa. La madre, que era una piadosa
cristiana, repetía: «La veracidad es la más grande sabiduría. ¡Sed veraces!
Así podréis estar seguros de que el Señor estará a vuestro lado. ¿No creéis
vosotros que esto es lo esencial?»
Algunos días más
tarde he ahí lo que sucedió: «Mi pequeña hermana Cocky se encontraba
poniendo en orden la habitación del piso superior. Cuando abrió la ventana
para sacudir la alfombra vio a los soldados alemanes registrando en los
bajos de la casa. Toda agitada bajó la escalera y se lanzó a mis brazos.
— ¡Pedro,
pronto, escóndete; están ahí!
Nosotros
habíamos hecho un hoyo bajo el suelo de la cocina para casos de peligro.
Cocky, con manos temblorosas, levanta las tablas y me ayuda a introducirme
en la cavidad. Inmediatamente lo puso todo en orden, cubriéndolo con una
pequeña alfombra sobre la cual puso la mesa y después un tapete muy largo
que colgaba por cada lado. Me agaché con todas mis fuerzas para no levantar
las tablas con un movimiento de cabeza. Apercibí el pisotear de unas botas
pesadas y claveteadas. Mi corazón latía tan violentamente que por un
instante creía que me iba a delatar. Escuché una voz de hombre que
preguntaba en mal holandés:
— ¿Hay en esta
casa algún joven?
Esa era
precisamente la pregunta fatal, pues a pesar de haberlo discutido muchas
veces en familia, todavía no estábamos de acuerdo sobre la respuesta. ¿Qué
diría Cocky? ¿Diría la verdad? Esto significaba mi inmediato arresto; y
negarlo sería mentir.
«Señor, ¡dale
sabiduría!», pedí a Dios en silencio. Escuché su voz de niña decir
claramente:
— ¿Sí, señor,
está bajo la mesa!
El soldado
levantó el tapete de la mesa y miró debajo de ella. En el mismo instante
Cocky lanzó una sonora carcajada. El soldado alemán se puso rojo de
vergüenza por haberse dejado engañar por una niña —según él pensaba— y todo
confuso puso fin al registro. Sin embargo, mi hermana había dicho la
verdad.»