La
historia es bastante macabra, y refleja las costumbres brutales y las
venganzas personales comunes en las historias de este período. Por
desgracia, el barniz de civilización que hemos conseguido poner en
nuestras costumbres es muy delgado. La Biblia nos cuenta simplemente lo
que pasó, sin tratar de disimular u ocultar los hechos por reprobables
que sean. En toda esta historia descuella la entereza de una mujer, que
con su noble conducta hizo dar cuenta al rey David de una falta de respeto
a los cadáveres de varios miembros de la familia de su enemigo Saúl.
Vamos a contar la historia.
En
primer lugar Rizpa había sido una concubina de Saúl y, por tanto, una
mujer prominente en el reino de Israel. Dejando aparte el hecho de que
más adelante cediera ilegítimamente a los desos de uno de los hijos de
Saúl, Abner, vamos a considerar el episodio de los cadáveres de sus
propios hijos, Armoni y Mefiboset, y los de los cinco hijos de Merab, la
hermana de Mical (estas dos eran hijas de Saúl).
El
episodio consiste en el hecho que los gabaonitas reclamaron, para vengarse
de una matanza que había realizado Saúl entre su pueblo, a siete
descendientes de Saúl. Los gabaonitas habían hecho un pacto con Josué,
mediante un engaño, de que los israelitas no tomarían su vida, y
servirían en Israel como leñadores y aguadores. El pacto debía ser
mantenído, a pesar del engaño. Sin embargo, al llegar Saúl al trono
suplantó las ideas de Dios por las suyas (pretendiendo que las dos eran
idénticas) y decidió destruir a los gabaonitas. No los exterminó a
todos, pero el juramento que Josué había hecho quedaba profanado.
David
averiguó después de consultar a Jehová que la causa de un hambre que
sufría Israel era la matanza de gabaonitas. Llamados, éstos requirieron
siete varones descendientes de Saúl para ahorcarlos. David les entregó a
los dos hijos de Rizpa y los cinco de Merab (por Adreiel uno de sus
maridos).
Los
siete fueron ahorcados, pero Rizpa, según vimos en el versículo del
texto, cubrió los cadáveres que habían sido abandonados sobre la peña,
para evitar que fueran devorados por los animales silvestres con una
manta, y veló sobre la manta día y noche para impedir, que los
cadáveres fueran descuartizados por las fieras, «desde el principio de
la siega hasta que llovió». David recibió nuevas de la conducta de
Rizpa y entonces, avergonzado, sin duda, ordenó que fueran juntados los
huesos de estos siete ahorcados a los de Saúl, de Jonatán y otros y los
mandó enterrar. Con ello terminó el hambre en la tierra.
Dejemos
todos los aspectos sangrientos de esta historia y hagamos sólo mención a
la entereza de esta mujer que desafió las inclemencias de los elementos
naturales, la hostilidad de las fieras, el antagonismo de personas
poderosas y acabó dando una lección de humanidad al mismo rey David. Su
historia nos conmueve incluso hoy. No podemos dudar que las oraciones de
Rizpa, para que se diera el respeto debido a los muertos, fueron
escuchadas por el Señor.