Vamos
a hablar no del milagro de Elías, sino de la viuda.
Esta
mujer había perdido a su marido, y con ello el medio de sustento de la
familia. Tenía un niño, eso sí, pero su edad no le permitía ser
ningún apoyo para la casa, sino una carga material para la madre. A la
viuda no le faltaban las preocupaciones. Su vida había cambiado por
completo desde la muerte, del marido. Y podemos suponer también que su fe
se había amortiguado gravemente. Es posible que todavía tuviera alguna
fe en el Dios de Israel, pero el relato de Reyes no nos lo permite
dilucidar.
Y
esta mujer que vivía con tantas dificultades para seguir adelante, que
tenía que ir recogiendo leña echada por las calles o los caminos, a
consecuencia del hambre generalizada en el país estaba llegando a las
últimas. La vida se había hecho imposible. Los precios eran
exorbitantes. El fin estaba a la mano. Y entonces ocurre algo
extraordinario.
La
mujer está recogiendo unos leños secos cuando un hombre de extraño
aspecto, con un búculo en la mano, de avanzada edad, cubierto de polvo,
que se dirigía al pueblo, le dice que le traiga un vaso de agua.
La
mujer podía muy bien darle agua, así que se va camino a la casa para ir
a buscársela, pero había dado sólo unos pasos cuando aquel extraño
personaje la vuelve a llamar: «Te ruego que me traigas también un bocado
de pan en tu mano.»
La
mujer con una mirada triste le contestó que ni tan solo tenía pan
cocido, aunque sí un poco de harina y que precisamente estaba recogiendo
dos leños para prepararlo y comérselo, untado con un poco de aceite que
también le quedaba, junto con su hijo. Después de haberlo comido no le
quedaba más recurso que dejarse morir de hambre.
Y
entonces vienen las noticias estupendas, que de momento la mujer
escucharía con oídos incrédulos: «La harina de la tinaja no
escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que
Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.»
La
mujer hizo la tarta y comieron los tres. Y la harina no escaseó ni
menguó el aceite de la tinaja. La fe de la mujer se está reavivando. ¿
Cómo es posible negar la evidencia de que Dios proveía para ellos, con
la intervención de aquel varón extraño, que se había quedado
aposentado en la casa.
El
segundo paso adelante en la fe para la viuda fue una nueva prueba. Esta
vez fue el hijo que enfermó hasta quedar sin aliento. Entonces la viuda
no pudo por menos que recapacitar sobre su vida pasada. Según la
mentalidad de la época una enfermedad tenía que interpretarse como una
visitación divina: eran sus propios pecados que habían causado el
desastre en el hijo. Con la conciencia turbada, y tratando de defenderse,
a ciegas, se dirige al profeta en su desespero y le in- crepa: «¿Qué
tengo que ver contigo varón de Dios? ¿Has venido a mí para hacer morir
a mi hijo?»
Elías
clama a Dios apenado pór los sufrimientos de la viuda. Dios le concede
poder para hacer recobrar la salud al hijo. Solo con el niño ruega a Dios
que le sea devuelta el alma al niño. «Jehová oyó la voz de Elías»,
una vez más, y al poco el niño estaba sano en el regazo de la madre.
Las
palabras que pronuncia ahora la madre nos hablan de otro milagro, no menos
sorprendente que recobrar la salud del cuerpo; la recuperación de la
salud del alma. Llena de gratitud y asombro la viuda exclama: «Ahora
conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad
en tu boca.»