No vamos a
entretenemos a hablar de la sentencia de Salomón en sí, sino más bien a
considerar los rasgos que nos revela la conducta de las dos mujeres en
esta situación. Vamos a estudiar varios puntos distintos.
Las dos eran
mujeres de vida reprensible. Las dos habían concebido y el hijo de cada
una era ilegítimo. Este es el primer comentario. Pero después de esto
vemos que la conducta de las dos difiere en algunos puntos y coincide en
otros.
En primer
lugar, incluso en una persona que ha su cumbido al pecado, y como estas
dos mujeres vive de) mismo, podemos hallar rasgos de verdadero valor. La
madre verdadera> por ejemplo, se opone rotundamente al sacrificio del
hijo; en esto la segunda muestra entrañas insensibles, pues sabía que el
hijo no era suyo. Sin duda, la segunda es una mujer mucho más depravada.
Con todo, notemos que incluso ésta tiene una chispa de amor maternal por
desviado que sea: procura poseer un hijo, aunque sepa que no es el suyo.
Aquí nos duele tener que reconocer que incluso en países que llamamos
cristianos no hay inconveniente por parte de algunas madres en hacer
desaparecer un hijo, antes de haber nacido, para evitar el oprobio o la
vergúenza pública que implica haber cometido una inmoralidad.
Salomón se
atrave a dar una orden monstruosa porque sabía que las mujeres de su
país se rebelarían ante una orden semejante y no se equivocó. La madre
al punto cedió sus derechos al hijo para salvarle la vida. Hoy muchas
mujeres se preguntan: ¿Cómo puedo librarme del hijo?
Incluso los
animales, llevados por su instinto defienden a sus hijos. Una perra
defiende a sus cachorros. Una madre, en un país cristiano, ¿cómo puede
a san-. gre fría permitir que su hijo sea asesinado, o mejor dicho, cómo
puede dar orden para que su hijo sea desrtuido?
Excepto en
casos especiales, la expresión de afecto maternal tenemos que
considerarla natural. Por el hecho de poseer este afecto, no hay motivo
para que tengamos que colmar de alabanzas a una mujer. Es un instinto, una
pasión para preservar la vida del hijo. Se encuentra hasta cierto punto
en personas esencialmente egocéntricas. La madre del hijo ilegítimo es
un caso ejemplar de afecto maternal, y por él merece nuestra alabanza.
Por otra
parte, hemos de considerar que el mero hecho de que una mujer no haya
sucumbido al pecado, no implica que represente un ideal de maternidad. Hay
muchas mujeres que temen dar a luz, o bien que si han dado a luz
finalmente a un hijo, lo ponen totalmente bajo el cuidado de manos
extrañas.
Como resumen,
hemos de decir que, al margen de su conducta censurable en otros aspectos
de su vida, la madre verdadera del niño es un ejemplo de afecto maternal,
que cuando es contemplada por muchas madres cristianas en nuestra
sociedad, debería causarles sonrojo.