Lease:Jueces
11:29, 34, 40; Hebreos 11:32
No
podemos admitir que Jefté sacrificara la vida de su hija para quemarla en
holocausto a Jehová. Esto es inconcebible dentro del marco de la ley
mosaica y de las tradicionaes de Israel como nación. Jehová no era un
moloc al cual los padres sacrificaran sus hijos sobre un altar. Hay
abundantes puntos en la historia misma, tal como nos la narra la Biblia
para que podamos interpretar el sacrificio de la hija como un apartamiento
y renuncia a conocer varón, o sea al matrimonio. En otras palabras, que
como consecuencia del voto de su padre, Jefté, la hija fue dedicada al
servicio del tabernáculo, y alli pasó el resto de sus días, segregada
de sus amigas y su familia.
No
tenemos derecho a imponer el relato pagano de Ifigenia, de la mitología
griega, sobre una narración bíblica.
Jefté
acababa de derrotar a los amonitas, la cumbre de su carrera como juez de
Israel. En un momento de ofuscación pronunció juramento de que
sacrificaría a cualquiera que saliera por la puerta, a su llegada de la
victoria, para darle la bienvenida y felicitarle. Estas palabras
precipitadas fueron la causa de que se viera privado de la compañía de
su hija durante el resto de su vida. Vemos también a la hija como
víctima del voto de su padre.
Lo
que más choca a nuestra mentalidad moderna es el que, sin ocultar su
tristeza por el hecho, acepta volutariamente su destino. La hija de Jefté
no era una joven que pudiera en una efusión de misticismo decidir
excluirse del mundo y pasar el resto de su vida en una celda. Era una
joven alegre, vivaracha, Ilena de entusiasmo y energía. Reune a las
muchachas de Mizpa, al saber que su padre regresa, y sale a recibirle con
panderos y danzas. Vemos en ello un impulso a alabar a Dios a través de
la victoria de su padre.
La
historia nos sugiere que había llegado a Ia edad en que las muchachas
acostumbraban casarse. No era, pues, todavía una mujer madura. Pero sí
nos Ia pintamos llena de gracia y atractivo.
Pero
las palabras de su padre caerían como un mazazo sobre su mente: «Ay,
hija mía!, en verdad que me has abatido, y tú misma has venido a ser
causa de mi dolor.» Luego le comunica el voto que había hecho y el
destino que por consiguiente le correspondía. Jefté mismo es el primero
en sufrir el impacto de la tragedia, pues esta era su única descendencia,
no tenía otra hija ni hijo alguno.
¿Cuál
fue Ia reacción de su hija? Es indudable que no se dirigió a su
reclusión con alegría. Con serenidad, pero sinceramente le dice: «Padre
mío, Si le has dado palabra a Jehová, haz de mí conforme a lo que
prometiste.» No pidió sino una gracia: «Concédeme esto: déjame que
por dos meses me vaya a vagar por los montes y llore mi virginidad con mis
compañeras.»
Su
padre le concedió este período de gracia. Y ella se dirigió a las
colinas cercanas con sus amigas. Allí procuró hallarse a sí misma, y
ajustarse para el nuevo estilo de vida.
Habría
querido casarse y gozar de la vida de modo pleno. Pero le fue negado. El
curso de sus años transcurrió separada de los suyos, ocupada
probablemente en tareas monótonas y rutinarias. Esto fue el mayor
sacrificio que podía hacer, el de su vida como algo propio y personal.
Pero no se quejó y lo aceptó sin resentimiento: una vida recluída y
resignada.