ELISABET
"Y he aquí que tu parienta Elisabet, también ella ha concebido un hijo
en su vejez; y ya está de seis meses, la que era llamada estéril."
Lucas 1:36
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A Elisabet le cabe el honor de ser la primera mujer que confesó a Cristo en
la carne, incluso antes que María. Cuando María, después que hubo concebido
por el Espíritu, fue a visitar a Elisabet, esta exclamó en oración
profética: "¿De dónde a mí esto, que la madre de mi Señor venga a
mí?" (v. 43). Por medio de esta inesperada e indudable confesión Elisabet
reforzó la fe de María en el hecho de que ella, sin la menor duda, llevaba al
Salvador del mundo en su seno.
Es esta fe firme e invariable que constituye la virtud más prominente de
Elisabet. Quizá su firme convicción de que Cristo había ya empezado a asumir
forma humana no nos parece a nosotros particularmente notable. Esto puede ser
porque sabemos que María ya llevaba en su seno a su hijo, y que este hijo
demostró ser el Mediador entre Dios y los hombres. Pero Elisabet no
tenía nuestra perspectiva histórica,
Y por esta razón la convicción a que dio expresión es verdaderamente
notable.
Israel había quedado reducido casi a la nada, debido al desprecio y malicia
de la jurisdicción romana. El culto a Jehová había quedado reducido a poco
más que mero formalismo. Caifás, por ejemplo, constituía un ejemplo patente
de la condición de degeneración a que había llegado el sacerdocio en aquel
tiempo. Y hemos de recordar que Elisabet pertenecía a este pueblo, que se
hallaba en condiciones espirituales humillantes.
Además, Elisabet era anciana, una mujer que había estado pidiendo un hijo a
Dios durante muchos años. Era motejada con este estigma de la esterilidad. Y no
había estado presente al tiempo en que el ángel se le apareció a Zacarías.
No había oído lo que Gabriel le dijo a María. Todo esto ella lo había oído
de otros.
A pesar de sus circunstancias desfavorables, Elisabet trascendió
inmediatamente toda duda. No sólo esperaba al Mesías que había de llegar,
sino que creyó que había llegado. Cuando María fue a visitarla, ella vio y
creyó inmediatamente esta maravillosa verdad: "Aquí debajo de los
vestidos de esta mujer se halla mi Salvador escondido." El Mesías ya no
tenía que venir. Elisabet sabía que había venido. Y por ello oró y le
confesó.
Los pasos por los cuales el Señor condujo a Elisabet a esta fe rica y plena
no nos son escondidos. Su nombre era el mismo que el de la mujer de Aarón.
Caifás, dijimos, era un ejemplo de degeneración del sacerdocio en su tiempo.
Elisabet representaba un verdadero retoño del tronco familiar de Aarón. Ella
preservaba todas las benditas tradiciones de la familia de Aarón. El Señor,
por tanto, la había conducido a ello, aunque fuera a través de caminos de
humillación, pues era aflictivo de un modo especial el que la hija de un
sacerdote permaneciera sin hijos.
Por lo que el Señor inesperadamente la bendijo con un embarazo con el que ya
no contaba. Había renunciado a la esperanza de tener un hijo. Su concepción
fue acompañada de un mensaje de un ángel y de la mudez de su marido. Es
patético, pero Zacarías no le pudo decir nada respecto a su encuentro con el
ángel; tuvo que escribirselo. Por estas demostraciones extraordinarias,
Elisabet, sabía que Dios había decidido realizar cosas maravillosas. Le
parecería a ella que habían vuelto los días de Abraham y Sara, y que Dios
había visitado de nuevo a su pueblo.
María
fue a visitarla cuando Elisabet ya estaba de cinco meses. El instinto
maternal de Elisabet le dijo que un hijo se movía en su matriz, al ver a María, y que este hijo se movía en una forma extraordinaria. Así que madre e
hijo fueron afectados por la influencia del Espíritu Santo cuando se acercó el
Salvador. Al instante la flor de la fe floreció del todo en Elisabet. Ella
apreció y sintió la bendición del hecho que Dios, revelado en la carne,
estaba cumpliendo la esperanza de sus padres.
Es interesante observar la evidencia de esta fe en Elisabet. Era la madre de
Juan. María, una mujer mucho más joven que ella, y que ni tan sólo descendía
de sacerdotes, era la madre del Mesías. Una situación así podría haber
inducido celos en ella. Podría haberse dicho: "¿Por qué a ella este
mayor honor?" Sabemos que en Elisabet no hubo tales pensamientos. Dio a
María el más honroso de los nombres posibles a una mujer: "Madre de mi
Señor." Y se lo dijo de modo espontáneo y natural, sin afectación.
Alabó a María como "bendita tú entre todas las mujeres". El hijo de
Elisabet dijo más adelante: "El tiene que crecer y yo he de menguar."
El espíritu de Elisabet pasó a Juan, o el espíritu de Juan ya inspiraba a
Elisabet. Elisabet fue el último retoño de la vara de Aarón. Judá había de
dar nacimiento al Mesías, pero Aarón había de adorarle en servicio.
Preguntas sugeridas para estudio y discusión:
1- ¿Quién confesó primero a Cristo en la carne?
2- ¿Cómo sabemos que la fe de Elisabet era sincera?
3- ¿Cómo sabemos que crió a su hijo en el temor del Señor?
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