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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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El amor preside el valor del creyente y lo hace fiel vencedor.Autor: Rodolfo Loyola-(Ya en la presencia del Señor) "En el amor no hay temor, el amor echa fuera el temor, de donde el que teme no se ha pereccionado en el amor. 1 Juan 4:18" "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Antes en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó". Romanos 8:35-37 Pablo recuerda a su hijo Timoteo, que parecía encontrarse desalentado y medroso: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder de amor y de dominio propio. (2 Timoteo 1:7). Los héroes de la fe, fueron también héroes del amor. En las diversas y difíciles circunstancias que se encontraron estos hombres y mujeres, constreñidos por el amor, actuaron en fe y vieron la gloria de Dios aun cuando algunos fueron dolorosamente derrotados. El valor del cristiano debe estar presidido por el amor. Decía un predicador que había sido pandillero en la ciudad de Chicago: Dios me ha dado amor para perdonar aún a los que me hacen daño. Llevar la cruz cada día, voluntariamente y con gozo es un cotidiano acto de amor. Requiere valor el desafío a ser cristiano en un mundo que no lo es. Es la cruz de cada día. En la tormenta y en alta mar es donde se prueban los marineros. En la escasez, en la enfermedad, en las contradicciones de la vida; el cristiano va una y otra vez a la razón que tuvo el Señor para salvarnos: El amor. Él nos amó primero, dice Juan, así que tomó la iniciativa de hacerse hombre, de hacerse siervo; de morir como un delincuente para que nosotros llegásemos a ser hijos de Dios. El amor al Señor da valor para renunciar a otros amores que son incompatibles con las leyes del reino. Hubo un momento en la vida de Abraham que no podía distinguir a quién amaba más si a Dios o a su hijo Isaac. Hasta que una noche Dios le dice: "Sacrifícame a tu hijo, al que amas. Se fue muy de mañana, para no alarmar a Sara su mujer: y salió rumbo al monte donde Dios le dijo". ¡Qué contradicción, Dios le da el hijo y ahora le pide que lo ofrezca como un cordero y además ejecutado por su mano! ¿Sería la voz de Dios? Sí, él estaba acostumbrado a escuchar la voz amorosa de Dios. Estando cerca del lugar el niño le preguntó inocentemente: "¿Dónde está el cordero para el holocausto? Y Abraham (destrozado) respondió: Dios se proveerá el cordero hijo mío". Por fin llegaron al lugar, Abraham hizo todo el arreglo ceremonial "y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo" ¡ Era una encrucijada de amor! "Y dijo: (el ángel del Señor) no extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada, porque yo conozco que temes a Dios, y por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. Entonces miró Abraham, y a sus espaldas ha bía un carnero trabado en un zarzal.... Y fue Abraham y lo tomó y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo" (Génesis 22:1-18). Abraham fue llevado al extremo sacrificio: Sacrificar a un hijo. Muchos toman este pasaje para resaltar la crueldad de Dios pidiendo a un padre que asesine a su hijo. Pero Abraham no lo entendió así. El ve a Dios como el proveedor de la vida. Unos 1.500 años después, Dios mismo entregó a su Hijo unigénito a muerte de cruz en manos de pecadores. Y sin embargo, era un acto de amor. "Nadie tiene mayor amor que éste, que ponga alguno su vida por sus amigos". No puede faltar en este capítulo una mención al mártir Esteban: "Oyendo estas cosas (los acusadores) se enfurecían en sus corazones y crujían los dientes contra él. Pero Esteban lleno del Espíritu Santo, puesto los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios. Y dijo: He aquí veo los cielos abiertos, y el hijo del hombre que está a la diestra de Dios. Y apedrearon a Esteban mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor no les tomes en cuenta este pecado. Y habiendo dicho esto durmió". Hechos 7:54-56, 59,60. Esteban muere apedreado, lo que nos da una idea de la violencia tan brutal que sufrió. Pero no perdió la serenidad. Se mantuvo como su Señor. En el capítulo anterior, le trajeron al concilio para que fuera acusado falsamente. Y esto dice el doctor Lucas: "Entonces todos los que estaban en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel" (Hechos 6:15). Mientras los enemigos de la verdad se preparaban para la ejecución, Esteban veía los cielos abiertos y al Hijo de Dios. Después oró por los que le mataron al mismo tiempo, que puesto de rodillas entregó su espíritu. Amaba tanto a su Señor que tuvo valor para morir como El. El testimonio de Esteban sirvió como un revulsivo para los discípulos que estaban en Jerusalén. El joven Saulo de Tarso que estuvo presente y dio su voto para que le mataran fue tocado por el testimonio del amor y el valor de Esteban, y más tarde escribía: "por lo cual estoy seguro que ni la muerte ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo ni ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro". Romanos 8:38-39. Cualquiera de estas cosas mencionadas en estos dos versículos puede aplastarlo a uno, pero es muy difícil romper una ligadura de amor divino y humano. ¡Estamos pegados como dos partes cubiertas con goma de contacto! San Agustín, comentando lo que dice el apóstol Juan, que el creyente está en Dios y Dios en él mediante un compromiso presidido por el amor: "Yo soy una esponja metida en el mar de Dios, y al mismo tiempo estoy saturado de su amor. Él me contiene a mí en su océano, y yo le contengo a Él en mi humilde esponja". (Confesiones) |
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