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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre
 tales adoradores busca que le adoren.
Jn..4:23

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El Amor Preside la Tolerancia de las Costumbres

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Serie de temas tratados en el libro Dejad que el Amor Presida. Autor: Rdo. Rodolfo Loyola

El Amor Preside la Tolerancia de las Costumbres

Leer Romanos capítulo 14. 

Aquí el apóstol Pablo de una manera muy sabia, minimiza la importancia de la costumbre, para darle más valor al amor para con el que tiene otras costumbres. El amor es tolerante. "El que come no menosprecie al que no come, pero si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor: No hagas que por la comida tuya se pierda aquél por quién Cristo murió".

En otra carta Pablo dice: "Todo,me es lícito mas no todo conviene, todo me es lícito mas no todo edifica. Me he hecho a todos para ganar a todos ".

"Por lo cual, si la comida es a mi hermano ocasión de caer; no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano " El amor es muy delicado y respetuoso.

Es un tópico muy usado, pero no por eso deja de ser verdad:

Somos animales de costumbres. No es nada extraño que en cualquier reunión escuches a alguien decir que las comidas de su país son las más ricas y que la manera de servirlas responde a las más correctas formas.

Recuerdo que estábamos recién llegados de Cuba a España. Cuba es un país de isleños que no conocen el mar. Fuimos invitados a pasar unos días y compartir la Palabra en un precioso pueblo llamado Altea junto al Mediterráneo. Una familia de pescadores, nos invitó a comer y propusieron festejamos con una exquisitez del mar. Estábamos muy felices por el cariño de esta familia cristiana. Sentados a una mesa grande, esperábamos el banquete. Rita con mucho esmero puso sobre la mesa una fuente grande llena de un líquido pastoso y negro, que no permitía ver lo que había en el fondo. A mí me pareció el tulipán de luto de Karl Gustav Vandermeyer. El humo despedía un olor agradable como de algo venido del Señor. Era nada menos que sepia en su tinta.

Nunca habíamos probado la sepia y menos en su tinta.

Como tirados por un hilo, todos miraron la fuente y luego a mí. La mirada era una clara interrogación: ¿Hay que comerse esto? Yo sonreí y me alegré por toda la familia. Di gracias a Dios por aquel hogar y por aquella comida. Mi hija Joanna, un poco más valiente que los demás puso su plato para que le sirvieran. Seguidamente yo puse el mío y dejé que me sirvieran bastante. Traté de comerme aquello con la mente. Pensé en los frijoles negros de Cuba y lo raro e intragables que deben ser para un sueco. De verdad, doy gracias a Dios por mi familia. Yo sabía lo que estaban sintiendo, llegué a pensar que alguno de los niños rechazaría el manjar o podría vomitar al catarlo.

Lo que más me ayudó fue pensar en el amor de Rita y Pedro. La sepia se vendía a muy alto precio. Ellos vivían de la captura cotidiana pero separaron lo mejor para nosotros. . Cuando los míos me vieron repetir lo entendieron como un milagro. Después de algunos años de vivir en Europa me di cuenta de la ignorancia nuestra en cuanto a la comida. La comida mejor del mundo es la que te enseñaron a comer desde pequeño. El amor debe presidir la práctica de las costumbres. Viajando y participando en diversos cultos de distintas denominaciones, me he dado cuenta que sucede con las formas algo parecido a lo de las comidas.

Hay una variedad tan grande de formas, como comidas puede haber. La manera de cantar y lo que se canta; los instrumentos que se usan o la ausencia de ellos. Se canta de, pie o sentados, se acompaña con palmas o no. La manera de tomar la comunión; de recoger o no la ofrenda, la celebración de un culto de bautismo, el uso de la Escritura y el estilo de los predicadores; es algo que hemos de ver con amor y comprensión.

La palabra tolerancia no aparece en la Biblia en el sentido que se menciona aquí, pero con un poco de ella podríamos disfrutar más del amplio abanico de formas y costumbres en que nos manifestamos como pueblo de Dios.

Recuerdo que en el comienzo de la obra de Juventud con na Misión en España, allá por los comienzos de la década de los setenta, se reunían en una sala alquilada en la que no tenían asientos. Como me pidieron que les diese estudios bíblicos, yo iba una vez a la semana a ministrarles. En ese tiempo nos visitó una señora, miembro de una conocida iglesia evangélica de otro país. Como ese día yo debía dar mi estudio a los jóvenes de J.C. U .M. Y ella estaba interesada la invité a ir conmigo después de explicarle las condiciones del lugar. Llegamos al lugar de reunión, y los jóvenes consiguieron una silla para ella. Los chicos, y yo con ellos nos sentamos en el suelo sobre una alfombra vieja que les habían regalado. Para mí el culto fue precioso; había un espíritu de adoración y un hambre por la Palabra de Dios que le daba legitimidad sin lugar a dudas. Cuando terminamos, de regreso a la casa la señora muy enfadada me dijo: "Yo creía que usted era más serio". Y añadió: "Un reverendo sentado en el suelo, con jóvenes melenudos y algunos con sandalias que dejaban al descubierto los pies, etcétera." Traté de convencer- le con argumentos bíblicos; explicándole que la mayoría de los chicos habían salido de los hippies y les quedaba algo de las formas de ellos, pero fue inútil, se marchó con la desagradable impresión de que yo no era serio.

Busqué en una concordancia bíblica muy grande y la palabra "serio" casi no aparece, creo que sólo un derivado: Seriedad. Sin embargo la palabra santo aparece cientos de veces.

Unas semanas más tarde uno de los chicos del mencionado grupo me llamó aparte para pedirme perdón, porque al visitar nuestra iglesia y ver las personas sentadas en bancos y yo predicando de traje y corbata desde un púlpito (él le llamó cajón) aquello le pareció tan arreglado, tan formal, tan cómodo, que llegó a pensar que no éramos cristianos y que al menos yo no era muy serio.

Tanto la señora como el chico canonizaron las formas y se hicieron contestatarios intolerantes a cualquier otra manera de adorar a Dios. A ambos les expliqué que nunca había sido tan genuino y sincero como en estas dos ocasiones. Me estaba " haciendo a todos para ganarles para Cristo y enseñarles a vivir - la vida cristiana y para ello el amor y no las formas presidían mis actos.

Por la intolerancia de cualquier índole sigue habiendo discriminación, injusticia social, enemistades y guerras, a veces fatricidas.

El libro de los Jueces capitulo 12 relata lo que hicieron los de Galaad con los efrainitas. Leamos:

"Y los galaaditas tomaron los vados del Jordán a los de Efraín; y aconteció que cuando decían los fugitivos de Efraín: Quiero pasar, los de Galaad les preguntaba: ¿Eres tú efrateo? Si él respondía: No, entonces le decían: Ahora pues dí Shibolet. y él decía Sibolet; porque no podía pronunciarlo correctamente. Entonces le echaban mano' le degollaban junto a los vados del Jordán. Y murieron : entonces de los de Efraín cuarenta y dos mil". Jueces 12:5-6

¡Qué horror!

En distintos lugares hemos podido ver algo tan lamentable como los misioneros imponiendo sus costumbres a los indígenas y ello mezclado con el Evangelio, de tal manera que a veces los nativos son incapaces de distinguir entre una cosa y la otra. Con esto, que ya sucede cada vez menos, el nacional ¿ se desnaturaliza y hasta se ha llegado a observar a grupos indígenas de América Latina hablando el español con el acento del misionero americano. - Desde luego, todo sea dicho, hay costumbres que sería beneficioso imitar como es la higiene personal, la puntualidad, etcétera.

El cristiano de profundas convicciones debe ser abierto a la forma y costumbres de los demás, siempre que éstas no : vayan contra la Palabra de Dios. El objeto del amor de Dios no son las costumbres, sino las personas, y El nos dará . sabiduría para poner cada cosa en su lugar.

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Tomado de "Dejad que el amor presida". Editorial Unilit

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