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           Sirviendo Al Cuerpo De Cristo

Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre
 tales adoradores busca que le adoren.
Jn..4:23

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EL AMOR PRESIDE LA ORACION INTERCESORA

Autor: Rodolfo Loyola-(Ya en la presencia del Señor)

Para interceder legítimamente hemos de ser hombres y mujeres llenos del amor de Dios.

Miremos la iglesia primitiva (Hechos 12:5) "Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel, pero la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él" iQue fidelidad! En medio del peligro los hermanos dejaron ver su amor por Pedro. Tenían fe en Dios, pero tenían un gran amor por Pedro, (todos) la iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Arrancaron un importante rnilagro de la mano de Dios a favor de Pedro que fue librado de la cárcel y de la muerte.

Moisés intercede por el pueblo con estas palabras: "Róeme de tu libro si no has de perdonar a este pueblo". Es el amor del pastor que está dispuesto a morir por sus ovejas.

El mucho amor que Pablo le tenía a los hermanos en Cristo le hacía rogar por ellos constantemente, y escribir a las iglesias, con las dificultades que esto suponía, para que todos recibieran de sus revelaciones, su fe y su profundo amor.

Muchos han escrito sobre este preso singular, que enfermo, en celdas oscuras y reducidas, usando para escribir medios muy rudimentarios, dejó el epistolario más valioso y trascendente de cuantos se conocen, y comenta uno de estos escritores: "Solamente un amor grande y duradero hizo a este héroe de la fe realizar una obra tan valiosa escribiendo a sus hermanos en Cristo. Ha llegado a consolar, inspirar, amonestar y enseñar a rnillones de seres humanos. Y es quizás por ese amor singular que lleva a la entrega total, que han pasado dos mil años y las cartas del famoso prisionero siguen vigentes y ministrando a todas las iglesias en el mundo".

La oración nos lleva a la vida adulta en Cristo: "Cuando yo era niño, pensaba corno niño, juzgaba como niño, mas cuando fui adulto deje lo que era de niño" (1ra. de Corintios 13:11).

Asimismo el amor nos lleva a oraciones adultas. El niño ora por los suyos, por sí mismo, pero no se acuerda de interceder por los demás, simplemente no los ama.

En Juan 17 Jesús intercede por sus discípulos y luego por los que habríamos de creer por la palabra de ellos. Su amor iba más allá del presente a amar a los que no conoció en la carne.

Los grandes evangelistas que han visto verdaderos avivamientos, sentían pasión y compasión por los perdidos. De más está decir que eran intercesores que derramaban sus almas con gemidos y lágrimas. Y este amor que nace de una intensa relación con Dios, lleva a los creyentes maduros a amar a sus hermanos y aún al mundo.

No sé ni cómo dar un testimonío personal de algo que me ocurrió en el año 1991: Una mañana, dejé mi despacho con mi lista de oración y me fui a otro departamento de la iglesia para orar sin ser interrumpido. En el cuarto y quinto lugar de la lista, habían dos familias con las cuales habíamos trabajado mucho. Estaban alejados de la congregación sin ningún motivo válido. Visitas, llamadas telefónicas, invitaciones y otras muchas atenciones, todo sin ningún resultado. Así que aquella mañana cuando llegué a sus nombres sentí un poco de rabia, me parecía que ya se había agotado mi paciencia y que lo correcto era tacharlos y no orar más por ellos. Tomé un lapicero en mi mano, y de repente se apoderó de mí un espíritu de compasión, sentí hacia ellos una gran lástima, percibí una voz interior que me decía: "No lo hagas, ellos no son tuyos, son míos, no lo hagas". Guardé el lapicero y sin quererlo estaba llorando. Volví a orar por ellos con un amor renovado, aunque unos minutos antes había perdido la paciencia y la esperanza.

Debo decir, para la gloria de Dios que antes de un mes después de haberme ocurrido esto las dos familias fueron tocadas con propósito de volver; y aunque ahora mismo no estan todos ocupando su sitio en el cuerpo de Cristo -la asamblea-, hay representación de las dos familias: Un matrimonio y un joven precioso por su espíritu de alabanza y servicio.

Hubo un momento en la vida de aquel hombre de Dios que fue Samuel, en que tocaba su fin el gobierno de los jueces y el pueblo pidió rey, y le fue concedido. En su discurso de despedida Samuel amonesta al pueblo y los exhorta a servir a Dios en verdad y de todo corazón. "Entonces dijo todo el pueblo a Samuel: Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros" (1 Samuel 12:19). Y entre otros consejos Samuel responde: "Así que lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto" (1 Samuel 12:23).

Este gran juez, profeta y sacerdote entendía (que no era una doctrina) que dejar de orar por el pueblo era pecado contra Dios.

Alguien dijo: "Mal irá la obra cuando son más los organizadores que los agonizadores".

Aunque no nos suene bien, la Palabra dice que somos reyes y sacerdotes. Los dos cometidos primordiales de un sacerdote en el Antiguo Testamento era interceder por el pueblo y procurar su santidad. Con la venida de Cristo, Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec, el antiguo sacerdocio fue abolido. Pero ahora en Cristo los convertidos no tenemos una tribu intercesora (la tribu de Leví) somos un pueblo de reyes y sacerdotes.

En el sentido de los sacrificios, Romanos 12:1-2.
Así que hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios que es vuestro culto racional. No os conforméis a este siglo, sino transformáos por medio de Ia renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea Ia buena voluntad de Dios santa, agradable y perfecta.

Aquí queda descartada la idea del sacerdote levita ofreciendo sacrificios muertos por el pueblo, puesto que Jesús con un solo sacrificio hizo perfectos para siempre los santificados.

Presentar nuestros cuerpos en sacrificio vivo es ofrecernos en amor a ministrar a Dios sirviendo al prójimo.

Juan el evangelista, cuando hace su introducción de la profecía apocalíptica (Apocalipsis 1:5-6) dice:

Y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su san gre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios su Padre, a El sea gloria e imperio por los siglos de los siglos, amén.

No somos reyes de un pueblo ni sacerdotes de una tribu, sino que somos un pueblo de reyes y sacerdotes; para administrar las riquezas de Dios y para interceder con amor por los salvados y por los perdidos. Y al ministrar al Dios de amor, El nos dará amor para que nuestra intercesión sea auténtica y eficaz.


 

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