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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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El amor preside en el Reino de DiosAutor: Rodolfo Loyola-(Ya en la presencia del Señor) En primer lugar diríamos que el amor preside la acción de Dios para salvar. Si hacemos la pregunta: ¿Por qué vino Jesús al mundo? ¿Por qué tuvo que morir en una cruz como un malhechor? ¿Por qué tomó Dios la iniciativa de salvarnos? La respuesta es esta: "Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en Él cree no se pierda, sino que tenga vida eterna". El misterio de la encarnación de Dios, la humillación de su Hijo al morir como un delincuente por un mundo que no lo aceptó apenas, nos habla de un amor que escapa a nuestro raciocinio; porque es amor divino. Amor que desciende a nivel humano, porque si Dios sólo amase a los ángeles y a otros seres celestiales, sería menos comprensible que nos amase a nosotros. La declaración de Jesús: "Mi reino no es de este mundo", adquiere cada día una dimensión más convincente. Cuando en el Antiguo Testamento se habla de reyes extranjeros (Israel no los tuvo hasta después del gobierno de los jueces) se habla de reyes poderosos; malos, expansionistas, caprichosos, etcétera. Pero no cabría atribuirle a ninguno la virtud de amar en el sentido cristiano del vocablo. Cuando Israel pide rey, está buscando parecerse a las naciones vecinas con reyes paganos; y así les fué. Israel tuvo unos pocos reyes buenos, pero la mayoría fueron nefastos; llenos de avaricia, de crueldad; viviendo entre el lujo exagerado y la glotonería a espaldas de su pueblo, en este caso sus hermanos porque era una teocracia. Quizás David y Salomón se acercaron más que otros a poner en práctica la constitución de aquel pueblo; encabezada por los diez mandamientos. De Jesús en su nacimiento se habla como de un rey salvador. En la anunciación el ángel le dice a María: "Y ahora concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo y llamarás su nombre Jesús [salvador]. Este será grande, y será llamado hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin" (Lucas 1:31-33}. Ya desde este anuncio se pueden ver las características de un rey singular y magnífico. Primero, Salvador. Adjetivo y sustantivo que no se podía atribuir a ningún otro rey en la tierra. Segundo, sería llamado Hijo del Altísimo (Hijo de Dios); venía a representar la soberanía de Dios y el espíritu del reino de los cielos. Tercero, reinaría para siempre y su reino no tendrá fin. Su nacimiento humilde y contradictorio para una dinastía -la de David- se puede decir que trastorna la mente de los monárquicos y aunque recibe regalos y dones, aunque una estrella anuncie su nacimiento, aunque el ángel da la noticia del gran acontecimiento a los pastores: "No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo que será para todo el pueblo, que os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador; que es CRISTO el Señor. Después apareció una multitud de ángeles que alababan a Dios y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas; y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres! (Lucas 2:10-14) A pesar de todo lo anterior; Jesús venía para reinar en el corazón de los humildes, venía a quedarse para siempre en la memoria de los fieles al reino de Dios. "Buena voluntad para con los hombres". Jesús fué el ejemplo de muchas virtudes, pero su amor a toda prueba y sin linderos, enseñando con su ejemplo, estableció en la tierra el reino de los cielos. Cuando Jesús comienza su ministerio público repite esta oración: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mateo 3:2,4:17) El reino se acercaba en su persona, y habría que recibirlo con un cambio de corazón. No venía a exigir como los reyes terrenales, venía a dar, a darse. Un rey cuya filosofía y práctica es el amor, hay que recibirlo con arrepentimiento, porque todos los pecados del hombre caído son atentados contra el amor de Dios. A Nicodemo, con todo y ser un hombre religioso, un principal, le dice: "El que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios" (Juan 3:3). Nicodemo razona, busca una explicación lógica, pero en el plano físico. Jesús le hace comparaciones con el viento que se oye y se siente pero no se ve, pero Nicodemo parece no entender. El nacer del Espíritu es un misterio, es un milagro, es una nueva dimensión de vida. Esta entrevista esta sellada por ese maravilloso versículo: "Porque de tal manera amó Dios al mundo..." Respondió Jesús a Pilato: "Mi reino no es de este mundo, si mi reino fuera de este mundo, mis seguidores pelearían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí" (Juan 18.36). Quiso decir: Si yo fuera un rey terrenal usaría la violencia, pero el mío es el reino del amor. Cuando Jesús entra a Jerusalén, la ciudad del gran rey, lo hace a su manera, a la manera del reino; con autoridad pero sin ostentación. Es como un rey Quijote, idealista; sabe que entra a Jerusalén a morir, pero no como muere un mártir, sino como quien tiene potestad para no morir y en obediencia al Padre se prepara para culminar su gran obra de amor. Nada de caballos traídos de Egipto, ni de alfombras persas. Entraría a lomo de pollino de asno, prestado, y pasando sobre las ramas de los árboles y los mantos que sus discípulos echaron a sus pies, entre los vítores de ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas! (Lucas 19:38). Al llegar cerca de la ciudad lloró sobre ella. No eran las lágrimas de Alejandro porque no habría más tierra que conquistar, era el Rey Jesús, el Rey Salvador, el Rey del amor, sufriendo por la dureza y la indiferencia de su pueblo. Luego cuando es condenado a muerte, no por el mal que El hiciera, sino por el pecado de nosotros; cuando sube la cuesta oye unas mujeres gemir, se vuelve y les dice: "Hijas de Jerusalén, no lloreis por mí, antes llorad por vosotras y por vuestros hijos...."(Lucas 23:29-31). Ya en la cruz, bajo el título en tres idiomas: "ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS", Jesús ora por sus verdugos: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen". Allí entre las burlas el escarnio y el vinagre, El escucha a uno de los malhechores que muere a su lado decirle: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso". Allí pasando por el dolor físico, psíquico y espiritual, ve a Juan el discípulo amado y a su madre y le dice a ella: "Mujer he ahí tu hijo" y a él "He ahí tu madre". Usando pocas palabras para describir lo que ocurrió en la crucifixión, bastaría con decir que hay una verguenza del hombre caído, se conmueve el cielo y la tierra. Todos están turbados, desde los soldados hasta el gobernador romano. Pero el rey Jesús está sereno; consolando, perdonando, salvando. Con su muerte cerró el más sublime capítulo de la historia de la creación del hombre: Dios se humanó en su Hijo, y murió como un malhechor, para que nosotros perdidos e ingratos, tengamos franca entrada en el reino del amor.
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