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Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán
al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre |
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El amor preside el llamamiento a servir a DiosAutor: Rodolfo Loyola-(Ya en la presencia del Señor) Cuando hablamos de llamamientos no podemos pasar por alto a Nehemías. Este varón se encuentra bien remunerado en la casa real de Persia (445 A.C.). El pregunta por los que habían quedado después de la cautividad babilónica; el remanente de entre sus hermanos judíos. Recibe esta respuesta: "El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derrumbado y sus puertas quemadas a fuego. Cuando oí estas palabras me senté y lloré e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos." Nehemías 1:3-4 Vemos en él, amor por su pueblo; amor por la ciudad de Jerusalén -símbolo y monumento-, el remanente está en gran mal y verguenza por el trato que estaba recibiendo. Y la ciudad real, con sus imponentes muros derribados, sin defensa, sin protección, invadida con facilidad por mercaderes, ladrones y extranjeros. Sus puertas quemadas a fuego. ¡La gran Jerusalén en ruinas! ¡Qué horror! El pueblo que amaba y la ciudad que amaba en la más espantosa situación. Inmediatamente se vuelve al Dios a quien amaba y lloró de dolor, hizo duelo, posiblemente se vistió de cilicio, como era la costumbre. Esto por algunos días, y además ayunó, no sabemos por cuánto tiempo, y oró fervientemente. Tan mal se sentía que cuando el rey le vio (2:2) le dijo: "¿Por qué está triste tu rostro? Pues no estás enfermo. No es esto sino quebranto de corazón". Se podría decir con el Cantar de los Cantares: "Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; porque estoy enfermo de amor" (Cantares 2:5). Cuando Nehemías se presentó al rey, ya sentía la llamada del amor. "En la narración se conserva un sentido de hondo dramatismo. Tal era el poder absoluto de un monarca en este tiempo que el solo hecho de aparecer triste en su presencia podía ser causa de despido o de muerte. La tristeza, después de todo, podría sugerir el descontento de un conspirador. En esta crisis aguda Nehemías conservó su calma y tuvo el valor de mencionar en términos generales el origen de su tristeza. La vida de oración de Nehemías le hace un intercesor ante Dios y los hombres". Consiguió permiso y ayuda del rey Artajerjes para llegar a Jerusalén y empezar la obra. Lo dejó todo: La seguridad, la comodidad y la tranquilidad de la casa real. Son muchas las buenas cualidades que se pueden citar de este llamado de Dios, como su valor, su madera de líder, su estrategia frente a los enemigos, su capacidad de trabajo, etcétera; pero el amor a Dios y a su pueblo presidió en todo momento este llamamiento singular. Cuando el llamamiento está presidido por el amor es contagioso; mueve a las multitudes a luchar, a edificar, a servir. El llamamiento de Jeremías el profeta estaba también presidido por el amor. Este varón que es conocido como "el llorón", ha sido mal calificado, de ahí que la palabra jirimiquear viene de Jeremías. El doctor T.G.S. Thomsom en una breve introducción al libro de Jeremías dice: "Las penosas circunstancias bajo las cuales trabajaba Jeremías y el extraordinario auge con que la idolatría había reemplazado a la religión revelada en Judá, se manifiestan con claridad en las profecías de Jeremías. Asimismo, la angustia espiritual de Jeremías es provocada por esta apostasía. Sin embargo no era un hombre pesimista. Esencialmente era un guerrero de Dios, pero un guerrero que también ejercía las funciones de atalaya y testigo". En una de las muchas veces que fué metido en la cárcel por denunciar el pecado de los sacerdotes, de los pastores, de los falsos profetas, (20:12) el sacerdote Pasur hijo de Imer que presidía como príncipe en la casa de Jehová, oyó a Jeremías que profetizaba estas palabras. "Y azotó Pasur al profeta Jeremías y lo puso en el cepo que estaba en la puerta superior de Benjamín, la cual conducía a la casa de Jehová". Al día siguiente le puso en libertad y le tuvo que profetizar más fuerte aun. Es entonces cuando Jeremías ora y se lamenta de la siguiente manera (20:7-9): "Me sedujiste, oh Jehová, y fuí seducido, más fuerte fuiste que yo y me venciste; cada día he sido escarnecido, cada cual se burla de mí. Porque cuantas veces hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra de Jehová me ha sido por afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de su nombre; no obstante había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo y no pude". Es esta una de las más bellas declaraciones que se hacen en la Biblia acerca de lo que es un genuino llamamiento de Dios. Jeremías es seducido por el amor a su Dios, a tal extremo, que aunque sentía dejarlo había otra fuerza mayor que su voluntad metida hasta dentro de sus huesos y ardiendo en su corazón que le decía: No puedes olvidar mi nombre, no puedes echar a un lado tu vocación, te he atado con cuerdas de amor. Un llamamiento es como una espina en el corazón, que duele un poco, pero si la sacas mueres. Saulo de Tarso: Un hombre de armas tomar, se propone destruir a la iglesia naciente. Persigue, arresta, encarcela; mata en el nombre de Dios. Es un hombre con madera de líder: Inteligente, ambicioso, valiente, disciplinado, astuto. Se enfermaba de oír el nombre de Jesús. Es la antítesis del amor y la piedad. Cuando iba a Damasco con una macabra encomienda, cae al suelo como fulminado por un rayo de luz, ciego. Y lo primero que oye es la voz amorosa de Jesús mencionando su nombre para hacerle una conmovedora pregunta: "Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón". A partir de ese momento Saulo siente que el amor de Jesús le reclama para el establecimiento de su reino en la tierra. Y ¿qué cambió? La espada por la cruz; el odio por el amor, la religiosidad fanática por una fe que ponía en práctica todo el consejo de Dios. En el año 1977 tuve la oportunidad de visitar Grecia. Formaba parte de un grupo de creyentes. Estando sobre lo que se suponía que era la plaza donde los griegos daban sus charlas filosóficas, la guía de turistas nos dijo que en Grecia Pablo era el apóstol del amor y no Juan. Allí leímos 1 Corintios 13 (lo que ella llamó el himno) y al final, un no creyente del grupo dijo: "Acepto a Cristo como mi Salvador, su amor me ha ganado, como a Pablo..." Fué una escena de amor y lágrimas, porque su esposa una fiel cristiana, luchó hasta convencerlo para que hiciera ese viaje. No sé hasta qué punto es aquí válido lo anecdótico, pero hasta la guía griega se pasó por los ojos un pañuelo de papel y luego cubrió su generosa nariz y su boca cansada de explicar las cosas en inglés. Pablo llega a ser un apóstol seducido por el amor de Cristo. El don de evangelista es evidente en él. Viaja, establece iglesias por donde pasa, convence a judíos y gentiles. En tres viajes, Pablo evangelizó la mayor parte del territono occidental del Asia Menor, Macedonia y Grecia. Por suerte nos quedaron sus cartas y el testimonio del doctor Lucas en los Hechos de los Apóstoles. En Hechos 26 Pablo da su testimonio ante el rey Agripa y explica por qué está siendo tratado injustamente como un delincuente. (Hechos 26:9-19, leerlo). Y termina: "Por lo cual, oh rey Agripa no fuí rebelde a la visión celestial". Recojo sin ningún método de estudio que no es el caso algunas declaraciones del apóstol de los gentiles: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Romanos 8:35-39. Esta declaración y como testimonjo no necesita comentario, que ya los hay muy buenos, pero grosso modo diré: "Si amamos a Dios y estamos bajo su amor, nada más importa. Ni sufrimientos físicos y morales de los cuales Pablo sabía mucho por experiencia, ni los temores ancestrales que todos llevamos dentro: La muerte, la vida, las potestades superiores, el futuro; lo alto (quizá se refería a la astrología) lo profundo (¿el infierno?), ¡nada, nada, nos podrá separar del amor de Dios! Por este amor somos liberados de la tiranía del destino para hacernos más que vencedores" ...para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Efesios 3:17-19 Sólo diré: Arraigados y cimentados en amor, para ser capaces de comprender y de ser fieles a nuestro llamamiento. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a Sí mismo por mí. Gálatas 2:20 Cuando don Miguel de Unamuno, leyendo su Nuevo Testamento en griego llegó a Filipenses 3:8, exclarnó: Pablo era Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo... Después de hacer una lista de las cosas por las cuales se podía estar orgulloso, sale el v.8 como una gran declaración de un llamado por el Señor. "Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor; juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida" (2 Timoteo 4:6-8). Es quizás su última carta desde la prisión donde le han dejado solo, enfermo y ya anciano y escribe esta declaración de fe, como uno que va a partir con el Señor, y no como un moribundo que avanza involuntariamente hacia lo desconocido. Como dice él en otra parte de esta carta: "Porque yo sé a quién he creído". Parecería que estamos hablando de testimonios irrepetibles, de hombres irrepetibles, pero el amor que inflamó a Pablo es el mismo que se nos da hoy por medio del Espíritu Santo. No fué fácil para Pablo, pero para combatir lo fácil o lo difícil hemos de responder vez tras vez como un examen permanente al ¿me amas? de Jesús. Pedro es un hombre singular: Inquieto, apasionado, valiente, inconstante... Es el hombre que anda sobre las aguas, pero también el apóstol que le niega. Una cosa hemos de decir a su favor, y es que siempre buscaba de nuevo a Jesús. Y es de Pedro, de quien al parecer el Maestro
esperaba mucho, a quien le hace un segundo llamamiento (¿segundo?); es un
examen riguroso, que constaba de tres preguntas, pero no eran preguntas para el
intelecto, sino para el corazón: Jesús no le preguntó a Pedro si amaba a las ovejas, sino: "¿Me amas (a mí)?" El Maestro lleva la lealtad que está presidida por el amor a un nivel trágico, a un martirio seguro: "Cuando eras más joven te ceñías e ibas a donde querías, mas cuando ya seas viejo extenderás tus manos y te cenirá otro y te llevará a donde no quieras". (Esto dijo dando a entender con qué muerte iba a glorificar a Dios.) Podía ser fiel hasta el fin, porque el amor por el Buen Pastor era genuino y no emocional, romántico o ramplón. Dios nos está preguntando, si después de llevar por años la cruz, si después de tirar y tirar la red sin pescar nada, si después del desgaste físico, psíquico y moral que produce nadar siempre contra corriente, aun le amamos. Y no valen comparaciones. Cuando Pedro vio a Juan con cara de no ir, como que se quedaba en lugar más seguro, dijo a Jesús: "Señor; ¿y qué de éste?" La respuesta fué: "Si quiero que él quede hasta que yo venga ¿qué a ti? Sígueme tú". Un llamamiento irrenunciable está presidido por el amor del Señor y el amor del discípulo.
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