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"Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren." Jn..4:23 |
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Ps. Fernando Alexis Jiménez- Evite herir con lo que diceLa mujer estalló en ira cuando el muchacho, sin pretenderlo, volteó la olla donde se cocían fríjoles para el almuerzo. Su imprudencia le costó una quemadura en el brazo que mira de vez en cuanto para recordar lo inquieto que fue en su niñez. La cocción se desparramó en el suelo y la madre salió tras él con una correa. "Maldito, por eso no progresas ni creces, porque tienes la maldad en tu corazón", le gritó en la distancia mientras que rolando se alejaba hacia un parque cercano. Pasó el resto del día sentado en una banca de cemento. A lo lejos sus amiguitos jugaban futbol, en medio de una algarabía de carnaval. No quiso acompañarlos. Estaba apesadumbrado. Aunque no podía expresarlo con palabras, una opresión en el corazón le llevaba a experimentar temor de regresar a casa, y dolor por las palabras de su madre. El sol dio su vuelta, juguetón en la mañana, inclemente al mediodía y nostálgico al caer la tarde, y cuando anocheció, las primeras estrellas que brillaron en el cielo lo sorprendieron apesadumbrado y con hambre. Aún hoy, cuando mira la cicatriz de su brazo, recuerda aquél incidente. "Me dolió muchísimo la maldición de mi madre. He llegado a creer que no me va bien por lo que ella dijo", rememora con tristeza. Fue necesario recordarle un pasaje de la Escritura valiosísimo para quienes han vivido experiencias similares: "No le va bien la nieve al verano ni la lluvia a la cosecha ni los honores al necio. Como gorrión perdido o golondrina sin nido, la maldición sin motivo jamás llegará a su destino." (Proverbios 26:1, 2, versión Dios habla hoy). Aún con el pasaje Escritural ante sus ojos, no quería dimensionar la necesidad de perdonar a su madre y perdonarse a sí mismo, por el error cometido esa lejana mañana de su infancia; y también, quitarse de la cabeza la idea de que sería un fracasado por siempre jamás. Unas recomendaciones Los padres, presos de la ira, suelen incurrir en el error de maldecir a sus hijos. Es grave en la medida en que—de acuerdo con las Escrituras—las palabras ejercen influencia y maldecir trae daño. Es necesario, por tanto, medir cuidadosamente lo que vamos a decir, y más tratándose de lo que expresamos en medio de un estado alterado. Un segundo aspecto es el enorme daño que causamos a los demás con las ofensas. Generalmente quedan grabadas en su corazón, y las consecuencias negativas llegan a ser impredecibles. Por último, una reflexión: ¿Se ha preguntado cuántas veces sus palabras terminan siendo ofensivas? Si lo hace, entrará a aplicar cambios en su vida con ayuda de Dios, de cara a ese cambio y crecimiento que anhela en lo personal y espiritual. Recuérdelo: usted pude cambiar con ayuda de Dios. ¡Decídase hoy! |
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