Me abordó cuando caminaba tranquilo por la Plaza de Caycedo, monumento
arquitectónico de comienzos del siglo pasado. Embelesado en las palmeras
mecidas por la brisa de la tarde y la amalgama de rostros, colores y
emociones: del vendedor ambulante, la señora que ofrece el "número ganador
de la Lotería", el niño que ofrece rosas a unos pocos pesos y el
saltimbanqui, rodeado de curiosos, que anuncia la octava maravilla de
Haití.
--No se qué hace, ayúdame…--me dijo preso de la desesperación Juan
Franco. Asociación de imágenes y recuerdos en cuestión de segundos. Por
años fue guardia de seguridad de un alto funcionario con quien yo
trabajé--. No puedo resolver los problemas con Rosalba. ¿Qué hago?
Dímelo, ¿qué hago?—
Su rostro reflejaba la angustia de muchos días de deambular, y noches de
divagar por los terrenos infinitos del desvarío.
Estaba a las puertas de separarse. Su hijo mayor le había confesado que
tenía una fuerte adicción a las drogas y, además, llevaba un mes y veinte
días sin trabajo. "No encuentro salida a mi laberinto", se lamentó.
Sabía de mi condición de cristiano; por esa razón me abordó en la calle.
Nos sentamos y hablamos por espacio de quince minutos. La recomendación la
que siempre hago a quienes me interrogan con el mismo asunto: "El único
que nos puede ayudar a resolver ese asunto es el Señor Jesucristo. Él te
dará una salida al laberinto".
La lucha no fue fácil para él. Estaba acostumbrado a llevar toda la carga
y tratar de resolver los problemas a su manera. Sin embargo, cuando
decidió no luchar más en sus fuerzas sino en las de Dios, todo cambió.
Vino paz a su vida. Entendió que era con el poder del Señor como podía
desarrollar la condición de vencedor con la que había sido concebido por
Dios.
Jesucristo, la fuente de la paz interior
Si tenemos claro que la paz interior no depende de lo variables que pueden
ser los estados de ánimo; que en tanto hayan preocupaciones, estaremos
ansiosos y que hay problemas que no está en nuestras manos resolver, es
necesario aprender otro principio: una estrecha dependencia del Señor
Jesucristo.
El amado Salvador es la fuente de la verdadera paz, como lo dijo a sus
discípulos y también a nosotros hoy: "La paz os dejo, mi paz os doy;
yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga
miedo"
. Un poco más adelante, dirigiéndose a una
multitud, reafirmó que de Él procede la verdadera paz: "Estas cosas
os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción;
pero confiad, yo he vencido al mundo" (Juan 16.33).
El asunto esta en mantenernos unidos a Él. Permitir que Jesús gobierne
nuestro ser: lo que pensamos y hacemos. Esa disposición nos lleva a
conservar la paz interior que convierte a hombres y mujeres en auténticos
vencedores, por encima de las circunstancias.
Para terminar, una pregunta: ¿Se proclama cristiano? Si es así: ¿Por qué
vive asediado por la amargura y la frustración? Recuerde que la paz
interior es un principio esencial del reino de Dios, como enseñó el
apóstol Pablo: "