Se sentó con la extraña sensación de que todo el mundo, con sus problemas,
pesaba sobre sus hombros. Aunque se mostraba como demasiado rudo,
expresando agresividad en su mirada y violencia que escapaba por todos sus
poros, muy en lo íntimo—en la soledad—también experimentaba temor,
tristeza y desesperación. Y, como en aquella ocasión, lloraba. Lágrimas
gruesas surcaron sus mejillas y se perdieron en la comisura de los labios.
--No se qué hacer…--se repetía. Tenía problemas por todas partes.
Con su novia, dos años menor que él y con quien pensaba rehacer su vida
después de una traumática separación. En el trabajo, problemas con todos.
Lidiar con temperamentos y perspectivas diferentes de la vida era bastante
complejo. Además, dinero que debía tazar con sumo cuidado, para sobrevivir
hasta el fin de mes.
No podía conciliar el sueño. Lo intentó todo: leer libros (hasta uno
aburrido sobre economía nacional), ver televisión, escuchar música... pero
no lograba concentrarse.
--Por mucho que quiera hacer algo, no podré resolver a mi manera todo
esto—concluyó cuando rayaba la madrugada y se dio por vencido, después
de luchar con sus pensamientos de derrota.
Ese día comprendió que no podía seguir igual. Llenándose de amargura.
Sintiendo que estaba derrotado. Que nada valía la pena. "Voy a
dedicarme a ser feliz", se repitió. Pero esa determinación estaba
fuertemente enfrentada a la realidad: lo hacía en sus fuerzas. Sólo cuando
decidió que Dios tomara control de su existencia, pudo dar pasos seguros
hacia la conquista de esa meta…
La paz interior, una decisión personal
En el proceso de afianzar esa cuarta Ley del Reino de Dios, tenga presente
que Dios no nos concibió para vivir amargados sino "…que a paz nos
llamó Dios. "(1 Corintios 7:15 b) Sobre esta base, cada quien
decide si se amarga o por el contrario, con ayuda de Dios, avanza hacia el
afianzamiento de la paz interior en su existencia. Nadie nos obliga.
Insisto que se trata de una decisión personal.
El apóstol Pedro, por su parte, reafirmó este principio cuando escribió a
los cristianos del primer siglo y a nosotros hoy: "Porque: El que
quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus
labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz,
y sígala" (1 Pedro 3.10, 11). Cuando optamos por la paz, esa paz
gobierna nuestra forma de pensar y de actuar: "Y la paz de Dios
gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un
solo cuerpo; y sed agradecidos" (Colosenses 3:15).
Piénselo por un instante: usted puede optar, con ayuda de Dios, por esa
tranquilidad que le permite dar pasos sólidos hacia una vida plena:
"Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros
corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús."(Filipenses 4.7).
En adelante, recuérdelo siempre: la decisión de amargarse o vivir con
alegría, gobernado por la paz interior, es suya y nada más que suya.