Aun cuando se arrepintió de sus años de maldad, Juvencio Mosquera vivió
por años escondido en un pueblo remoto de Bolivia tras una vida de maldad
en la que dejó familias huérfanas y huellas impregnadas de tristeza y
dolor.
Sólo vino a tener paz, el día en que reconoció que esa afanosa búsqueda de
refugio, en la que no hallaba sosiego porque aún en el lugar más recóndito
sentía que alguien o algo lo perseguían, el día que pidió perdón a Dios.
Luego, tranquila su conciencia, vino un segundo paso que le permitió
afianzar la paz interior: a través de un amigo de su país de origen, se
dio a la tarea de conseguir las direcciones de las familias en las que
había sembrado tanta angustia con robos y crímenes. Y en un espacio de
siete meses, envió doscientas veinte cartas pidiendo perdón.
"Ahora puedo vivir tranquilo, porque me perdonaron. Y si alguien aún
conserva su odio, se que Dios tocará su vida para que algún día lo hagan",
señala con una sonrisa que ilumina su rostro.
La conciencia de pecado nos roba la tranquilidad. En tanto no estemos a
cuentas con el Señor, sentiremos la sensación de que algo nos falta. Por
esa razón, hay tres pasos recomendables: el primero, arrepentirnos por las
fallas cometidas hasta ahora; el segundo, pedir perdón a Dios por nuestros
pecados, y el tercero, disponernos para el cambio con Su divino poder.
Alimente el hábito de la alegría
Recientemente en Colombia se realizó el Primer Congreso Internacional de
la Felicidad. Los expertos coincidieron en señalar que el problema del ser
humano es que confunden felicidad con estado de ánimo, y por el hecho de
que son variables, lo que hoy llaman estar feliz, en cuestión de horas y
minutos puede ser preocupación o amargura. La verdadera felicidad,
explicaron los especialistas, parte de un principio de vida, que es de
carácter permanente.
Ahora, si queremos que se produzca el afianzamiento de esa felicidad no
producto de las circunstancias sino como un principio de vida, debemos
tener paz interior, la misma que parte de una buena relación con Dios. Él
es el dador de la felicidad como describió el rey David: "Tú diste
alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su
mosto. En paz me acostaré, y asimismo dormiré porque solo tú, Jehová, me
haces vivir confiado" (Salmo 4:7, 8; Cf. Salmo 29:11).
La paz interior permite que tengamos tranquilidad y dominio de la
situación, cualquiera sea la situación que enfrentemos, adversa o
favorable.
Usted fue concebido por Dios para ser un ganador. No es justo que siga
preso de la amargura, derrotado y sintiendo que la vida no tiene sentido.
Dos metas para hoy: reconozca sus errores y pida perdón a Dios—quien lo
hará—y, segundo, dispóngase para el cambio con Su divina ayuda. ¡Podrá
lograrlo!