La conocían como Doña Amargura. Tenía cuarenta años, pero parecía
de cincuenta, con muchas arrugas surcando su rostro y la tristeza
reflejada en el rostro, la misma que le robaba encanto a su sonrisa. Era
devota católica y no fallaba a misa de domingo. Incólume, insensible, con
el ceño fruncido.
Las personas le miraban con reticencia y en más de una ocasión, los niños
le gritaron: "Vieja bruja…" y salían corriendo.
Incluso se llegó a rumorar, que su casa era cuna de espantos. Tal vez
porque vivía en esa soledad tan pesada, que se podía palpar con las manos.
Ah, y no me deje olvidar de un detalle que le llamará la atención: no
tenía amigos porque con todos reñía. Laura se había convertido en el
problema del pueblo. La amargura destilaba por sus poros. Algunos la
atribuían al hecho de que su esposo había muerto muy joven, mientras hacía
un viaje a la capital. Otros, al hecho de que no tuvo hijos.
Un día alguien, audaz y en cierta medida sin medir el alcance de las
consecuencias, se atrevió a abordarla para hablarle del poder
transformador de Jesucristo.
--Váyase de mi casa ahora mismo, o le voy a echar agua…--lo amenazó
fuera de sí.
Su eventual interlocutor no se inmutó. Le extendió una Biblia ajada y la
retó a leerla. Ella le cerró la puerta en las narices. Y aunque tiró a un
rincón el ejemplar de las Escrituras, una noche comenzó a leerla y le
impactó un pasaje que sería la entrada a una vida renovada: "Yo he
venido para que tengan vida, y vida en abundancia" (Juan 10:10 b).
Desde ese momento se arriesgó a creer y su vida comenzó a experimentar
cambios. El cambio no se produjo de la noche a la mañana, fue progresivo.
Y esa transformación le llevó a algo que jamás imaginó, aunque lo
anhelaba: la paz interior.
Hoy ayuda como maestra de Escuela Dominical en la iglesia en la que se
congrega. "Ahora sí puedo decir que vivo plenamente", señala Laura
con una amplia sonrisa.
Situaciones que nos afectan
Una encuesta publicada por el diario El País, de amplia circulación en
Colombia, referente a cuáles eran los factores externos que incidían
negativamente en la salud mental, reveló que para el 69%, eran los
problemas económicos; un 11% opinó que las dificultades intrafamiliares;
un 15% expresó que le desencadenaban inquietudes las discusiones con la
pareja y un 5% que otros aspectos estrechamente ligados a las relaciones
interpersonales. En total se auscultó el criterio de 1.086 hombres y
mujeres.
Todos coincidieron en señalar que los obstáculos y las dificultades
desencadenaban inestabilidad en sus emociones e incidían negativamente en
su forma de ver la vida.
El equilibro espiritual es esencial para avanzar en el proceso de afianzar
un reordenamiento del mundo interior. En ese orden de ideas un paso
esencial que debe dar toda persona, es tener una buena relación con Dios.
Uno de los patriarcas de la antigüedad lo expresó en términos sencillos
que encierran un profundo significado: "Vuelve ahora en amistad con
él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien" (Job 22:21).
La conciencia de pecado nos roba la tranquilidad. En tanto no estemos a
cuentas con el Señor, sentiremos la sensación de que algo nos falta. Por
esa razón, hay tres pasos recomendables: el primero, arrepentirnos por las
fallas cometidas hasta ahora; el segundo, pedir perdón a Dios por nuestros
pecados, y el tercero, disponernos para el cambio con Su divino poder.