Fue un incidente doloroso. El padre no esperaba ese comportamiento de
Mauricio. Se lo hizo saber: "Estás actuando de manera extraña, y por el
bien de todos, creo que debes cambiar". El muchacho volvió su mirada
con rabia al progenitor y le arrojó un libro. "Déjame en paz", le
gritó.
Él quedó sorprendido. Aquello era inconcebible. Aunque el chico ya rayaba
los trece años, decidió darle una muenda con la correa. La situación se
complicó aún más. La madre tuvo que separarlos.
--Vete de mi casa ahora mismo--, le gritó el padre fuera de
control--. Lo que me faltaba, que un hijo me agrediera. Vete ya—vociferaba.
Pasó bastante tiempo antes que se pudieran sanar las heridas y llegaran a
la comprensión, de un lado sobre la forma como había actuado el muchacho,
y de otra, la reacción del padre, airado por lo que consideraba era un
desafío a su autoridad.
--Pidámosle a Dios que nos ilumine—le recomendó su esposa una noche,
después de la cena, aprovechando que se encontraban solos.
--Si, creo que es lo más aconsejable—respondió él, a quien se le
dificultaba comprender por qué un cristiano enfrentaba ese tipo de
problemas al interior del hogar. Trabajaba duro. Ella también. Y le habían
dado lo mejor al muchacho. "No debería ser así", se repetía una y
otra vez. Pero Dios ayudó a resolver el conflicto.
La BBC publicó recientemente un informe sobre un fenómeno que se orienta
en dos direcciones. La primera, el creciente número de padres que trabajan
y, en la segunda dirección, la alternativa que encuentran de encontrar lo
que se llama en Norteamérica "Nannies". El Consejo Nacional de la Raza
calcula que de los más de 70 millones de niños y niñas en ese país, el 31%
vive con sus dos progenitores pero a su vez, ellos no están en casa
durante el día.
¿Qué podemos esperar si pasamos poco tiempo con los hijos, y además, están
enfrentando cambios significativos en los diferentes períodos de su
crecimiento y formación? Otro elemento clave es que no tomamos el tiempo
necesario para conocer sus problemas, fundamentar en ellos principios y
valores y enseñarles el valor de la disciplina y las normas al interior
del hogar.
¿Se puede hacer algo?
Por supuesto que sí. Cuando nuestro amado Señor Jesucristo reina en el
hogar, necesariamente debe producirse una transformación en el esquema
padres-hijos. Pero es necesario darle el primer lugar y permitirle que
actúe. A continuación compartimos algunos principios que son de muchísima
ayuda:
En primera instancia los principios y valores no se negocian. Constituyen
el cimiento más valioso que podemos impartirles. El rey Salomón compartió
este principio fundamental al escribir: "Instruye al niño en su
camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él" (Proverbios 22:6).
Aproveche los espacios y el tiempo cuando pueda interactuar con sus hijos,
para plantar en ellos pautas que pueden ser imperecederas y les ayudarán a
desenvolverse exitosamente en su proceso de formación pero también en la
edad adulta.
Corregir a un hijo jamás resulta agradable, sobre todo cuando les amamos y
no quisiéramos darles una reprimenda. Pero la disciplina es necesaria,
como lo enseña la Biblia. En el proceso de formarlos, debemos cuidar de no
caer en el desequilibrio, llevando el castigo a herirlos tanto física como
sicológicamente, aspecto sobre el cual advirtió el apóstol Pablo: "Y
vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en
disciplina y amonestación del Señor" (Efesios 6:3-5).
A éste convencimiento debemos sumar otro, y es que impartir disciplina
está asociada a nuestra tarea como padres: "Porque el Señor al que
ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. Si
soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es
aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina,
de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no
hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos
disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al
Padre de los espíritus, y viviremos?" (Hebreos 12:6-9).
Es clave que sus hijos comprendan—y permítame insistirle en que hay que
explicarles el por qué los disciplinamos—que estamos no solo para
castigarlos sino para prodigarles amor, comprensión y apoyo en nuestra
condición de padres.