Murió cuando faltaban dos días para que cumpliera ochenta y siete años.
Los nietos tenían preparada una fiesta en una finca. Torta y música
folclórica. Lo que le gustaba. Su deceso pudo pasar desapercibido, pero no
fue así. Ramón Peralta Arsayús, un curtido campesino de Costa Rica se
convirtió en record mundial. ¿La razón? Cumplió doce años, cuatro meses y
seis días, odiando a su padre.
Era un adolescente cuando el progenitor lo regañó en medio de una reunión.
"No debes intervenir en las conversaciones de los adultos, porque eres
un niño", le riñó su padre. Como él levantó los hombros, presa de la
ira el hombre le golpeó la cara y lo envió al cuarto. Ese incidente jamás
se borraría de su mente. "Lo odio", se repetía una y otra vez.
Los esfuerzos de su padre resultaron inútiles en procura de que volvieran
a tener un trato amable. La mirada del muchacho siempre estuvo cargada de
resentimiento. Ni siquiera lo perdonó un día en que, embriagado, le pidió
perdón. "Hijo, reconozco que el incidente de aquel día te dolió.
Perdóname". Él se limitó a sonreír, y no dijo nada. No lo perdonó.
Cuando agonizaba en una clínica, el padre llamó a Ramón, pero ni siquiera
en ese momento tan emotivo, tomó la decisión. Así se lo compartió a su
esposa y a sus hijos: "No creo que pueda perdonarlo jamás".
Siempre insistía que en su lápida colocaran: "Aquí yace alguien que no
pudo perdonar". Y aunque se negaron a hacerlo, sus familiares
comentaron el día del velorio que anidó el odio hasta el último instante
de su vida…
Dios te perdonó, estás llamado a perdonar
Desde antes de la creación del mundo, Dios nos amaba. Él es amor y su amor
por nosotros no tiene límites (Jeremías 31:3 a; 1 Juan 4.7; Juan 3:16).
Cuando comprendemos la grandeza de ese amor, apreciamos en su verdadera
dimensión el hecho de que amar debe ser uno de los distintivos que marque
la diferencia donde quiera que estemos, en lo que pensamos y hacemos:
"Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos
a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. Todo el que
odia a su hermano es un asesino, y ustedes saben que en ningún asesino
permanece la vida eterna" (1 Juan 3:14, 15. Nueva Versión Internacional).
El amor de Dios debe ser correspondido. Él nos ama—eso está claro--. Y
nosotros debemos amarnos y amar a quienes están alrededor, con los que
interactuamos e incluso, a quienes nos despiertan animadversión sin
haberles tratado.