Hace pocos días mientras ministraba en una reunión al oriente de mi amada
Santiago de Cali, un niño se levantó de su silla y aprovechando que todos
entonábamos himnos, salió a la calle a jugar fútbol con sus amigos.
La madre salió furibunda a reñir con él. Una vez terminamos, razoné con
ella sobre la necesidad de comprender el grado de hiperactividad del
chico, que rayaba en la fase de la adolescencia. "También usted fue
niña y entenderá que a esa edad, se es un poco inquieto", le dije.
Coincidimos que si bien es cierto la necedad está ligada al comportamiento
de los menores, hay que corregirlos con firmeza pero también con amor,
cuidando de no provocarles heridas emocionales con palabras agresivas, y
una golpiza revestida de furia por parte de quien la propina.
Para alcanzar la sabiduría necesaria en el proceso de formación, debemos
pedirle a Dios que nos ayude y nos permita tomar decisiones apropiadas en
cuanto a la disciplina que debemos impartirles.
Corrija con firmeza pero con amor
Una madre se lamentaba de que su hijo estuviera inmerso en las drogas y la
delincuencia. Al analizar el caso, reconoció que actuó con demasiada
laxitud cuando apenas era un chico. Ahora estaba pagando las consecuencias
con sufrimiento y lágrimas.
Con sabiduría la Palabra de Dios enseña: "Corrige a tu hijo y te
hará vivir tranquilo, y te dará muchas satisfacciones"(Proverbios 29:17,
Versión Popular). También leemos: "Corrige a tu hijo
mientras pueda ser corregido"(Proverbios 19:18, Versión Popular).
Es esencial que comprendamos la necesidad de corregir a tiempo a nuestros
hijos. Expresarles que le amamos y que es justamente, porque procuramos
para ellos una buena educación, que les corregimos. Pero también es
imperativo medirnos cuando lo hacemos. Una cosa es darle unas buenas
palmadas en las posaderas, y otra bien distinta, golpearles de manera
inmisericorde hasta saciar nuestra rabia por el error en el que han
incurrido.