El barrio fue agradable hasta que, un desconocido, que llegó una mañana de
viernes en un carro cargado de bártulos, sonriendo como político en
campaña, decidió abrir un negocio de billar, luego vender licor y, por
último, traer mujeres de mala reputación.
Los viernes se convirtieron en un martirio, los sábados eran insufribles y
los domingos, un verdadero infierno. Nadie volvió a dormir tranquilo, e
incluso, cuando el calor era más intenso al caer la tarde y todos temían
que las bombillas del parque se derritieran cayendo al suelo como densas
gotas de vidrio, nadie volvió a cerrar los ojos en esa siesta que otrora
era su mayor delicia.
Muchas veces hubo problemas. Los borrachos se peleaban por las mujeres de
aquél antro. Y como en las películas del viejo oeste, eran arrojados desde
la cantina hasta la mitad de la calle, a donde iban a parar como un costal
de patatas.
--La única alternativa es orar—recomendó la evangélica del pueblo.
Muchos no le creyeron, se rieron y llegaron a insinuar que eran puros
cuentos de viejas. Pero al fin el desespero fue tal, que terminaron
acompañándola en las caminatas matutinas, cuando daba vuelta a la esquina,
declarando en el nombre de Jesucristo que ese antro de pecado caía al
suelo.
--Son una manada de fanáticos—se burló don Alirio la mañana que los
vio. Pero debió tragarse sus palabras cuando un mes después, el dueño de
aquél negocio de pecado y perdición, se fue con la misma estruendosa bulla
que cuando llegó. Hoy en ese sitio hay una tienda de abarrotes.
Satanás perdió terreno. Las oraciones de todos los que habitaban en el
lugar, dieron al traste con sus planes.
Róbele terreno al enemgio
Aun cuando muchas personas se resisten a aceptarlo, Satanás (del Hebreo
Satan que traduce adversario, y del Griego
Diabolos, que significa acusador, opositor y calumniador) y sus
demonios ejerce dominio territorial con la autoridad que le concede el
pecado del hombre.
El apóstol Pablo lo dejó muy claro cuando escribió a los cristianos del
primer siglo: "Porque no tenemos lucha contra poderes humanos sino
contra malignas fuerzas espirituales del cielo, las cuales tienen mando,
dominio y autoridad sobre el mundo de las tinieblas que nos rodea"
(Efesios 6:12, Versión Popular).
Permítame resultar tres términos del pasaje: mando, dominio y autoridad.
¿De dónde deriva el adversario tal potestad? Del pecado del género humano.
Por este motivo, alguien redimido por Jesucristo, debe levantarse en poder
y en victoria, ejerciendo autoridad—la que le delegó el Salvador—tal como
lo enseña el apóstol: "Sométanse, pues a Dios. Resistan al diablo, y
éste huirá de ustedes"(Santiago 4:7, Versión Popular).
Es evidente, por el pasaje, que no solo tenemos autoridad, sino que
podemos lanzar en huida al diablo. Pero debemos pararnos en la brecha,
firmes, dependiendo de nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo. Con Él,
tenemos asegurada la victoria.