Siempre pensó que jamás terminaría la cadena de injusticias que cometían
contra ella en su oficina. Especialmente Adelaida, la Supervisora de
Documentación. Por alguna extraña razón, que ella misma no se podía
explicar, un día le tomó ojeriza. Y no desaprovechaba ocasión para
humillarla en público y hacerle sentir mal.
Cuando la veía llegar, apenas cruzaba el umbral del ascensor, algo se
revolvía en su estómago, le dolía la cabeza y le daban náuseas. "Dios
mío, no puedo soportarlo", repetía por lo bajo.
El día se le ensombrecía con solo darse cuenta que era lunes y tenía que
encontrarse con esa jefe. "No lo soporto más", le dijo varias veces
a su esposo. "Pero debes seguir adelante, mira que no tenemos más que
tus ingresos y los míos", replicaba él.
Y decidió dos cosas: primero, descansar en Dios. Cada vez que venía a su
corazón un estado de zozobra por esa situación, le clamaba a Él. Y le tocó
ver, con sus propios ojos, el día que la mujer salió llorando de la
oficina del gerente. La estaban desvinculando. Ella sintió pesar en su
corazón, pero comenzó a razonar que quien siembra maldad, recibe maldad.
Las bendiciones de obrar bien
Obrar bien y mal traen, por su propia dinámica, bendición o maldición. Una
verdad del Reino de Dios que el hombre no puede modificar, a menos que
modificar se refiera a cambiar su actitud hacia los demás. No podemos
pretender que si actuamos con maldad, nos vaya bien en todo cuanto
emprendamos.
En la Biblia aprendemos un principio maravilloso: "Los malvados se
derrumban y dejan de existir, pero los hijos de los justos permanecen"
(Proverbios 12:7).
No debe extrañarnos que aquél que se mueve bajo el gobierno del daño a los
demás, maquinando ataques e incluso, desencadenando zancadillas para que
el prójimo se caiga, atraerá a su existencia todo el mal que desea para
los demás.
Su vida puede ser diferente. El proceso de cambio y crecimiento personal y
espiritual comienza con la renovación de nuestra mente. Identificar que
hay pensamientos que nos conducen a la maldad y son los responsables que
actuemos dominados por la envidia, el rencor y los prejuicios. El segundo
paso es pedirle a Dios que nos transforme. Él es el único que puede
ayudarnos en el proceso de sanar la maldad que hay en el corazón. Decídase
hoy. Es el mejor camino que puede emprender…