Se conocieron en la universidad. Una tarde de martes,
cuando Rocío se escapó de la clase de cálculo, la que tantos dolores de
cabeza le provocaba. Ricardo estaba en la plazoleta. Junto a una palma.
Leía un libro. A Mario Vargas Llosa, recordaría ella.
--¿Lees todavía "La ciudad y los perros"?—le
preguntó, no solo extrañada sino con una risita, entre nerviosa e irónica,
para añadir--: Es una novela que se lee en el bachillerato, no cuando
uno cursa una carrera universitaria—
El muchacho no dijo nada. Cerró el texto. Comprendió
que aquella era la oportunidad de su vida para conocer a aquella chica de
pelo castaño, cejas pobladas, pestañas que semejaban una gaviota volando
junto al mar cuando cae la tarde, y una risa que evocaba una cascada
cristalina.
--Apuesto que tú no lees...--la retó.
Los dos rieron porque él había dado en el punto, y
desde ese momento iniciaron una amistad que en menos de dos meses se
convirtió en noviazgo y antes del año, en matrimonio, en una ceremonia
sencilla a la que únicamente asistieron unos pocos amigos, y por supuesto,
los padres.
El problema, pasados diez años, es que ella sentía que
ya no lo amaba.
Las diferencias en la pareja
Los seres humanos somos diferentes por naturaleza.
Genéticamente y desde que Dios formó al primer ser viviente, hay un
misterio maravilloso de la creación, y es que todos—absolutamente
todos—somos distintos, tanto en nuestra constitución orgánica como en la
forma de pensar. El asunto no es que haya diferencias entre unos y otros,
y que tales diferencias apunten a desatar conflictos. El centro del asunto
está en que encontremos puntos de coincidencia en medio de tales
disparidades de criterio y de concepción del mundo que nos rodea.
Cuando en la pareja se presentan divergencias, que
apuntan a ser más profundas hasta tal punto que se conciba lo que usted
plantea: una separación, es imperativo revisar qué condujo a ese punto.
Sin duda usted descubrirá que se dejó de lado algo muy importante. Se dejó
de hablar el idioma del amor, el mismo que unió a la pareja, y que se
convierte en común denominador para los matrimonios.
Todo parte de la niñez. Si en esa etapa maravillosa
recibimos amor, lo replicaremos en nuestra etapa de juventud y adultez.
Igual, si apreciamos a nuestros padres con una relación en la que priman
el amor, la comprensión y la tolerancia, lo testimoniaremos cuando estemos
bajo el esquema del matrimonio. Sin ir a los extremos, puedo asegurarle.
De niños, entonces, sentamos las bases para—en un futuro—amarnos, amar al
cónyuge, y a los demás.
Amar es un distintivo cuando somos creyentes en el
Señor Jesús, tal como leemos en la Palabra: "Y en esto conocerán
todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros"
(Juan 13:35, La Biblia de Las Américas). El amor, a sí mismo y a
los demás, es más que cuatro palabras o un dibujo con un corazoncito. Amor
es sentimiento. Satisface la necesidad primaria de todo ser humano: amar y
ser amado, hasta el punto que el apóstol Pablo le concedió muchísima
prelación al escribir: "Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el
amor; pero el mayor de ellos es el amor" (Romanos 13.13, La Biblia de Las
Américas).
Alguien que no ha recibido amor en la niñez, en su
etapa adulta estará gobernado por la "imposibilidad" de amar, y los
expertos coinciden, en que lo más probable es que será alguien inestable
emocionalmente.
Una forma de contribuir a la tarea de ayudar a hacer
reverdecer la relación, es compartir con nuestra pareja palabras de
motivación así como de reconocimiento a los esfuerzos que hacen en nuestro
bien, y en esa dirección que les orienta, y por qué no decirlo, a nosotros
también, de procurar la felicidad mutua.
Si bien es cierto, nadie está obligado a enamorarse, sí
se puede recobrar el terreno perdido. Es la fase que se conoce en
sicología como la re-conquista. Parte de la decisión que toman las
personas, de mirar los aspectos positivos del cónyuge. Sin duda, al
transcurrir algún tiempo, las circunstancias cambiarán y se verá
nuevamente floreciendo el amor.