Cuando aparece en las fotografías de los diarios junto a reconocidos
atletas del mundo luciendo trajes acordes con la ocasión e incluso,
vestidos de marca, piensa que hace veinte años aquello parecería una
locura. Era la época en que surcaba las trochas y caminos de Etiopía
descalzo soñando que su carrera de una aldea a otra --unas veces en poco
tiempo y las más de las ocasiones por espacio de varias horas en tanto
cubría la distancia--, terminaría algún día compitiendo en representación
de su país. Y así ocurrió años después.
Haile Gebrselassie no llega todavía los treinta años y ya batió quince
records mundiales. Donde quiera que compite, en medio del aplauso
entusiasta de los espectadores y por encima de los comentarios elogiosos
de quienes lo califican de imbatible, lleva en alto el nombre de su país.
Ser campeón mundial no ha cambiado su sencillez y humildad, la misma que
reafirma cuando visita a las gentes del pequeño pueblo donde creció.
Pero hay algo más que acompaña su carrera deportiva. Es la capacidad de
reconocer cuando falla. Como hace pocos meses cuando no alcanzó a batir su
propio registro. Otro competidor le sobrepasó. Haile sonrió sin asomo de
desánimo, se recostó con tranquilidad sobre un pilar del estadio en que
participaba y admitió: "Cometí algunos errores, pero puedo hacerlo
mejor". Está seguro que su rutina de trece carreras por semana,
rendirá resultados satisfactorios. Lo intentará cuantas veces sea
necesario.
En la vida de este atleta negro, dueño de una mirada intensa que semeja
una tormenta cuando apenas despierta el día, y de un entusiasmo al que
jamás renuncia, hay tres elementos fundamentales. El primero, no renuncia
sus metas a pesar de las circunstancias adversas que enfrenta; segundo,
persistir en la tarea de elevar sus propios logros con el propósito de
llegar a la cima; tercero, aceptar sus errores bajo el convencimiento de
que fallar es un paso ineludible para corregir y mejorar cada día.
Reconozca que usted yerra
Todos erramos. Es un derecho natural del género humano, solía repetir el
sacerdote y escritor jesuita Carlos González Vallés. Yo añadiría que quien
no falla, no crece espiritualmente y como persona. Hay errores que
nosotros mismos generamos, y otros que son producto de circunstancias
ajenas a nuestra voluntad.
Admitir que no somos perfectos nos debe llevar a reevaluar la existencia y
a trazar nuevas rutas en la existencia. Pero también, a tener la calma
suficiente para actuar con sensatez, responsabilidad y prudencia.
En ocasiones consideramos que no podemos cambiar. O que quizá es muy
difícil. Nos asalta el desánimo. Pero si en esa batalla sometemos nuestra
voluntad al Creador, sin duda saldremos avante, en victoria. Un ejemplo
práctico lo hallamos en la Biblia. Cuando los israelitas eran perseguidos
de cerca por los egipcios, Dios los exhortó a través de Moisés: "