El día que le confirmaron su progresivo deterioro en el estado de salud,
se visualizó atravesando en enorme puente. En toda la mitad, una frontera.
Podía avanzar hacia la amargura, o dar pasos hacia atrás, hasta llegar al
límite mismo de lo que había sido siempre: una persona alegre y llena de
optimismo.
Juan de Dios Oliveira, de Sao Pablo, Brasil, atribuyó su curación de los
estados depresivos, a dos hechos: el primero, su profunda fe en Dios y en
la sanidad que trae a nuestro ser, y la segunda, cultivar hábitos de
felicidad.
Los seres humanos fuimos creados para vivir plenamente, no para llenarnos
de amargura. El apóstol Pablo escribió en el primer siglo a los cristianos
de Roma sobre la necesidad de no perder el gozo, por encima de cualquier
circunstancia, incluso adversa: "En lo que requiere diligencia, no
perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la
esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración;
compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la
hospitalidad" (Romanos 12.11-12).
Si nos asiste el convencimiento de que Dios está de nuestro lado, nos
fortalece y lleva a la victoria siempre, podremos vencer, no importa qué
obstáculos salgan al paso. La alegría, que brota de lo más profundo de un
corazón transformado por el Espíritu Santo, emergerá siempre:
"…porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y
gozo en el Espíritu Santo."(Romanos 14:17)
Permítame decirle algo: si está presa de la amargura o el desánimo, no es
culpa de Dios sino de usted mismo, porque su actitud no se afinca en el
Señor, sino en sus propias condiciones, que parten de una actitud sin fe,
negativa.
La felicidad transforma
Uno de los hombres más gozosos de nuestro siglo, el médico Patch Adams,
pasa 300 de los 365 días del año, hablando de la felicidad. Es un hábito
que asumió cuando tenía 24 años. Si tomamos como fundamento el que hoy
tiene 65 años, tendremos como resultado que lleva más de cuarenta años
practicando el principio del gozo.
La más reciente encuesta desarrollada sobre salud mentad, bienestar y la
felicidad en Latinoamérica, reveló que en San José de Costa Rica, viven
las personas más inclinadas a la felicidad (46,4%) y le siguen en su orden
México D.F. (46%), Santiago de Chile (44%), Sao Pablo, Brasil (42%),
Bogotá (40%), Lima (35%) y Buenos Aires (33%).
Aseguran los especialistas que la salud emocional es un proceso que parte
de la paz interior y se refleja en nuestro trato con los demás. Produce
una actitud positiva ante la vida, eleva la autoestima, permite disfrutar
la relación con los demás y en familia. Ahora: Ser feliz no depende de las
circunstancias sino de cada quien, de la forma como asume las cosas. No es
tanto de los amigos, o de los bienes que poseamos, el trabajo, las
posesiones materiales, el cargo que ocupemos o la apariencia física. Ser
feliz tiene sus cimientos en nosotros.
El apóstol Pablo instruyó a los cristianos del primer siglo: "Mirad
que ninguno pague a otro mal por mal; antes seguid siempre lo bueno unos
para con otros, y para con todos. Estad siempre gozosos" (1 Tesalonicenses
5:15, 16).
Estar gozosos no debe ser de un día, sino una disposición permanente. De
ahí que hablemos de cultivar el hábito de la felicidad. Eso se logra
cuando valoramos las pequeñas cosas. No olvide que quien transforma
nuestro ser es el propio Señor Jesús. Y a este mover poderoso de Dios,
permítame sumar una recomendación de Patch Adams: "La felicidad es una
opción que los seres humanos tomamos o rechazamos cada mañana, al abrir
los ojos".
Renuncie hoy a la infelicidad, y permítale al Supremo Hacedor que cambie
su vida. Sus días serán diferentes.