El empleado, recién incorporado a la empresa, no pasaba de ser un obrero
más, con chistes ramplones, una voz chillona que desentonaba cuando
pretendía interpretar una canción, zapatos sin lustrar y camisas de las
más económicas del mercado.
--No creo que Leonardo sea buen empleado—cuestionó Lucedna, la
secretaria de Recursos Humanos.
--Te equivocas, es un buen trabajador. Se destaca por su impecabilidad
en la sección de calidad—defendió el Supervisor del turno de la
mañana.
Pero Lucedna no era la única que evidenciaba animadversión hacia el joven.
Dos compañeros de la misma sección se habían dado a la tarea de difamarle.
"Es un ignorante. Salta a la vista, incluso en su forma de vestir.",
comentaron en el casino, a la hora de tomar los alimentos.
Rutina. Ocho horas laborales que se iban como agua entre las manos, y
apenas sonaba la alarma para anunciar la terminación de la jornada, la
misma sensación de "pudimos hacer más, pero no lo hicimos". Y el
calor insoportable en bodegas inmensas llenas de estibas y ruido de
maquinaria recorriendo los pasillos.
La oportunidad llegó en el que cambió todo el panorama. Se averió el
computador del gerente; justo cuando estaba sacando un informe para los
accionistas. Se puso furioso. Gritó. Ofendió a la secretaria. Y ella,
desesperada, salió a buscar ayuda. Finalmente fue a la sección donde
estaba Leonardo. "¿Alguien sabe de sistemas?", dijo. Y él dio
varios pasos adelante y se ofreció: "Déjeme ver qué podemos hacer".
--¿Cómo lo resolvió?...—interrogó el gerente. Lucedna no perdía
detalle.
--Soy ingeniero de sistemas…--respondió con toda despreocupación.
--Pero no lo dijo al ingresar—replicó el empresario.
--No era necesario. Ustedes estaban pidiendo era un operario, no un
profesional—explicó Leonardo sonriendo.
Modestia, un principio de los ganadores
Resulta curioso que quienes más alardean, son los que menos saben.
Aquellos que necesitan visibilizarse, hacerse notorios y asumir un papel
protagónico, hablan más de la cuenta y atraen la atención sobre si mismos.
Ocurre en el trabajo, en la universidad, y por supuesto, en la iglesia.
Frente a este fenómeno, tan difundido en nuestra sociedad, el cristiano
está llamado a reavivar las llamas de la modestia. Llamas que lo alcanzan
todo y que nos permiten reconocer que así seamos sabios, lo apropiado es
demostrar tal sabiduría con hechos más que con palabras.
Vienen a mi mente las palabras del autor sagrado cuando señala: "Al
hombre se le alaba según su sabiduría, pero al de mal corazón se le
desprecia. El hombre prudente no muestra lo que sabe, pero el corazón de
los necios proclama su necedad. "(Proverbios 12:8, 23)
En adelante, no que deje de mostrar sus conocimientos, pero preferible:
haga más y diga menos. Es un distintivo para aquellos que anhelamos en
nuestro corazón vivir a Cristo y, además, avanzar en el crecimiento
personal y espiritual.