La invadió la angustia. En cuestión de segundos. Una llamada telefónica la
alertó. "Ya saben que dijiste todas aquellas cosas de Leonor. Ella
anunció que te va a hacer un escándalo de la Madonna. Cuídate", y
colgaron. No tuvo tiempo a decir nada. Hubiese querido retroceder el
tiempo. Atrasar las horas. Corregir a tiempo lo que ahora se convertía en
su mayor mortificación. No tenía excusa.
Y el momento no se hizo esperar. Estaba trabajando unas cifras,
ocupadísima, cuando frente a su escritorio se paró, furibunda, Leonor.
--Eres una chismosa. Dices cosas que no debes. Agradece que no te tomo
de las mechas ahora mismo—le gritaba furiosa.
--Baja la voz, Leonor. No me hagas pasar esta vergüenza—se defendía
ella.
--¿Si?¿Vergüenza? Por qué no pensaste en eso cuando te diste a la tarea
de andar inventando cosas de mí. ¿Dímelo? Descarada. Deja que todos sepan
que dices cosas malas de la gente--.
Pasaron algunos minutos antes que ella se cansara de vociferar su
molestia. Vino la calma. Miró a su alrededor y era evidente, que después
de semejante escándalo, se había convertido en el blanco de todos. "Eso
le pasa por chismosa", dijo alguien por lo bajo.
Desde ese momento, reflexionó que sus palabras—cargadas de crítica—estaban
no solo causando daño a los demás, sino que ella misma se veía involucrada
en problemas. "Al menos no le causo problemas ni me los gano yo",
se repetía cada vez que le picaba la lengua por hablar mal de la gente.
Es preferible que calle
Por hablar más de la cuenta, terminamos en problemas. Quizá le ha ocurrido
pero no ha tomado conciencia de la importancia de ser prudente. Tenga
presente que a través de lo que decimos, revelamos lo que hay en lo más
profundo de nuestro corazón, como enseñó el Señor Jesucristo.
Pero hay más. El rey Salmón explicó que: "Las palabras del malvado
son insidias de muerte, pero la boca de los justos los pone a salvo. En el
pecado de sus labios se enreda el malvado, pero el justo sale del aprieto"
(Proverbios 12:6, 13).
Muchísimas personas se terminan llenando de problemas por decir lo primero
que les viene a la cabeza. No solo se rompen las amistades sino que a
través de las palabras, podemos herir a quienes nos rodean, causándoles un
daño tremendo.
Le invito a considerar este asunto y fijarse la meta, desde hoy, de cortar
de sus labios toda sombra de crítica, chisme o juzgamiento. Es un
principio de victoria y fundamento para el crecimiento personal y
espiritual que le sugiero guardar en su corazón.