El hombre miró impasible al especialista que le ordenó extender su brazo.
"No se mueva", le instruyó. Y comenzó a buscar una vena en la cual
aplicar la inyección. No un químico cualquiera para calmar una dolencia.
La solución final: la inoculación que permitiría cumplir la pena de muerte
impuesta a Romell Broom, de 53 años, encerrado en el penal de Lucasville
(Estados Unidos) desde tiempo atrás.
--Es imposible—dijo el moderno verdugo--. No le encuentro una
vena con las condiciones para la ejecución--. Los miembros de la
comisión verificadora se miraron perplejos y finalmente, después de una
discusión en voz baja, coincidieron en que debían suspender la diligencia.
Romell respiró tranquilo. Muy en lo profundo de su ser, anhelaba la vida.
Incluso, en una nota escrita a mano alzada, en una hoja arrancada de su
cuaderno que le servía de diario, le había escrito al Gobernador de Ohio,
Ted Strickland pidiéndole clemencia. "Soy inocente y quiero la
oportunidad de vivir", le escribió. Alegaba que no era el autor de las
vejaciones y posterior muerte de una estudiante de 14 años. Ahora
imploraba misericordia.
--La diligencia se aplaza hasta una fecha futura—anunció el
Gobernador, después de escuchar telefónicamente sobre el incidente. Los
abogados defensores aprovechan que las pruebas de ADN practicadas a la
víctima no fueron concluyentes: "Creemos que todavía hay una
oportunidad", dijo uno de ellos.
Una realidad ineludible
Si hay una realidad que no podemos eludir, es la muerte. Temprano o tarde
llegará a nuestra puerta. A algunos les sorprende, mientras que otros ya
estaban esperando el desenlace final, generalmente por una enfermedad o en
medio de un accidente. Por ese motivo, como es imprevisible, lo
aconsejable es mantenernos a cuentas con Dios.
La Biblia, el Libro de libros por excelencia, nos enseña que la maldad
acarrea sus consecuencias y que sólo quien andan en justicia, tienen
afirmado su presente y futuro en victoria: "Nadie puede afirmarse
por medio de la maldad; sólo queda firme la raíz de los justos"
(Proverbios 12:3).
Es cierto, tengo la certeza de que en cualquier momento cesará mi
existencia y que el próximo instante, será cuando esté en la presencia del
Señor Jesucristo, pero no le temo a ese momento como tampoco debería
temerle usted. ¿La razón? Por la obra redentora de nuestro Salvador, ahora
somos justificados delante del Padre celestial.
Prepárese. Hoy es el día para emprender el cambio. Recuerde lo que dice la
Escritura: "Al justo no le sobrevendrá ningún daño, pero al malvado
lo cubrirá la desgracia" (Proverbios 12:21).
No deje pasar el tiempo sin reordenar su vida. Hoy es el día para tomar
esa decisión. Reciba a Jesucristo en su corazón como único y suficiente
Salvador. Una decisión de la que jamás se arrepentirá.