La casa estaba embrujada. Se lo dijeron recién la compró, pero ni Rosaura
ni su esposo Mario, estaban dispuestos a creerlo. No admitían lo que
consideran "cuentos de viejas" inconcebibles en un mundo en el que priman
la tecnología y la Internet dejó de ser una concepción fabulosa de los
protagonistas de "Cien Años de Soledad", la novela del Premio
Nobel, Gabriel García Márquez, para convertirse en realidad.
Fue cuando la habitaron por más tiempo, que comprobaron la terrible
realidad. Escuchaban ruidos, las luces se encendían bien tarde en la noche
de manera espontánea, en un corredor se sentía un frío que calaba los
huesos y muchas veces el agua apareció manchada con una sustancia que
identificaron como similar a la sangre.
Una cristiana evangélica que moraba continuo, no se asustó ante el
fenómeno. Sonrió cuando le contaron el asunto: "Con la ayuda del Señor
Jesucristo podemos resolver el asunto", les dijo.
Oro en el lugar. Invocó la sangre de Jesús y ordenó a toda potestad de
maldad que estuviera interfiriendo en el lugar, para que se fuera. A
partir de ese momento, todo cambió. Las noches fueron tranquilas. Toda la
familia asiste a una congregación cristiana.
Tiempo después se enteraron que en esa residencia se realizaban reuniones
ocultistas, pero los hechos demostraron que más poder tiene Jesucristo que
Satanás, a pesar de las múltiples amenazas que profiere el diablo
procurando generar desestabilización y temor.
Una batalla permanente
Satanás, que conoce de su condición de derrota, pretende engañarnos
haciendo gala de un poder que ya no posee porque Cristo Jesús lo venció.
Por ese motivo libra en contra nuestra una batalla permanente. Frente a
esta situación, debemos permanecer en alerta permanente.
El amado Salvador advirtió sobre esta realidad en la dimensión espiritual
cuando abordó a sus discípulos: "Y les dijo: Yo veía a Satanás caer
del cielo como un rayo" (Lucas 10:17, La Biblia de Las Américas).
Una forma eficaz de responder a estos ataques despiadados y traicioneros
es velando siempre, en oración, y caminando asidos de la mano de
Jesucristo. Usted y yo tenemos la autoridad que nos entregó el Señor
Jesús, pero debemos ejercerla. Él instruyó a sus discípulos: "Mirad,
os he dado autoridad para hollar serpientes y escorpiones, y sobre todo el
poder del enemigo, y nada os dañará" (Lucas 10:18, La Biblia de Las
Américas).
Usted y yo, de antemano y por la obra redentora de Jesucristo, ya hemos
vencido. ¿La razón? Él es un vencedor y tomados de Su mano poderosa, somos
ganadores y debemos actuar como tales. Él está de nuestro lado, porque
antes de ascender a los cielos, prometió: "…y he aquí, yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"(Mateo 28:20 b, La Biblia
de Las Américas)
No estamos solos y ese, de por sí, es un hecho y a la vez una realidad que
debe resultar alentadora en nuestras vidas.