Concurría a un encuentro de pastores y líderes en Circacia, un hermoso y
pintoresco pueblecito del centro de Colombia. Frío, tranquilo, agradable.
Saludos gozosos. Alegría de reencontrarse con otros consiervos en la
predicación del Evangelio, después de mucho tiempo. Expectativa por las
conferencias que se avecinaban. Un profundo anhelo de recibir edificación,
salir renovados de aquél retiro e ir a compartir con los hermanos en la
fe, una Palabra renovada, de poder, que impactara sus vidas.
Algo que llamó poderosamente mi atención y la de quienes nos encontrábamos
allí, fue un grupo de ministros cristianos provenientes de los más
recónditos lugares. Algunos habían viajado casi veinticuatro horas, por
ríos y montañas, para darse cita en el campamento. ¿La razón? Pasaban buen
tiempo de rodillas, en oración. Perseverantes, sin perder un minuto. Ni un
segundo. ¡Estaban en la presencia del Señor!
En su mayoría no habían tenido oportunidad de asistir al Seminario Bíblico
a cursar la carrera de teología; es más, hablaban con errores, sin
adornos, y quizá su ortografía asustaba. Pero… he ahí el pero... ¡Tenían
muchísimo de Dios! Lo admito, más que nosotros, incluso.
Predicaban con poder. Imponían las manos y los enfermos sanaban. Eran
tremendamente bendecidos. ¡Los demonios huían en su presencia!
A diferencia de muchos de quienes nos encontrábamos congregados, estos
predicadores no tenían conocimientos de teología pero sí bastante de Dios
y de estar en Su dimensión, moviéndose con poder, unción y autoridad.
Tres principios a tener en cuenta
La Biblia nos enseña, tomando como fundamento al Señor Jesucristo, tres
elementos que le invito a considerar. El evangelista Lucas indica que
"También les refirió una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y
no desmayar