Era un niño rebelde. Desde muy pequeño. Lloraba por horas asomado a la
ventana grande su casa, mirando en dirección a ese punto lejano en el que
las casas, lóbregas, se confundían con el tráfico incesante de la avenida
principal. En medio de sus gimoteos llamaba a su madre, que jamás se
encontraba en el hogar por encontrarse ocupada con las amigas o,
simplemente, jugando bingo en un establecimiento cercano.
Y dejaron de llamarle oscar para apodarlo "Tío Rico". En alusión a
un juego de billetes de papel, coloridos y con figuras de Disneylandia,
que se hizo popular en el barrio. Y el muchacho era uno de los mejores
coleccionistas. "Algún día amasaré fortunas", solía repetir.
Y se convirtió en un hampón. El dolor de cabeza del barrio. Embarazó a
cuatro mujeres y dejó a tres más con la promesa de matrimonio. Robaba,
asesinaba y la madre—en medio del llanto—se preguntaba: "¿Qué llevó a
este muchacho a cometer este tipo de locuras?"
Y aun cuando le explicaron que todo se debía a la falta de principios y
valores, nada bastó para que cayese en cuenta de su error.
¿Qué está pasando con nuestra juventud?
Una conocida líder de nuestra amada Santiago de Cali, me dijo hace poco
mientras disfrutábamos de un café tinto: "¿Qué está pasando con nuestra
juventud?"
Su preocupación es la misma que asiste a millares de padres y madres en
todo el mundo. Se preguntan, desconcertados, en qué momento la pérdida de
principios y valores, y el distanciamiento de Dios por parte de la
sociedad ha llevado a una carrera desenfrenada de los adolescentes y los
jóvenes a vivir el momento, el ahora, sin medir el alcance de lo que
hacen.
Es una locura de grandes dimensiones producto del avivamiento de la
sensualidad y disipación que priman hoy día y sobre la que advirtió el
profeta: "Comerán, pero no quedarán satisfechos; se prostituirán,
pero no se saciarán; porque han abandonado al Señor para entregarse a la
prostitución y al vino, ¡al mosto que hace perder la razón!" (Oseas 4:10,
11. Nueva Versión Internacional).
No es mi propósito ir a los extremos, pero sin duda compartirá conmigo la
inquietud por lo que está causando el desenfreno reinante, tal como lo
advirtió el autor sagrado, quien lo asoció con un "espíritu de
fornicación" que gobierna el mundo y específicamente a nuestra
juventud (Cf. Oseas 5:4. Versión Reina Valera).
La única libertad está en Jesucristo, el amado Señor. Cuando le abrimos
las puertas y permitimos que gobierne nuestro ser, todo cambia. ¡Hoy es el
día para emprender el cambio! Decídale. Ábrale las puertas de su corazón.