Estábamos por aquella época plantando una congregación al oriente de Cali.
Aprovechábamos los domingos en la tarde para reunirnos. En un espacio muy
pequeño. Unas cuantas sillas y un entusiasmo enorme. "Javier,
acompáñenos. Estamos seguros que encontrará respuesta a sus interrogantes",
le decía una hermana en la fe, propietaria del lugar.
Invariablemente la respuesta era la misma: "El próximo fin de semana
seguramente estoy con ustedes".
Un diálogo que se repetía en los mismos términos y del cual ya sabíamos la
respuesta.
Un fin de semana, antesala de feriado, nos dijo que viajaría al puerto de
Buenaventura, a dos horas y media de mi amada Santiago de Cali. Junto con
su familia se dio a la tarea de reparar un drenaje y un bloque de concreto
cayó sobre él. Murió. No tuvo un mañana.
Nos puede ocurrir igual—y permítame decirle que no estoy exagerando ni
procurando llenarle de terror—si dilatamos la decisión de andar en
consonancia con lo que Dios ha dispuesto para Su pueblo, que somos usted y
yo.
Usted fue llamado a ser de los escogidos
Aun cuando millares de personas en todo el mundo se empecinen en ignorar
la realidad, temprano o tarde deberemos responder delante del Padre por
nuestras acciones, buenas o malas y recibiremos galardón o juicio.
El amado Señor Jesús lo dejó claro cuando enseñó a sus discípulos y a
nosotros también: "Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y
todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria
y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de
los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las
ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a
los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado
para vosotros desde la fundación del mundo" (Mateo 25:31-34).
El juicio de Dios es inevitable, pero algo más: nadie puede escapar.
¿Quiere algo más? Ni usted ni yo tenemos comprado el mañana. La vida es
efímera. Hoy estamos, mañana no estamos.
Lo aconsejable es estar a cuentas con el amado Padre celestial. Tener
claro que andamos con la maleta de viaje, la misma que nos llevaremos a la
eternidad. Y cuando llegue el momento, no podremos pedir: "Señor, dame
la oportunidad de arrepentirme". ¡En absoluto! Por esa razón: póngase
a cuentas con Dios hoy mismo.