La ciudad de amaneció vestida con festones de colores, afiches y
serpentina y, al promediar la mañana, una banda de músicos se apostó junto
al muelle, rodeados por miles de curiosos, para entonar sus mejores temas.
Era un día especial, como en siglos no había habido otro en aquél
paradisíaco puerto del Reino Unido.
¿El motivo? Mike Perham, de tan solo 17 años, se había convertido en la
persona más joven en darle la vuelta al mundo, completamente solo. Llegó
un sábado, que se convirtió en un feriado. Diez meses antes había partido
desde Portsmouth bajo el convencimiento de alcanzar una gran aventura
marina. Fueron ciento cincuenta y siente días y noches, con turbulencia,
mareas altas, angustias unos y satisfacciones otros. Pero, ¡lo logró!
"Fue increíble—relató a un periodista de la BBC--, pero por
momentos difícil, sobre todo cuando entraba en zonas con olas de hasta
quince metros. En momentos así, me repetía: puedo lograrlo". Dios
guardó su camino en todo momento, a lo largo de los 48 mil kilómetros.
Varios problemas técnicos en la motonave lo llevaron a atracar en puertos,
aunque su propósito original era navegar sin parar.
Tenía 16 años cuando zarpó con su velero, y celebró los 17 en el Océano
Índico el 16 de marzo. Para cumplir los requisitos del récord mundial, la
circunnavegación debe cruzar la línea del Ecuador y todos paralelos. En el
libro Guiness de los récords aún figura el australiano Jesse Martin, que
tenía 18 años cuando rodeó el globo sin parar -navegando solo y sin
asistencia- en 1998.
Al volver atrás, Mike piensa que valió la pena. Los momentos difíciles
ahora que ha superado las crisis, tienen sentido. Igual con nuestra vida,
cuando en medio de situaciones difíciles, dependemos de Dios y aprendemos
que hay salida al laberinto en el que se encuentra nuestra existencia.
Salida al laberinto
Hay momentos de la vida tan difíciles—admítalo—que nos sentimos solos.
Pareciera que navegamos a la deriva. Cualquier cosa que hacemos, parece
terminar en un conflicto mayor que al iniciar el proceso de búsqueda de
soluciones. Ese afanoso y a veces angustioso trajinar en procura de
salidas al laberinto, termina cuando le permitimos a Dios que tome el
control de nuestras vidas.
El salmista escribió hace muchos siglos un principio que es válido para
nuestra vida hoy: "Confortará mi alma; me guiará por sendas de
justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte,
No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tú vara y tu cayado me
infundirán aliento" (Salmo 23:3, 4).
Cuando sienta que todo va mal, que está montado en una montaña de parque
de diversiones, llena de altibajos, es hora de que vuelva su mirada al
Señor, deposite toda su confianza en Él y comience a marchar en la
dirección que le marca. Eso es fe y la fe rinde excelentes resultados en
nuestra existencia, porque nos lleva de victoria en victoria y de triunfo
en triunfo.
No piense que todo está perdido. Por el contrario: confíe y encuentre el
camino que le permitirá salir del laberinto. ¡Tomados de la mano de Dios
es posible!