Es uno de los pocos camposantos del mundo que se está
quedando vacío. Buena parte de las quinientas bóvedas no guardan restos
mortales. Aunque el lugar no pierde sus aires de paz, es hoy más un museo
de tiempos viejos que el territorio plácido y florido al que diariamente
llegan despojos para ser enterrados.
El singular camposanto se encuentra en El Poblado, al
noroccidente de Colombia. Lo construyeron en 1870, y aunque la
inauguración revistió circunstancias emotivas, también lo fue el dolor que
despertó la muerte del primer parroquiano para celebrar las exequias. Era
la única forma de oficializar su condición de jardín para los difuntos. Y
por supuesto, nadie quería ser el escogido para tal ceremonia.
Víctor Zuluaga es quien pasa días y noches guardando
las tumbas vacías. Ya han transcurrido veinte años desde que le
advirtieron sobre lo tenebroso del trabajo que iba a asumir, y venciendo
temores infundados, decidió velar por la tranquilidad de los muertos.
--Yo no le tengo miedo a los que partieron al más
allá. Le temo a los vivos. Pero ahora ni vivos ni a muertos, porque acá no
llega nadie—repite con insistencia a quienes escuchan su preocupación
de quedarse sin empleo.
--Antes la gente sacaba los cuerpos de las bóvedas y
metía los restos en los osarios. Hoy creman a sus difuntos. Prácticamente
no necesitan cementerio—insiste.
En la década de los noventa las cosas eran a otro
precio. Los funerales eran a diario y el sacerdote debía incluso buscar
ayuda porque en una sola jornada eran varias las exequias.
Dios es quien da vida
La noticia apareció en un diario y me despertó
curiosidad. Recordé las Escrituras: "He aquí el ojo de Jehová sobre
los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia, para librar
sus almas de la muerte, y para darles vida en tiempo de hambre" (Salmo
33:18, 19).
Aunque físicamente sea inevitable el tránsito de la
muerte, por la obra del Señor Jesús en la cruz al redimirnos de nuestros
pecados, tenemos asegurada la vida eterna.
La tumba de Cristo quedó vacía tres días después con su resurrección.
Basta que le aceptemos para que además nos asista el convencimiento de que
las tumbas estarán vacías. No moriremos para siempre. Iremos a su
presencia. Será un momento glorioso en el que todos los enterradores del
mundo se quedarán sin trabajo, y usted y yo –que hemos creído—estaremos
eternamente con Él...