Dejo la pandilla cuando tenía algo mas de veinte años. Su rostro curtido
por las intensas jornadas de sol a las que se sometió cuando vagabundeaba
en las calles, muestra un buen número de cicatrices. Constituyen el
testimonio permanente de una vida pasada de la que solo quedan fotografías
junto a muchos de sus amigos. Algunos murieron, otros están en la cárcel y
uno más quedó inválido a causa de un disparo.
--¿Quisiste matarlo?—le pregunté.
--Si, y lo hubiera hecho con ganas--me respondió al referir el
incidente ocurrido dos días atrás.
Regresaba de trabajar. Vendía artículos domésticos en las calles céntricas
de Santiago de Cali. El día había sido malo. Salvo algunos rostros
curiosos que se acercan para preguntar cuánto vale esto o aquello, pero
que no compran nada, no podía rememorar algo interesante en la jornada.
Justo cuando subía al autobús un ladrón intentó robarle. Aprovechó que
tenía un pie en el estribo del vehículo para arrebatarle la cartera con el
menguado producto de los negocios. Huyó aprovechando el río humano que a
esa hora iba camino a casa.
Ricardo corrió cuanto pudo, lo alcanzó y derribó al suelo. Allí, sometido,
lo golpeó hasta hacerlo sangrar. Estaba furioso. Desenfundó una navaja e
iba a acuchillarlo cuando, algo que parecía ser una voz y como la
recreación del instante en que Abraham iba a sacrificar a Isaac—su hijo--,
le recordó que ahora era cristiano y no un pandillero.
No retroceda jamás
En la condición de creyentes, no podemos concebir siquiera el volver
atrás, a nuestras obras del ayer tal como anota el autor sagrado:
"Si alguien está unido a Cristo, se convierte en un ser nuevo que ha
dejado lo viejo atrás ¡y está totalmente renovado!" (2 Corintios 5:17.
Nuevo Testamento: la Palabra de Dios para todos).
Si el Señor Jesús está obrando en su existencia, su forma de pensar y de
actuar serán diferentes. Basta estar unidos a El.