Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
El televisor era grande, de plasma, y como pudo calcularlo, ocuparía buena
parte de la pared. ¡Maravilloso!, pensó. Luciría bien en la sala de estar.
Sería la envidia de todos sus vecinos. Claudia no cabía en aquél almacén,
producto de la emoción que le llevaba a sentirse gigante. Como si pudiera
tomar todo el mundo en sus manos.
Sacó la chequera. Extendió un cheque, por la cifra que decía el rótulo del
electrodoméstico. "La felicito, señora, acaba de hacer una buena compra",
le dijo con una sonrisa amplia, de las que esbozan los políticos ante las
cámaras de televisión en las ceremonias de inauguración de obras de
caridad.
Y en efecto, las imágenes que podía apreciar eran espectaculares. Nítidas.
Colores vívidos. Pareciera como si los protagonistas de las películas
entraran a la sala misma de la casa. Un sueño hecho realidad. Pero se
convirtió en pesadilla cuando el banco le notificó y sobregiro, y al
recibir la consignación de su salario, comprobó que a duras penas tenía el
dinero suficiente para cubrir los gastos de transporte.
Ese día le provocó estrellar el televisor contra el suelo, pero razonó que
el problema era de ella, no del enorme aparato que se erigía fastuoso,
como un enorme centro comercial en medio de un barrio marginal. Prometió
que jamás se endeudaría de nuevo, pero poco tiempo después el vendedor de
otro almacén estaba diciéndole: "La felicito, señora, acaba de hacer
una buena compra",
Mida las consecuencias de lo que hace
Un pasaje revelador acerca de los enormes perjuicios de endeudarse, lo
hallamos en el segundo libro de Reyes, capítulo 4, cuando la viuda de un
siervo de Dios quien se había endeudado pero falleció, acude a Eliseo en
procura de ayuda. Una situación compleja. Estaban en peligro los hijos de
aquella mujer a quienes los acreedores querían llevarse como prenda de
pago.
El siervo de Dios le mandó traer vasijas y con un poco de aceite se
llenaron. Sólo cesó cuando terminaron las vasijas. "La mujer fue y
se lo contó al hombre de Dios, quien le mandó: Ahora ve a vender el
aceite, y paga tus deudas. Con el dinero que te sobre, podrán vivir tú y
tus hijos" (2 Reyes 4:7, Nueva Versión Internacional).
Endeudarnos, sin necesidad, acarrea consecuencias. Es algo que deberíamos
pensar cuando sacamos la tarjeta de crédito. No es aconsejable gastar y
gastar. Es una fuerza superior, que trata de gobernar nuestra siquis, y
que vencemos no en nuestras fuerzas sino en las de Dios.
Otra consideración que le invito a atesorar en su corazón: no sea "manos
rotas", es decir, de aquellos que gastan y gastan sin pensar en el
mañana. Quien obra de esta manera, temprano o tarde terminará en
problemas. La Biblia nos sugiere dos cosas: evaluar en qué invertimos cada
peso y, comprometernos a pagar las deudas que asumimos: "Unos dan a
manos llenas, y reciben más de lo que dan; otros ni sus deudas pagan, y
acaban en la miseria" (Proverbios 11:24, Nueva Versión Internacional).
¡No se deje arrastrar por los deseos del corazón, que al fin y al cabo son
engañosos, cuando se trata de comprar! Pero algo más, un tercer principio
que debe valorar enormemente: no salga de fiador por nadie. No es algo
caprichoso, Dios mismo lo recomendó a Su pueblo: "No te comprometas
por otros ni salgas fiador de deudas ajenas..." ( Proverbios 22:26, Nueva
Versión Internacional).
Quien se pone en la brecha por los demás, aún siendo irresponsable con sus
propios compromisos, terminará con serios problemas. Lo mejor, hoy y
siempre, es someter a Dios todos nuestros proyectos, entre ellos por
supuesto, el de las compras.