Recorrió despacio el enorme espacio lleno de sillas vacías. La soledad era
abrumadora. Sobre el fondo una cortina carmesí que hacía resaltar el
púlpito de madera, finamente elaborada. Se detuvo en la mitad del salón.
No había nadie. Solo él y Dios. Se arrodillo y clamó. Tres años y medio.
Dos divisiones de la congregación, protagonizadas por quienes consideraban
que tenían "la verdad relevada". Y ahora, la realidad: enfrentarse
a un templo con un número progresivo y cada vez menor de congregantes.
--Señor Jesús, por momentos siento que no escuchas mis oraciones—dijo
mientras se iba inclinando, para arrodillarse junto a un asiento--.
Sabes que pongo todo mi empeño en predicar, pero nadie viene a este lugar.
¿Qué debo hacer? Realmente me encuentro como en un callejón sin salida--.
Guardó silencio. Absoluto. Ni siquiera musitó un "amén". No sentía
ganas de hacerlo. Solamente esperar. Aquella noche tendría culto y como
siempre, estaría en la puerta de entrada, Biblia en mano, con su camisa
pulcra y con quiebres finamente realizados con plancha, y la corbata roja
que siempre le caracterizaba. Pero en su corazón tenía el profundo deseo
que las horas no transcurrieran, que el reloj se detuviera, que el tiempo
se inmovilizara para siempre, con ese letargo que producen los días que se
tornan excesivamente largos y las semanas interminables.
Avanzada la tarde sintió la extraña convicción de que el problema no eran
sus esfuerzos por afianzar una membresía sólida, sino que lo estaba
haciendo en sus propias fuerzas. Fue como una revelación. Una acción
misteriosa que quitó la venda de sus ojos.
En adelante sus oraciones fueron distintas: "Señor Jesús, que se haga
tu voluntad en mi trabajo como pastor". Persistencia y rendición ante
Dios. Los resultados no se hicieron esperar. La iglesia inició el proceso
de crecimiento que tanto había anhelado.
Con un propósito
Es evidente que Dios nos creó con un propósito. No somos fruto de un
accidente cósmico o un experimento de nuestro Supremo Hacedor para saber
qué ocurría con nosotros, bajo determinadas circunstancias. Todo lo hizo
Él desde la eternidad perfecto. Definió un plan para nosotros, el problema
es que hacemos las cosas a nuestra manera y no nos ponemos en línea con su
perfecta voluntad.
La Biblia nos enseña que hay una meta de Dios para usted y para mí:
"El Señor cumplirá en mí su propósito. Tu gran amor, Señor, perdura para
siempre; ¡no abandones la obra de tus manos!" (Salmos 138:8. Nueva Versión
Internacional)
¿Ha pensado que tal vez se atraviesa en los planes que Dios tiene para
usted? ¿Se ha dado el tiempo suficiente para examinar cuáles son sus
errores y de qué manera, en su afán de ver resultados prontos y
mediatistas, ha "querido ayudar a Dios"?
Es hora de depender del Señor y no seguir luchando en sus propias fuerzas.
Si desea tener éxito, dependa de Aquél que todo lo pueda y no de sus
conocimientos, aptitudes o "visión" que puede entorpecer lo que el
Padre celestial quiere hacer con su vida, familia, ministerio y
desenvolvimiento social.