Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
Llegó el período de carnaval en la ciudad, con festones en las calles,
música estridente brotando de aquí y de allá, mujeres con vestidos
coloridos y sonrisas de fantasía, demasiado tentadoras cuando caía la
tarde y el bullicio era mayor, y las invitaciones a ir de baile o quizá a
tomarse un trago.
La disyuntiva de José: ir al culto, Biblia en mano como solía hacerlo, o
acompañar a sus amigos de la oficina a tomarse una cerveza. Una nada más.
No abusaría. Es más: tal vez nadie se enteraría. En su mente se revolvían
los pensamientos porque llegó a pensar que no sabía qué hacer.
Finalmente aceptó beberse unas frías, como solía llamarles en el pasado, y
a una se sumó otra y otra más. Terminó perdidamente borracho en la vereda.
Quienes le invitaron a irse de juerga, además de asegurar con improperios
que se había vuelto "molesto, latoso y motivo de vergüenza",
terminaron por llevarlo a donde su esposa y abandonarlo a su suerte,
frente a los ojos atónitos de una cónyuge que no podía creer lo que veía.
Al día siguiente no habló con Rosa y evitó la mirada de sus hijos. Aguantó
las burlas de sus compañeros y acosado por la idea de que había cometido
el peor pecado de su vida, optó por no volver a la congregación.
Transcurridos tres meses, era el mismo hombre mundano de siempre, y sólo
reflexionó en la necesidad de volver a Dios, cuando su esposa le anunció
la disposición de divorciarse. Reflexionó sobre el asunto, caminando desde
la factoría hasta su casa, pero sin saber qué hacer para entrar de nuevo
en el sendero del Evangelio. Además le temía al qué dirían los hermanos de
la iglesia.
Sí es posible reconocer el error
Con frecuencia hallamos cristianos que por años se mantuvieron firmes en
su caminar con el Señor Jesucristo, pero fruto de un descuido que se va
agigantando como un tornado hasta arrasar con toda nuestra vida
espiritual, se apartan del Evangelio. Una vez en la mundanalidad, cuando
comprueban las consecuencias nefastas que desata apartarse de Dios, se
preguntan: "¿Hay esperanza para mi?". Esa pregunta la he recibido
una y otra vez en mi sistema de correo y en todos los casos la respuesta
ha sido: "Sí, y definitivamente sí". ¿Cómo? Mediante pasos
sencillos que describo a continuación:
Es fundamental reconocer el error
Alguien que asistiendo a una congregación cristiana decidió entrar a una
academia de baile, defendió su decisión diciendo que en la Biblia no
encontraba el primer versículo que condenara aprender unos cuantos pasos
de algunos ritmos. La pregunta que siguió a su afirmación, es apenas
natural: "Si ya no te interesa el baile mundano, ¿por qué entonces
quieres aprenderlo?". Y de nuevo su defensa: por hacer ejercicio.
Igual ocurre con quien está en el pecado y no quiere admitir que está
fallando. Difícilmente cambiará. Sin embargo quien yerra y reconoce que
desagrada a Dios, alcanza misericordia.
Aunque hay sinnúmero de versículos para sustentar este planteamiento, le
invito para que me acompañe a leer el capítulo 10 del libro de Esdras.
Como recordará, ya habían regresado un buen número de judíos de la
deportación de Babilonia. Pero cuando se dispusieron para buscar a Dios,
Esdras descubrió que muchos estaban casados con mujeres extranjeras, de
pueblos paganos, que el Señor había rechazado específicamente.
"Mientras Esdras oraba y hacía esta confesión llorando y postrándose
delante del templo de Dios, a su alrededor se reunió una gran asamblea de
hombres, mujeres y niños del pueblo de Israel. Toda la multitud lloraba
amargamente. Entonces uno de los descendientes de Elam, que se llamaba
Secanías hijo de Jehiel, se dirigió a Esdras y le dijo: «Nosotros hemos
sido infieles a nuestro Dios, pues tomamos por esposas a mujeres de los
pueblos vecinos; pero todavía hay esperanza para Israel" (Esdras 10:1, 2.
Nueva Versión Internacional).
Tenga en cuenta que el primer y más grande paso para ponernos a cuentas
con Dios, es reconocer que fallamos. Tomar conciencia de que no podemos
seguir igual. Recuerde siempre que todavía hay esperanza.
Lo segundo, apartarse del pecado y, en tercer lugar, permanecer firme,
asido de la mano del Señor Jesucristo quien nos concede la victoria en
todas las circunstancias. Recuerde siempre que fuimos llamados a vencer,
fieles a Dios, sabiendo que nada impedirá que avancemos si hemos decidido
volvernos a Él.