Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
El día que Juan Carlos me contó que iba a comprar el automóvil, tenía los
ojos grandes y brillantes, con el mismo fervor enfebrecido que quizá tuvo
Alfredo Nóbel cuando descubrió la dinamita, en 1867. Sus manos no se
podían quedar quietas y navegaban por el escritorio, con la inquietud
propia de un niño que juega travieso en un parque después de toda tarde
haciendo tareas en casa. "Primero pídele a Dios que te muestre cuál es
su voluntad al respecto", le dije.
Me miró desilusionado, como si estuviera compartiéndole malas noticias. "Pero
es un carro precioso, buena lámina, motor que ruge como león africano y
una cojinería de ensueño", argumentó pesaroso. Minutos después se
despidió y lo vi salir de la oficina con un aburrimiento que se reflejaba
en los pasos lentos.
Cierto día, camino de la iglesia, estaba en una avenida principal
empujando el cacharro. Sudaba. Finalmente y cuando me encontraba a pocos
metros, aprecié su frustración por la fuerza con la que asestó un golpe a
la cajuela del auto y después, como niño al que le apagan el televisor,
comenzó a dar puntapiés a uno de los neumáticos.
--¿Problemas, Juan Carlos?—le pregunté aunque reconozco que no
tenía sentido interrogarlo, ante lo obvio de la situación.
--Sí, este bendito carro que sacó la mano. Me dejó a mitad de camino—consultó
el reloj y prosiguió--: lo grave es que en cinco minutos debería de
estar presidiendo la alabanza en el culto. ¿Dios, por qué me ocurre esto a
mí?—
La siguiente vez que lo encontré, frente a la Plaza de Caycedo, en pleno
centro de Cali, estaba poniendo un aviso clasificado en un periódico de
Santiago de Cali, procurando vender el vehículo, por mucho menos dinero
del que lo había comprado. "Estoy orándole a Dios que encuentre
comprador", musitó.
Hace pocos días una mujer que cerraba un negocio de venta de empanadas
cerca de la iglesia, se quejó de su suerte y me preguntó: "¿Por qué me
va tan mal?". Analizamos su caso. "¿Oró a Dios por dirección antes
de abrir el local de comidas rápidas?", interrogué. "Realmente no,
Fernando. Parecía una buena oportunidad", se defendió.
Tanto en el caso de Juan Carlos como en el de esta creyente en Jesucristo,
el común denominador es el mismo. Nos dejamos arrastrar por lo que
parecieran buenas oportunidades.
Obramos movidos por nuestro "buen criterio" y no conforme a la
voluntad de Dios, que hace las cosas perfectas. Como es natural, todo
cuanto hacemos accarrea consecuencias y lo que no queremos es asumir la
responsabilidad. En tales casos, lo más probable es que terminemos
echándole la culpa a Dios de nuestros fracasos, sin reconocer que actuamos
mal y por esa ley espiritual y universal, es natural que nos vaya mal.
¿Qué hacer entonces?
Si queremos aprender un principio de éxito, es consultar a Dios todo
cuanto vayamos a hacer. La Biblia nos enseña este aspecto cuando el rey
David escribió: "Encomienda a Jehová tu camino, y confía en él; y él
hará" (Proverbios 37:5).
Aprendemos entonces que todo proyecto, por muy prometedor que luzca,
debemos someterlo a la voluntad del Supremo Hacedor; en segundo luchar,
confiar que nada de cuanto Dios hace es improvisado sino que por el
contrario, es para nuestro bien, y tercero, esperar que Él obre. El actúa
en Su tiempo, no en el nuestro. Por esa razón no es conveniente tratar de
ayudarle.
¡Piénselo! Desde hoy toda iniciativa, llévela a la presencia de Dios.
Puedo asegurarle que tendrá victoria en cuanto emprenda.