Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
La llamada telefónica interrumpió su jornada de trabajo aquella mañana en
que liquidaba cuentas urgentes para su pago oportuno. Frunció el ceño al
escuchar el repiqueteo del teléfono pero finalmente decidió responder. El
número no pudo identificarlo.
--Aló…--silencio al otro lado de la línea---. Aló… ¿Quién
habla?—interrogó.
--Ya sabes quien. Iba a decirte Darío que de mí no te vas a burlar.
¿Sabes qué pienso hacer? Llamar a tu esposa. ¡Verás la cara que pone
cuando se entere de nuestra relación! Óyelo bien: de mí no te burlas.
Ahora…--la mujer suavizó el tono de su voz--, si quieres que
dialoguemos sobre el asunto, nos vemos esta noche en el apartamento. Estoy
segura que podemos llegar a un acuerdo. Te espero después de las ocho--.
Y colgó.
Darío se quedó atónito. Sudó frío. Miró alrededor, con ese temor
inconsciente de que alguien hubiese escuchado la conversación. Colocó el
celular sobre el escritorio y miró al resto de sus compañeros, cada uno
ocupado en lo suyo, yendo y viniendo, con documentos entre sus manos,
gestos de inquietud y de afán.
Pensó en su esposa. Las imágenes vinieron atropelladas a su mente, como
una cascada interminable con escenas, colores y recuerdos diferentes.
¿Cómo causarle tanto daño? Había decidido cortar la relación de adulterio
con aquella mujer, pero ahora que estaba dispuesto a reemprender el camino
de esposo dedicado a su mujer y sus hijos, venía la presión. ¡No quería
volver a lo mismo! Entonces, ¿qué hacer?
No siga guardándose las cosas
Aquella noche Darío no cumplió la cita bajo presión. Se vieron dos días
después en una cafetería. Y cuando ella, estando en ese lugar y fruto de
sus reacciones intempestuosas como tormenta de marzo, decidió marcar al
celular de la esposa de él, ella le contestó con claridad y se limitó a
decir: "Lo que me cuentas no es nuevo. Ya lo sabía. Lo siento por ti...",
y cortó la comunicación.
El hombre había tomado una decisión sensata. No guardarse el asunto.
Confesarlo delante de Dios y de su cónyuge. Por supuesto, se desató una
situación dolorosa, pero él estaba convencido que era lo mejor.
Decir la verdad es el mejor camino. Guardarnos el pecado no lleva más que
a producir una situación de angustia sin igual, produce pérdida de sueño y
en algunos casos, se somatiza con enfermedades. El rey David había pecado
con Betsabé, como lo recordará. Además de cometer adulterio, mandó que
mataran al esposo de ella.
Esa situación produjo una situación contraproducente en su vida, como
leemos en las Escrituras: "Mientras callé, se envejecieron mis
huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre
mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano. Mi pecado te
declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a
Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado" (Salmo 32:3-5, 11).
Observe varios principios contenidos en este pasaje. El primero, que
guardarnos una situación pecaminosa trae consecuencias desastrosas para
nuestra vida física y espiritual. El segundo, se rompe toda bendición
divina para nuestra existencia. Tercero, no le encontramos sentido a la
vida y experimentamos un profundo revés espiritual, progresivo pero
nefasto. Cuarto, el cambio comienza cuando decidimos volver la mirada a
Dios y confesarle nuestro pecado, y en caso de haber herido u ofendido a
otras personas, buscar resarcir el daño siendo sincero. Y por último,
tenemos asegurado el perdón de Dios.
Cambiar sí es posible, pero en nuestro corazón debe haber disposición,
sinceridad y la firme determinación de no caer nuevamente en la maldad.
¡Con la ayuda del Señor Jesucristo usted puede lograrlo!