Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
Cerró la Biblia con sumo cuidado. Se esmeraba en evitar su deterioro.
"Eres obsesivo", le dijo su madre en cierta ocasión. Él personalmente
creía que se trataba de ser cuidadoso. Pero algo que le inquietaba,
después de leer la Palabra de Dios, era su vida espiritual.
En la oficina, a la mañana siguiente, se encontraría como siempre con la
orden de su superior para que enmascarara ciertos informes financieros que
a simple vista pasaban desapercibidos, pero que resultaban ilegales. Una
investigación en profundidad hubiera revelado que iban en contravía de lo
dispuesto por las autoridades de impuestos del país.
De otra parte estaba su novia, Aurora. Llevaban siete meses de relación.
Algo de telenovela, como solía repetir. Con dificultades, pero firme. El
problema –sin embargo—se había presentado dos semanas atrás. Tras quedarse
solos, sucumbieron a la tentación y terminaron cayendo en fornicación. La
situación había sido puesto en consideración del pastor de la
congregación, y además de separarse temporalmente del ministerio, pactaron
no volver a hacer lo mismo; pero estaba tentado de llamarla para que se
vieran en un lugar discreto.
Y para terminar el cuadro, el examen que tendrían en la Universidad. Un
parcial de cálculo. No era bueno para las matemáticas, pero debía
enfrentarlos. José, un amigo, le había propuesto que hicieran trampa
copiando las fórmulas. ¿Qué hacer? Estaba tentado.
Pero volvía al asunto central: su fidelidad a Jesucristo. Estaba por
encima de todo. No obstante con tantas sutiles invitaciones del enemigo
espiritual para volver al pecado, no sabía qué hacer. ¿Orar? Por supuesto.
Pese a ello, en algunos momentos pensaba que la incitación era mayor que
sus fuerzas.
No permita que lo venzan
Hay dos armas sutiles de Satanás que han producido muchas más caídas que
la fornicación, la ambición o la vanagloria. Esas dos estrategias son el
temor y los pensamientos de acusación. Resultan ser muy eficaces entre
aquellos cristianos que no permanecen fieles a Jesucristo.
En el libro de Nehemías leemos que frente a los ataques que experimentó
cuando construía los muros de Jerusalén, pudo identificar a tiempo los
dardos que estaba lanzando el enemigo y asumió una actitud firme:
"En realidad, lo que pretendían era asustarnos. Pensaban desanimarnos,
para que no termináramos la obra. «Y ahora, Señor, ¡fortalece mis manos!»"
(Nehemías 6:9. Nueva Versión Internacional)
Si nos afirmamos en Jesucristo, podemos tener conciencia de vencedores.
Nada nos detendrá. No importa cuántos obstáculos surjan en el camino,
saldremos airosos.