Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
El empleado lo miró a los ojos, y con toda la diplomacia del caso, le
dijo: "Usted no existe. Está muerto".
Aníbal Hernández, un pensionado residente en Lima (Perú), sintió que la
tierra se hundía bajo sus pies. Todo a su alrededor dio vueltas. No
comprendía. ¿Cómo podían decir que estaba muerto, si justamente se
encontraba frente al dependiente de aquella oficina?. Se prendió del
escritorio para no caer. Aquella le parecía una de sus peores pesadillas y
lo que más quería era despertar.
--De acuerdo con la información que tiene el sistema, usted falleció el
23 de noviembre de 1997. Ocurrió en un accidente de tránsito. Así es que,
usted no existe...—le insistió el hombre. De esta manera explicaba,
con pocas palabras pero con una contundencia abrumadora, que no seguiría
recibiendo la mesada.
--No tiene sentido, si hasta el mes pasado recibí mi remuneración, como
siempre...—trató de explicar.
--Pues señor, no estoy mintiendo. Mire. Esta es la información que
arroja el sistema central. El computador no miente...—argumentó el
funcionario, mientras se dirigía a alguien más en la fila:--El
siguiente, por favor...—
Aníbal tardó tres meses para comprobar que estaba vivo y que, aquel
incidente, no era más que un error informático.
¿Usted ya se inscribió en la eternidad?
Este incidente me hizo recordar un hecho de trascendencia: la necesidad de
estar inscritos en el libro de la vida. Primero el apóstol Pablo en su
carta a los Filipenses, capítulo 4, versículo 3, y después el Señor
Jesucristo en su mensaje a la iglesia de Sardis, refieren la importancia
de figurar en este libro:"El que venciere será vestido de vestiduras
blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su
nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles"