Ps.
Fernando Alexis Jiménez-
Lo que Dayana nunca quiso decir, delante de su pastor y que afloró aquella
mañana—en medio de la tormenta en la que se había convertido su vida--,
era que por diecisiete años su esposo la había abusado. "No entiendo;
¿por tanto tiempo fue víctima y no dijo nada?", interrogó el
funcionario judicial que realizaba la diligencia en una Comisaría de
Familia, llena de estantes con folios y papeles, algunos de ellos
amarrados con cordeles para evitar que se desperdigaran ante la fuerza del
ventilador.
--Sí, sí, realmente preferí callarlo…--admitió la mujer para
prorrumpir, seguidamente, en llanto al enfrentar la cascada de imágenes
que vinieron a su mente y en la que se sucedían incidentes en los que
Rodolfo pretendía intimar con persuasión, y si no lo lograba, recurría a
la violencia.
La gota que rebosó la copa ocurrió la noche que—ante la negativa de su
joven esposa—decidió tirar la lámpara con violencia, desde la mesita de
noche. Luego empezó a gritar furibundo, dando vueltas como león enjaulado
en la habitación y finalmente, en lo que ella interpretó como
locura—producto de la frustración—despertó a su hijita y la llevó—cerca de
la medianoche—a ver televisión en la salita de estar.
--Y tú no digas nada, Dayana. Ni te acerques porque soy capaz de
golpearte—le advirtió ante sus ruegos de que dejara ir a dormir a la
menor. La niña no hacía otra cosa que llorar.
Aquel incidente, como por arte de magia, tornó más largas las horas, el
reloj parecía marchar con nostalgia y lentitud, la misma que despierta ver
morir la tarde junto al mar oyendo el murmullo de las horas, y las
primeras luces del día la sorprendieron sin conciliar el sueño. Esa
situación desesperada fue la llevó a tomar la decisión de denunciar a su
marido.
--Llegué al límite—le dijo al empleado judicial que aporreaba el
teclado del computador, como si en cada tap tap estuviera imprimiendo la
fuerza contundente de una noticia de última hora.
Terminaban largos meses y años de sufrimiento. Salió de aquél edificio con
la misma sensación de quien acaba de liberarse de una pesada carga.
Un fenómeno creciente
La agresión intrafamiliar, y más aún, la violación literal del
cónyuge—avivado por el carácter machista que prima en muchos países del
continente americano—, representa un fenómeno que cobra cada día mayor
fuerza y que en una sociedad que privilegia los derechos del hombre sobre
los de la mujer, termina aceptándose como algo "normal".
En criterio de la presidenta del Centro Latinoamericano de Salud y Mujer
(CELSAM), Diana Galimberti, el asunto es más serio cuando el agresor
sexual es el compañero y no un desconocido. A su turno el coordinador del
Centro Internacional de Investigaciones sobre la Mujer –ICRW en inglés--,
Gary Barker, considera que "Cuando se trata de un extraño para la
mujer, hay un mayor reconocimiento de que se trata de una violación, por
cuando ocurren dentro del matrimonio en muchos países se piensa que—como
ella aceptó una vez—lo hará siempre".
En un alto porcentaje de los casos de violencia intrafamiliar y en el
hecho específico de violación sistemática al cónyuge, es la mujer quien
lleva la peor parte. Históricamente ha sido así.
Lo interesante es que cuando vamos a la fuente de nuestra orientación, la
Biblia, encontramos que Dios le da una posición privilegiada. La
definición la hizo el apóstol Pedro cuando escribió: "Vosotros,
maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer
como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para
que vuestras oraciones no tengan estorbo." (1 Pedro 3.7)
La concepción resulta a todas luces interesante. Propone, dentro del marco
de la vida cristiana práctica, un trato sabio para la esposa, lo que
indudablemente está ligado a un trato amable, amoroso, considerado y
respetuoso. Cuatro principios que honran el matrimonio y glorifican a
Dios. Obligar a la esposa a tener relaciones sexuales, además de violentar
su voluntad y representar un comportamiento agresivo, va en contravía de
lo dispuesto por Dios.
Hay que agregar el hecho de que las mujeres son "co-herederas de la
gracia", característica que les hace igual a usted y a mí delante del
Señor. No somos más importantes. Hombre y mujer, en Su presencia, tenemos
igual nivel.
Un tercer aspecto que debemos considerar es que un hogar inmerso en
problemas, y más aún, en el que la mujer sufre mal trato, genera un
ambiente adverso para que las oraciones sean escuchadas.