El día que la joven representante de un banco nacional le entregó su
tarjeta de crédito, Alberto
pasó media hora apreciándola: de frente, en la parte posterior, arriba,
abajo, a contraluz para verificar la validez del holograma, los nombres y
apellidos, documento de identidad, fecha de vencimiento… Todo.
Sus ojos brillaban con la misma luz de quien ha encontrado un tesoro en el
rincón más apartado de la selva; de quien comprueba en la televisión que
acaba de ganarse la lotería y con la misma expectante mirada de la persona
que en las últimas, a fin de mes y cuando se encuentra desesperado
esperando su quincena, descubre en el cajero automático que aún le quedan
algunos pesos.
--Esta es mi entrada a un mejor nivel de vida—le dijo orgulloso a
un compañero de oficina, que no comprendía la euforia que desbordaba por
sus poros. --Ya verás cuando Claudia la vea. Se volverá loca de la
alegría—anunció.
Su esposa no prestó mayor atención cuando lo vio en la noche, después de
la cena, blandiendo el documento plástico con la misma pasión febril, de
José Arcadio Buendía, uno de los personajes de la novela "Cien Años de
Soledad" del Nóbel Gabriel García Márquez, cuando relatan que anunció a su
familia que la tierra era redonda.
A la semana siguiente, como quien va de carnaval, pusieron a funcionar la
famosa llave a conseguir todo lo que quisieran. No hubo almacén que no
visitaran. Compraron de todo, incluso un "atrapasueños", una suerte
de amuleto con una pluma de colores que según la vendedora, debía
colocarse en la cabecera de la cama y permitía que se cumplieran los más
caros anhelos de los usuarios.
El problema vino cuando, treinta días después, llegó la factura de cobro.
¡Debían hasta el último peso de sus ingresos! El hombre la sacó al patio
de la casa y con un martillo, deshizo la tarjeta que se fragmentó en
varios pedazos. ¡Jamás quería saber más de ella!
Nuestra responsabilidad: el punto de equilibrio
Confieso que conozco poco de temas financieros. Recuerde que estudie
periodismo y, de otra parte, la carrera profesional de teología. Nada de
números. Pero a raíz del manejo económico en la iglesia y tras consultar
una y otra vez a la Contadora de la congregación, me insistía en algo que
ya no es algo nuevo en mi presupuesto mental: el punto de equilibrio.
Ese estado en el que los gastos están acompasados con lo que entra. No
excederse a uno u otro margen.
Igual debe ocurrir con nuestras finanzas personales. No debemos
endeudarnos sin necesidad. Vivir con lo que tenemos y si Dios da más, a Él
la gloria, aprender a administrar bien cada peso. Las deudas no son
aconsejables, como escribió el apóstol Pablo: "No tengan deudas
pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros. De hecho, quien
ama al prójimo ha cumplido la ley" (Romanos 13:8, Nueva Versión
Internacional).
Lo aconsejable en todos los casos, es invertir con el dinero que tenemos
sin acudir a las deudas. Dios es nuestro proveedor y nos abrirá las
puertas cuando queramos comprar algo. Las Escrituras enseñan que si somos
fieles, Él colmará los deseos de nuestro corazón (Salmo 37:4)
Piénselo… Su vida puede cambiar… Baste que abandone esa compulsión a
gastar; pero no será en sus fuerzas sino en las que provienen del Señor
Jesucristo cuando nos sometemos a Él, y le buscamos en oración.