Cuando hurgó sus bolsillos—primero con curiosidad y luego con
desesperación--, Roberto descubrió que apenas tenía unas monedas, y luego
se dirigió, febril, hacia el interior de su billetera en la que únicamente
encontró los documentos de identidad y unas cuantas tarjetas de
presentación. "Dios mío, otra vez me quedé sin dinero", murmuró.
Llevaba varios meses en la misma situación. Un ciclo que parecía
irrepetible. Su fuerza de voluntad se mantenía firme en un trayecto no
mayor de doscientos metros: desde que salía del banco, después de cobrar
su quincena, hasta que pasaba frente a la vitrina de un almacén, una
librería, un restaurante o una venta de "saldos". Compraba cosas
que no necesitaba, simplemente porque tenían un rótulo de colores que
decía: "Rebajas". Muchas veces se encontró echando la basura
aquello que cuatro meses parecía novedoso y que descubrió, no tenía mucha
utilidad en su hogar.
El común denominador era que, pasados dos días—a lo sumo-- después de
recibir su salario quincenal, se quedaba sin un peso y luego se veía
asimismo frente al calendario de pared que fijó en su oficina, auscultando
qué día era y deseando en lo más profundo de su ser, que llegaran el 15 o
el 30.
"Jamás podré salir de esta crisis", se repitió mientas sacaba,
furtivamente, como si alguien estuviera mirándolo y estuviera a las
puertas de asestarle un regaño, la tarjeta de crédito para hacer un avance
de dinero y cubrir lo que le faltaba.
Es necesario romper el ciclo
Las deudas son una atadura. Al menos aquellas en las que nos vemos
inmersos, no tanto porque requiramos comprar algo, sino por ese afán, casi
de avaricia, de tener más y más. Un ejemplo es la situación de bonanza que
se produjo hace pocos años en los Estados Unidos y que llevó a disparar
las líneas de crédito. Todos compraron de todo. Ahora, en medio de la
recesión que azota el mundo, se encuentran al borde del desespero.
Precisamente hace pocos días escuchaba de personas, otrora adineradas, que
abandonaban sus propiedades en diferentes ciudades y dejaban los yates a
la deriva porque no tenían cómo pagar su mantenimiento.
El primer y más grande paso para salir de las deudas es entender que
constituyen una atadura. Dios es nuestro proveedor. Él lo dijo muy claro a
través del rey Salomón: "La bendición del Señor trae riquezas, y
nada se gana con preocuparse." (Proverbios 10:22, Nueva Versión
Internacional) Nos transmite una enseñanza sumamente valiosa: Si
queremos algo, el Señor mismo nos lo proveerá.
Hay tres recomendaciones que comparto con usted: La primera, saque primero
el dinero de sus gastos fijos y sólo deje la cantidad, aunque sea mínima,
de lo que puede invertir en "aquello que lo tienta". Guárdela en un
sitio especial. Será su baúl de gastos innecesarios. La segunda, trate de
evitar esos sitios en los que siente que invariablemente sabe que gastará
en lo que no necesita, y la tercera, si se enamoró de algún objeto y
piensa que "debe tenerlo", dese al menos dos o tres días antes de
oficializar la compra. Puedo asegurarle que "la fiebre" pasará y
terminará no adquiriendo aquello que consideraba muy necesario.
Pero, en medio de todo, siempre vuelva su mirada al Señor Jesucristo y
pídale la fortaleza necesaria para vencer. Recuerde que lo ideal es que
todo cuando compremos, sea en dinero contante y sonante, sin acudir a
créditos. ¡Con ayuda de Dios podrá lograrlo!